Diamantino, veinte años después

Diamantino García, cura de los pobres

Diamantino García Acosta falleció el 9 de febrero de 1995. Al cumplirse el aniversario de este cura obrero y sindicalista, nos escribe estas líneas el también sacerdote José Chamizo de la Rubia, que ha sido Defensor del Pueblo Andaluz durante diecisiete años.

Nos conocimos físicamente en un plató de televisión aunque, previamente, habíamos mantenido contactos telefónicos. Desde el día del encuentro nos vimos con cierta frecuencia. Además de sus preocupaciones eclesiales sintetizadas en el alejamiento y falta de compromiso del clero y los obispos con los más vulnerables, hablábamos de casi todo: teología de la liberación, su experiencia latinoamericana, la necesidad de cambios revolucionarios dentro de la Iglesia desde la perspectiva del Evangelio. Su mundo personal eran los desvalidos, los más olvidados. Su conciencia no podía aceptar el fenómeno del chabolismo, por esa razón inició junto a la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA) una intensa campaña que, al menos, sirvió para concienciar sobre un problema que, lamentablemente, aunque se ha avanzado, aún no se ha resuelto.

El mundo rural siempre había sido su primera ocupación. Los jornaleros y jornaleras acapararon como es sabido parte de su vida. En la época de nuestros diálogos más asiduos el Sindicato de Obreros del Campo (SOC) era una realidad consolidada, su mirada giraba en torno a dos cuestiones: ¿Qué pasaría con el sindicato? Para él los protagonismos podían hacerle mucho daño.

El otro tema que recorría su laberinto interior era el nivel preocupante de adicción a la heroína en los pueblos donde trabajaba, casi todos hijos de jornaleros. Como es sabido, la mencionada droga penetró pronto en los ambientes más humildes de Andalucía. Las experiencias vividas por Diamantino de violencia de hijos adictos hacia sus padres para conseguir dinero le trastornaban. Consiguió con un esfuerzo titánico canalizar a muchos consumidores a dispositivos  terapéuticos con la esperanza de una pronta rehabilitación. Pero la situación económica de las familias no hacía viable la permanencia de un hijo, casi siempre varón, en edad de trabajar, en una comunidad  terapéutica durante un año. La necesidad apremiaba, hacían falta ingresos económicos para intentar vivir dignamente.

Apareció la alternativa de la metadona (con fuerza en 1992, yo la llamé Expo metadona 92; Diamantino también se opuso a la Exposición Universal) como una solución aparente y con un problema inicialmente sin solución. Al principio, el fármaco ser distribuía a diario en algún dispositivo sanitario ante la presencia de una persona que garantizaba la ingesta del producto. Una persona que trabajaba en el campo, como la mayoría de este grupo, necesitaba una excepción. Diamantino logró, antes de que apareciera el producto en forma de pastilla, que la familia o persona responsable suministrara al paciente la dosis prescrita. No fue fácil entonces lograr ese objetivo, pero luego vimos cómo su distribución se fue normalizando.

Diamantino era una cabeza en continua ebullición, con una espiritualidad mística que partía desde el suelo, de pisar la tierra. En el centro de ella y de su corazón estaban los que más sufrían, sufren; quienes más ayuda necesitaban, necesitan. Fue un amigo irremplazable, un testimonio de fe, esperanza y justicia.

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