Diálogo partido

Para poder dialogar en el espacio público entre “seculares” y “religiosos”, de forma que nos ayude a reencontrarnos, a unos y a otros, exige tomar conciencia de la situación fundamental desde la que interactuamos. La situación es de una “enemistad connatural”, un diálogo partido entre esas posiciones que serían mutuamente excluyentes. Una convicción extendida para seguir justificando esa situación estaría en la supuesta separación radical entre razón y fe, entre inteligencia y creencias personales no accesibles a una razón pública y compartible por todos. Ello generaría dos tipos de sujetos, que se hallan en posiciones no simétricas. Cuando se encuentren los segundos con los primeros tienen que adoptar la perspectiva de estos para ser reconocidos e incluidos poniendo entre paréntesis su experiencia. Pero esta no-posibilidad de encontrarse desde la simetría, se proyecta igualmente para otras asimetrías desde otras identidades. Hay una dificultad estructural en nuestra cultura política para entrar en diálogo real con los “otros”.

Gestión de la pluralidad

Y el problema es que ello lastra de partida las mejores posibilidades de cohabitación o de convivencia. Dado que este hecho se presenta como si fuera insuperable, nuestra convivencia debe estar partida, y por ello tiene que haber partidos que gestionen la enemistad o la imposibilidad del diálogo. De hecho, puede haber negociación superficial, pero no un diálogo integral. La consecuencia de ello, es que se crea un espacio público que consiste en un juego de luchas por la preeminencia entre facciones ideológicas o religiosas, que se puede administrar desde la negociación (cuando no se tiene capacidad de eliminar o de imponerse al adversario) o desde de la “competencia asesina”. Esta situación de diversidad de “facciones” o de grupos armados con sus propias convicciones, tradiciones e intereses particulares es lo que lleva en la organización del espacio político como un campo de luchas, en última instancia, por la exclusión del otro. El Estado (soberano político) será la instancia superior que dirime con qué facción social se identifica o declara preeminente en el espacio social, si permite o no el pluralismo y cuáles son los límites de la tolerancia para la existencia de la diversidad. La lógica de administración de la tolerancia religiosa, se proyecta igualmente ante diversidad ideológica, racial o cultural.

Proyecciones sociales de la negación de la posibilidad de encuentro y diálogo

Por ello, desde esta misma lógica de fondo, se necesitan los partidos, que sirven para gestionar el existente y legítimo pluralismo ideológico. Si no hay partidos, nos movemos en un espacio político totalitario. Lo cual no es deseable. Ello puede ser cierto, pero el problema es pasar de la diversidad de puntos de vista, intereses, valores y proyectos de sociedad, a dar por bueno que nuestra convivencia esté partida, que no pueda haber encuentro y comunicación real estos sujetos colectivos y entre quienes se encuentran con los otros a través de ellos, ni tampoco interpelación crítica auténtica para reconstruir la convivencia colectiva. La diversidad puede ser irreductible. No se trata de negarla ni de sustituirla, sino de poder convivir desde la diversidad, pero ello no obliga a negar la común humanidad y a vivir en la superficie de una razón pública que administra la marcha de la sociedad desde la cantidad de poder acumulado.

¿Es la razón pública racional?

En realidad, no hay tal separación entre sentimientos, pasiones y el ejercicio de la razón para decidir la marcha de la sociedad. La pregunta es desde dónde se está realmente configurando la razón pública que detenta el Estado, de cuya dirección depende la elección entre los que vivirán o los que serán apartados. Desde donde se conforma esta razón que determina a quienes serán incluidos en la zona del ser, y quienes están en la zona del no-ser. Quienes serán “humanos”, y quienes “infrahumanos”. Quienes disfrutarán de derechos humanos o quienes podrán ser eliminados por las armas en las fronteras, torturados, morirán de frío, o ahogados en las travesías de los refugiados… O dicho de otra manera, desde qué pasiones se está determinando esa razón pública. Y cómo esas “razones” permiten una convivencia justa o impiden la humanidad de los otros. Por ello, no se puede atribuir unilateralmente el monopolio de la racionalidad a la decisión público-estatal, que puede estar sometida a las pasiones xenófobas, racistas o identitarias excluyentes. Tener poder no es sin más tener razón. Necesitamos un discernimiento de las pasiones que mueven y configuran las decisiones públicas en función de la calidad del mundo producido.

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