El Dilema de la Tarta

COMIDAS POPULARES. Dibujo: Jorge Álvaro González @lineograma

¿Quién se ha comido mi trozo de tarta?

El mes pasado celebramos varios cumpleaños familiares. Aunque ya es menos habitual, recuerdo ahora peleas inocentes, cuando éramos niños por el trozo más grande de tarta. Obviamente, cuantos más parientes y amigos participaban en la celebración, más pequeños se hacían los trozos, pero también lo pasábamos mejor.

Con el tiempo, he aprendido que la tarta no es solo objeto de deseo para los amantes del dulce. Es una de las analogías preferidas por economistas y políticos para hablar del reparto de la riqueza -no hay receta para la tarta de la pobreza. También la prefieren para tratar el reparto del uso y consumo de recursos, tal vez por la facilidad para cocinar una tarta con todos los recursos. Es decir, sendas tartas de la riqueza y del consumo de recursos, que tienen una estrecha relación entre ellas, han tomado especial relevancia en los últimos años como consecuencia de la crísis económica, social y ambiental.

Tras el colapso de la Unión Soviética, Francis Fukuyama auguró el fin de la historia donde la democracia liberal y la globalización nos permitirían progresar a todos de forma justa y pacífica. Y durante los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI, los españoles experimentamos el rápido crecimiento de nuestro trozo de tarta, tanto en ingresos como en consumo. Pero en 2008 el sueño se truncó. Desde entonces, la mayoría de la población ha experimentado que su trozo de tarta se ha ido haciendo más pequeño.

¿Qué ha pasado con la tarta?

He hablado antes de dos tipos de tarta:

  • La tarta de la riqueza del país: ¿cómo repartimos la riqueza? Aumentamos la tarta, repartimos más equitativamente, ambas…
  • La tarta del consumo de recursos y servicios: ¿cuántos recursos podemos consumir de forma sostenible?

En el primer caso hay un enfado, tras el pasmo inicial, y sobre todo una frustración generalizada, como consecuencia del aumento de la desigualdad. Perseguimos un progreso, tenemos una necesidad de mejorar y, como cuando eramos nños, nuestras expectativas no se satisfacen al saber que nuestro trozo de tarta  se ha reducido, aunque tal vez hayan mejorado sabores, colores o sea una bio-tarta. Quizás tendríamos que pensar en controlar nuestro apetito o en adelgazar, antes de terminar comprando tartas más baratas o rebañando el plato del vecino. En este caso, la respuesta fácil política y social está siendo echar la culpa a los otros.

  • La culpa es de otros: los ricos, los corruptos, los muchos jubilados, los jóvenes desganados, la globalización, la multinacionales… y los inmigrantes.
  • La culpa es del otro, del que reparte, que lo hace mal porque parte sin contar cuántos comensales hay; tal vez porque quiere agradar a ciertos invitados. Posiblemente lo hace algún camarero, cuya desidia no diferencia que partir la tarta no es servir ensalada. O alguien decide guardar en el frigorífico un trozo para hacer bueno aquel refrán donde quien parte y reparte, se quedaba con la mejor parte.
MENÚ A LA CARTA.Dibujo: Jorge Álvaro González

No es un problema de tamaño de la tarta, sino del reparto. Preferimos compartir la tarta con los que son como nosotros mismos. Pero la realidad nos dice que todo está interrelacionado y que el tamaño de la tarta depende de: la población  y, ante todo, de la diversidad provocada por la inmigracion, como hace poco argumentaba el profesor Ricardo Hausman en una conferencia en Madrid; de la globalización que permite distribuir la producción y abaratar los costes de los bienes de consumo; depende de muchos factores…

Por otro lado tenemos la tarta de los recursos y el uso que hacemos de ellos. Según datos de la Global Footprint Network (GFN), la organización socia de WWF (World Wildlife Foundation), España consume casi el triple de recursos de los que es capaz de regenerar. Es decir, los ciudadanos y las empresas consumimos más recursos de los que nuestra tierra es capaz de regenerar y emitimos más CO2 de los que la atmosfera, los océanos y nuestros bosques son capaces de absorber.

Esto nos plantea un dilema de tartas, ¿cómo podemos mejorar la redistribución de la riqueza y reducir el consumo de recursos de forma sostenible? Necesitamos pensar en un nuevo molde para esas tartas. Seguramente una nueva receta también. No tengo solución a este dilema, crítico para nuestro bienestar, pero creo que es muy importante tratarlos juntos y de forma relacional. El modelo de riqueza y su reparto están condicionados por instituciones y su capacidad de regular mejor y de forma más justa, pero el uso de la riqueza está condicionado por las decisiones personales de cada uno. Es decir, no sirve de nada culpar al otro, porque somos todo parte del problema y de la solución.

Y lo dejo hoy con algunas preguntas que puedan entretener nuestra reflexión en estos días de descanso:

  • ¿Cuánta tarta necesitamos para ser felices?
  • ¿Puede ser tarta cualquier receta sin diversidad de ingredientes o aquella que no guste a todos los invitados?
  • ¿Qué trucos de pastelero se pueden renovar para saciar de forma sostenible?
  • ¿Qué clase de invitaciones debemos enviar? ¿debemos educar el apetito de los comensales?
  • ¿Debemos cambiar la tarta por pastelitos?

Cada verano las fiestas populares dan ejemplo parco pero efectivo en cada comida de hermandad, sean calderetas, parrilladas o paellas. Por cierto, últimamente cada uno se trae el postre de su casa para compartir.

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