Ayer comenzó el debate donde el candidato del PSOE, Pedro Sánchez, se someterá a la investidura para ser presidente de gobierno. Para conseguir el encargo que le hizo Felipe VI, ha propuesto un pacto con Ciudadanos y algunos grupos minoritarios de la cámara ya han dicho que lo apoyarían. El líder socialista espera que, además de Ciudadanos y Coalición Canaria, esta semana se le vayan sumando aliados a la causa de una investidura compleja. Casi todos los analistas consideran que habrá que ir a una segunda propuesta de investidura porque las negociaciones no están dando los frutos previstos.

Van a ser días políticamente complejos y preocupantes que pillan a los ciudadanos un poco hartos de tanto mercadeo político. En los ambientes de trabajo y los corrillos de café cada vez es mayor el número de colegas que confiesan estar “hartos” de este ir y venir permanente. Por más que uno se empeña en decirles que el momento político es incierto, complejo y preocupante, el interés y entusiasmo no crece en los ambientes. Mucha gente aún no se ha dado cuenta de que entramos en un tiempo políticamente nuevo y que es precisamente ahora cuando empezará a ponerse a prueba lo que Max Weber llamaba política de “convicciones”.

Este tiempo coincide con un contexto cultural y socio-político muy diferente al de la transición, por eso las analogías con la transición tienen que medirse muy bien. Hay nuevos agentes en juego y además del Banco Europeo y las agencias financieras internacionales, hay agentes que no son necesariamente económicos sino políticos y morales. Me refiero a las presiones políticas centrífugas e independentistas, la posibilidad de que alguien que no se ha arrepentido de su responsabilidades pasadas como Otegui pueda ser Lehendakari, de las redes sociales, la inestabilidad geopolítica global y el desconocimiento de los dos pulmones con los que debe respirar Europa, el de Oriente y el de Occidente.

Si planteamos las convicciones únicamente en términos monetarios, estamos condenados al fracaso; es lo que le ha sucedido a los tecnócratas de los últimos gobiernos de nuestro país, que han confundido crecimiento con desarrollo sostenible o disminución del paro y justicia social. Tendríamos que plantear las convicciones en términos de tradiciones, creencias y lo que en filosofía moral llamamos “mores” o costumbres. Es algo que está faltando en la agenda política de estas semanas donde parece que han desaparecido las creencias, tradiciones e incluso el valor de la palabra dada. No en vano, ante el incierto significado que el PSOE de Sánchez le está dando a las palabras, un columnista famoso ha llegado a rotular sus reflexiones del pasado 26 de febrero en El Mundo con el título de “El PSOE y la hermenéutica”.

spiderUno, que lleva toda su vida dedicándose a esto de la hermenéutica, se sorprende al ver que la utilizan para describir la posición de un grupo que no respeta los referentes de las palabras porque usa y abusa del lenguaje, como si los juegos de lenguaje no exigieran un mínimo respeto a la comunicación básica. Resulta que el concepto fundamental de la hermenéutica es el de diálogo, no el de mentira, medias verdades, engaños o falsedades o contentamiento de todas las partes.

Los españoles dijeron el pasado diciembre que querían diálogo y es importante recordarlo. Para ello hay que recordar que dialogar no es negociar, “duologar” o simplemente conversar. En una negociación, lo importante no es el acuerdo en la cosa misma sino el intercambio de intereses, posiciones o cromos. Decimos que la Constitución del 78 fue resultado del diálogo y no de la negociación porque las partes trabajaron conjuntamente con una finalidad, con una meta y un objeto de convergencia en el que se encontraron. Los pactos de la Moncloa que se firmaron en la transición tampoco fueron el resultado de la negociación sino del diálogo sobre algo, con una meta conjunta, con una tarea conjunta y con un horizonte resultante que superaba la perspectiva de las partes.

Dialogar no es “duologar”, que dos personas hablen una junto a otra no quiere decir que estén dialogando. Por eso oímos con demasiada frecuencia la expresión “¡Es que no me escuchas!”. Estos días en el parlamento veremos muchos duó-logos, muchas escenificaciones de cruces de palabras pero, ¿eso es un “verdadero” diálogo? La vida cotidiana está llena de duó-logos porque la gente prefiere hablar a callarse y escuchar con calma a los demás. El cruce de palabras no es un diálogo.

Dialogar tampoco es simplemente conversar. Hablar por hablar no lleva a ningún sitio. En una conversación, las gentes se encuentran en las palabras, se orientan por el “verso”, se encuentran en el “verso”, pero sólo en ese lugar. Hay diálogo cuando el encuentro se produce en la cosa misma, es decir, cuando las personas se encuentran en el “logos” como espacio de verdad, cuando hay encuentro en el nivel relacional e interpersonal de lo real. El verdadero diálogo crea relación, fortalece relación, restaura relación, mantiene relación y genera un ámbito nuevo u horizonte común. Para que el diálogo político sea sincero hace falta ese horizonte de relación, de mutualidad y de reconocimiento en tareas comunes, en valores comunes. No es fácil cuando se practican cordones sanitarios, cuando unos se niegan a hablar con otros, cuando unos desprecian a los otros. Y menos fácil aún cuando algunos no se arrepienten de la violencia, cuando unos grupos patrimonializan a la “gente”, como si los demás no fueran parte del “pueblo”. El diálogo político gusta poco de masas, multitudes y gentes, ama el término “pueblo” porque quizá sea el principio y fundamento de la democracia.

 

Foto de Albert Rivera, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Agencia EFE. Tomada de http://andaluciainformacion.es/andalucia/565761/pedro-sanchez-llama-a-albert-rivera-y-acuerdan-dialogar-durante-los-proximos-dias/