Diálogos

Mural Romero Haus Luzern

Pensar la religión hoy en el espacio público no es sólo responder a la cuestión de cómo administrar esferas en competencia. De cómo hay que tolerar, si es que se admite, las manifestaciones religiosas, su voz en los debates públicos, ciertas obras educativas o sociales que pueden competir con las funciones público-estatales, su presencia en la educación formal… Ese debate, que parece que es el único posible y aunque sea necesario, no es el diálogo más humano que podemos tener. Hay que transitar también hacia el “postconflicto”, si usamos la categoría de los acuerdos de paz. Esto nos puede permitir un diálogo más amplio y hondo.

¿Un mundo desalmado?

Dar por hecho, como insuperable, la división entre religiosos y seculares, que no puedan construir mutuamente sino administrar la victoria o la derrota, es naturalizar las divisiones humanas. Pero también impedir la mutua humanidad. Y con ello, nos cierra al diálogo desde nuestra común interioridad, que es también un campo de batallas y un campo de convivencias, de guerra y de paz. Naturalizar la división, es reducir a la enemistad lo que interiormente acontece. Aceptar un único camino que encauce la fractura, proyectarla socialmente. Significa dar por bueno que el contexto mayor en el que nos relacionamos sea un mundo desalmado o unilateral.

Dialogar desde la común humanidad

Por ello, hay otro nivel de diálogo, que no se queda los presupuestos de la mutua enemistad. No consiste en la administración de la derrota de la común humanidad, para construir esferas inmunes a la mutua refluencia y a la contribución común y diferenciada ante las tareas de la época. No escinde entre sujetos. Ni obliga a los sujetos a estar escindidos. No da por intocables esas esferas, sino que quiere reconstruir las fracturas de nuestro tiempo histórico. Responde a lo más hondo del corazón en búsqueda de un mundo más humano, más cálido. Se nutre de la convivencia y no de la guerra. Posibilita el ejercicio integral de las dimensiones humanas de sujetos que no son fragmentos actuando. Ello permite un discernimiento de nuestras interioridades para elegir mejor qué mundo construimos y desde qué movimientos del alma.

Diálogo entre ciencia, filosofía, teología

Si no reducimos nuestro mundo a la administración política de la enemistad, es preciso también reconfigurar el diálogo entre saberes y experiencias. Para ello, se precisa también ahondar este campo del diálogo para que no sea un soliloquio o la certificación de la imposibilidad del encuentro. Así, puede ser útil una cierta objetivación de lo que acontece en el mundo. Y una sociología de la religión que pueda distinguir, cuantificar bandos, intensidades, prácticas, territorios, estratificaciones, bajas, altas, conflictos, colaboraciones… puede permitir una  ilustración que objetive estos procesos. Pero no es suficiente, a mi juicio, porque sería permanecer en un plano de la exterioridad que no reconoce el mundo interior que proyecta. Son precisas otras perspectivas sobre el mundo, pero también otras subjetividades presentes en ellas, y otras interioridades que también construyen mundos. Por ello, la perspectiva teológica y filosófica también tienen que ponerse en juego y en diálogo y pensarse desde la hondura humana que se proyecta en el mundo.

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Juan Antonio Senent
Profesor Titular de Filosofía Jurídica y Política. Director Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Doctor en Derecho en el Departamento de Filosofía del Derecho, Moral y Política en la Universidad de Sevilla. Profesor invitado en diversas universidades españolas e iberoamericanas. Especialista en Teoría de la Justicia y Derechos Humanos en el mundo moderno y contemporáneo. Desarrolla diversas líneas de investigación y de publicaciones sobre Pensamiento de la liberación latinoamericana, Derecho y Sostenibilidad; Interculturalidad, democracia y bien común; Historia del pensamiento político y jurídico moderno. Director de la Cátedra Latinoamericana Ignacio Ellacuría, SJ, de la Universidad Loyola de Andalucía.

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