Estos días muchas miradas de dentro y de fuera de la Iglesia católica se dirigen hacia el Sínodo de la Familia. No se trata aquí de entrar en los debates abiertos en cuanto a los contenidos de la doctrina moral católica; sino desde ese trasfondo práctico, como de otros en los que se puedan pensar, considerar la forma de usar una doctrina moral, y desde ahí, entrar en la reflexión ética sobre las morales y su impacto en el desenvolvimiento humano. En este sentido, no nos importa que sea de esta o de aquella tradición, o de un cuerpo social determinado.

Las morales no sólo tienen la pretensión de ser verdaderas y por eso se proponen, y se defienden; sino que además son caminos de realización, e incluso caminos de perfección humana. El problema, pues, está en que la propuesta moral no es simplemente el descubrimiento, reconocimiento, establecimiento o acuerdo de unas leyes morales para su “aplicación automática”; sino que estas estas propuestas al final tienen que  habérselas con cada sujeto desde su propio desarrollo personal, familiar/comunitario y social. La “verdad moral”, cuando quiere tener calidad ética y humana, no es simple heteronomía. A su modo, cada persona es capaz de la verdad (o está llamado a serlo). De ahí que dado que no nos movemos en un medio físico (sujeto a una suerte de legalidad inexorable y pasiva, como nos explicaba la física determinista), las instituciones morales tienen que ser no sólo re-conocidas por quienes se orientan por aquellas según su aceptabilidad formal o de contenido, sino que tienen que ser experimentadas como vías transitables (tienen que ser viables o factibles para el sujeto). Y así, ese camino de realización/perfección puede ser una fuente felicitante para el sujeto en su despliegue para sí y para los otros con los que con-vive. En este sentido, no sólo son re-validadas, sino apreciadas en su caso por su ajuste o corrección material como caminos reales de plenificación humana para cada sujeto, personal y socialmente considerado (o corregida, reformulada o abandonada por su desajuste).

Si una propuesta moral se pretende universal (o con validez para cualquiera), tendría que ser acogida por todos, y si no lo fuera, tendría un déficit de universalidad. Si el otro está o quiere permanecer en el “error”, no puede imponérsele una “doctrina verdadera”, pues en ese caso, funciona como una verdad “externa” que le cae encima, es puro ejercicio de la violencia; no un servicio a la verdad. Imponer una doctrina o una ley en su pura coacción, es movernos en el “reino de lo físico”. Es de suyo ineficaz para “verdadear” o comunicar la verdad a otro (o para hacer capaz al otro de la verdad). No hay verdadera voluntad de verdad, si no hay verdadera voluntad de bien. Por eso, una “doctrina verdadera” no es un fetiche en nombre del cual se puede impedir la vida de los otros.

Por todo ello, el diálogo no puede tener por finalidad alcanzar la verdad, sino la “salvación”.

Pero una verdad que se impone “para” la salvación, no salva.

El ser humano es un ser dialógico, pero antes que ello, está tensionado por la plenitud que busca en su construcción y realización personal. El diálogo es continuamente trascendido y resituado por la vida de los que participan o de sus destinatarios y por su convivir. El diálogo no es sólo búsqueda de las ideas verdaderas o en las instituciones verdaderas. Es respeto al proceso del otro y al co-proceso en el que estamos situados; como capaces de verdad y de bien. Por ello, puede llegar a ser mutuo aprovechamiento y servicio en el descubrimiento y posibilitación de los mejores caminos de humanización. En su entraña más humana, el diálogo es un acompañamiento.

Lo veremos en la siguiente entrada.

Imagen: http://www.taringa.net/post/arte/795092/Cubismo-Artistas-y-sus-obras.html