Hace un par de noches, justo antes de la última jornada de reflexión, mantuve un “diálogo en la frontera digital” bastante absurdo. No es infrecuente sostener este tipo de “diálogo de besugos” en las redes sociales, lo que en ocasiones te lleva a plantearte si no tendrías cosas mejores en las que invertir tu tiempo que interactuando con según quien.

No obstante, esa conversación me va a dar pie al post de hoy porque, aunque de manera muy burda, mi interlocutora cometía un error muy común en nuestros días.

La chica en cuestión se identificaba en su bio como “Psicóloga, Máster en Conducta Humana, Analista Forense”: empezó replicando a una reflexión política mía un tanto sarcástica, y al tercer tuit ya me estaba atacando personalmente (sin conocer de mí más que ese tuit y, tal vez, alguno más que pudiera haber visto en mi timeline). Un par de minutos más tarde ya me “diagnosticaba” como un neurótico aquejado de “distorsiones cognitivas de sobregeneralización” y poco después, interpelada por otro tuitero, afirmó que estaba “siendo profundamente descriptiva. Científica”.  Poco después aseguraba haber leído a Sócrates, momento en que decidí dejar la conversación[i].

Al margen de otras consideraciones, tengo la impresión de que esta chica estaba verdaderamente convencida de ser “científica”: su bio, la sarta de tecnicismos y el alegato final dejan poca duda al respecto. Sin embargo, pretender dar un diagnóstico tras cruzar unos cuantos tuits difícilmente puede calificarse de “científico”. En realidad, es el hecho de considerarse a sí misma como una científica, lo que cree que otorga a sus opiniones la categoría de “ciencia”. Y este error resulta más que frecuente en la actualidad.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, ciencia es el “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente.” Bueno, es una definición similar a otras. Por ejemplo, el Diccionario de Oxford University Press dice que la ciencia es la “rama del saber humano constituida por el conjunto de conocimientos objetivos y verificables sobre una materia determinada que son obtenidos mediante la observación y la experimentación, la explicación de sus principios y causas y la formulación y verificación de hipótesis y se caracteriza, además, por la utilización de una metodología adecuada para el objeto de estudio y la sistematización de los conocimientos”.

Hay varias coincidencias entre las dos definiciones: comparten términos como “observación”, “sistematización”, “comprobable” / “verificable”… Pero permitidme resaltar lo que no dicen estas definiciones: no dicen que ciencia sea “lo que opinan los científicos”, ni “el resultado del consenso de la comunidad científica”. De hecho, las palabras “consenso” o “mayoría” no aparecen en estas definiciones. Es más, la ciencia tiene la poca delicadeza de no ser nada democrática: si 10 millones de personas afirman que el punto de ebullición del agua es 90ºC y una sola afirma que es 100ºC, la ciencia se pondrá de inmediato del lado del solitario y en contra de la inmensa mayoría, porque la verdad científica no admite negociación, ni consenso, ni votos, sino que debe ser comprobable y replicable.

Es demasiado frecuente leer y escuchar a los medios calificando de “ciencia” lo que no son más que hipótesis sostenidas por científicos de mayor o menor renombre. El rimbombante “consenso de la comunidad científica” ha sustituido a la escueta pero definitiva “demostración científica”. Políticos y periodistas proclaman a grandes voces que “la ciencia ha hablado” cuando los que en realidad han hablado son los científicos. Y por muy científicos que sean, si no “utilizan una metodología adecuada” y sus aseveraciones no son “comprobables experimentalmente”, estarán enunciando hipótesis más o menos razonables, pero no “verdades científicas”. Lamentablemente, la vida del científico es más difícil que la del periodista o la del político: ¡haber estudiado otra cosa!

[i] Por si el lector no lo sabe, Sócrates fue uno de los padres de la filosofía, pero no consta que produjera obra escrita alguna. En este caso, más que “por la boca muere el pez”, podemos decir que por el pico muere el pájaro (de Twitter).