Dicen que ya no…

Seguro que les suenan estas frases de un conocido comercial de una conocida operadora de comunicaciones de esta recién pasada Navidad: “dicen que los niños no escriben cartas”, “ que no nos miramos a los ojos”,” que ya no compartimos”, y otras más de este estilo.

Por supuesto, no voy a entrar a valorar la calidad, ni las razones, ni el efecto del comercial. Pero he de reconocer que me encanta el choque con las imágenes que muestran en alguna de ellas. El caso es que ya llevo varias reuniones de arranque de nuevos proyectos para este año, de diferentes tipos y condiciones, pero en los que detecto un runrún común, tirando a pesimista, sobre impactos nocivos de las nuevas tecnologías de comunicación. Sobre todo en los usuarios más jóvenes.

Me gustaría retomar algunas de estos eslóganes de anuncio como humildes reflexiones. Y usarlas así de punto de partida para que podamos seguir dialogando sobre las nuevas piezas que conforman este puzle de la cultura digital:

  • Que los niños ya no escriben cartas en papel… es cierto, y probablemente es una pena, puesto que no practican la caligrafía manual, ni que decir del romanticismo de enviarlas por correo y no hablemos ya de la ortografía. Pero escribir, escriben textos y palabras a raudales. A todas horas. De otras manera. Porque, ¿qué es una carta sino un medio/tecnología de comunicación? Los niños de hoy escriben, mucho, probablemente peor, o mejor digamos “diferente”, en un lenguaje propio y nuevo. ¿Por qué habrían de seguirlo haciendo en el mismo medio que, digamos, los últimos 4600 años (si confiamos en la fecha de la Wikipedia para el uso de mensajeros en el antiguo Egipto al buscar “correo”).
  • Que los niños ya no escriben cartas en papel (II)… y escriben cartas de otras maneras… pegan collages de imágenes que juntan, agranda y recortan, o escriben letras en 3D que luego imprimen, o escriben unas palabras y les añaden su voz y un video … ¿por qué no podemos escribir cartas multimedia? Sería maravilloso que alguien con alguna limitación sensorial pudiese disfrutar de una experiencia completa al recibir un mensaje y en lugar de verlo oírlo, sentirlo, o todo junto. Si alguien me preguntase, yo, lo quiero (con) todo.
  • Que ya no nos miramos a los ojos… cuando familias enteras están obligada a emigrar, por la crisis, las violencias varias que pueblan el planeta, o por qué no, por el ocio, la formación, la curiosidad y las ansias de exploración y libertad….podemos “sentirnos” conectados y más cercanos. Y ¿a dónde miramos cuando conseguimos conectar una videoconferencia? A los ojos. A la imagen de nuestro ser querido allá donde haya podido conectarse. Maravillosa posibilidad que nos ofrece la tecnología, que ya no se queda en la simple interpretación de la lectura, la escucha atenta de la voz. Lo quiero todo (conste que no me paga la susodicha operadora, pero he de felicitar al que eligió el eslogan)
  • Que ya no compartimos… ¿esto a qué se refiere? Porque compartir lo que es compartir, yo diría que incluso compartimos por encima de nuestras posibilidades. No hay más que echar un vistazo a las estadísticas que avalan que Youtube lleva una década generando los mayores volúmenes de tráfico de video compartido.
  • Que ya no compartimos (II)… y sin embargo cada vez hay material de mayor calidad libre y accesible compartido por legiones de internautas avalados por licencias para compartir legalmente.
  • Que ya no compartimos (III)… y junto con el compartir, viene el colaborar, el crear redes, el compartir problemas y soluciones, el compartir los medios y las maneras para despertar conciencias, conseguir movilizaciones, y generar espacios de diálogo como este blog desde el que les escribo.

Conclusión: me niego a pensar que todo el conocimiento que nos queda por adquirir a los humanos, pequeñas motas de polvo en el ingente universo que habitamos, vaya a ser peligroso, nocivo o deshumanizador.  Todo lo contrario: estamos disfrutando de las posibilidades de poder usar muchas nuevas dimensiones de una misma realidad que creíamos conocer compelta.  Y está en nuestra esencia humana el usar nuestra libertad para aprender a ser capaces de distinguir entre usarlo para bien o no.

Está claro que los jóvenes necesitan acompañamiento. Y los no tan jóvenes también, en cuanto a que realmente somos jóvenes en los usos y costumbres de estas nuevas herramientas. Sobre todo, aquellos destinados a acompañar, enseñar y proteger a esta juventud. Labor que deberíamos compartir todos. Sobre todo, padres y educadores a los que les ha llegado esto muy rápido y sin que nadie les de una pista de por dónde tirar.

Pero en esencia sólo son eso, herramientas. Destinadas a ser usadas en las mismas realidades sociales que ya existían, existen y existirán. De la misma forma que a los jóvenes de hace generaciones les llegó la radio, o la máquina de escribir, o la televisión, o una grabadora, etc… Tanto ellos, como sus acompañantes de vida, supieron encauzarlo para bien. Y así podríamos citar decenas de casos de herramientas de colaboración y comunicación. No las llamaron redes sociales, pero en cierta forma, lo eran.

Como aún no sabemos cómo hacerlo del todo bien, el primero que sepa cómo, que comparta y enseñe a los demás. Colaborar es una parte de la magia de las redes, colaborar para crear, para compartir, para llegar más allá, con la química de la mezcla de ideas.

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