Un moderador, Pedro J. Gómez. Dos dialogantes: una representante del ecologismo, Yayo Herrero, y un representante del cristianismo, Jaime Tatay. Tres preguntas que se dirigen el uno al otro para tender puentes e intentar comprenderse entre dos mundos que tienen muchos puntos de encuentro y alguno de desencuentro. Cinco minutos para responder a cada una de las preguntas que se completa con un posterior diálogo abierto entre los asistentes.

Bajo esta ágil fórmula el pasado 22 de abril, Día Mundial de la Tierra, se produjo el diálogo entre cristianismo y ecología organizado por entreParéntesis en los salones de la Parroquia San Francisco de Borja.

Hubo preguntas de acercamiento interesándose acerca de cómo se percibe a la Iglesia desde el ecologismo y cómo se percibe al ecologismo desde la Iglesia.

Otras de talante reflexivo acerca de la postura de la Iglesia ante el modelo económico capitalista y su búsqueda del crecimiento a toda costa, sin tener en cuenta la justicia y los límites del planeta.

También se cuestionó sobre las aportaciones y enriquecimientos entre ambos mundos: el impacto de la encíclica que está preparando el Papa Francisco acerca de la ecología y la contribución que puede suponer el tema del cuidado para el discurso religioso.

Por último salieron a relucir posibles incoherencias vistas desde la otra perspectiva con un talante de búsqueda de acercamiento y entendimiento más que desde una crítica destructiva hacia la otra parte. Desde el ecofeminismo sorprende la paradoja entre la ética del cuidado y la subordinación jerárquica que existe en el seno de la Iglesia.

El calado de cada uno de los temas suscitados bien daría de sí para ocupar el tiempo disponible. Siendo conscientes de los límites que nos habíamos marcado, cada respuesta se ciñó a esta circunstancia concentrando su contenido en lo más importante de cada asunto sin perderse en divagaciones. Se fue al grano. No por ello se perdió en profundidad, sino que las respuestas fueron ricas en matices y dejaron entrever la profundidad de la reflexión que llevan detrás.

Se debatió sobre el exceso de antropocentrismo que coloca al hombre en posición de dominar la tierra y los riesgos de divinizar todo lo existente o de rebajar lo humano si se equipara a lo natural. Salieron a relucir las distintas motivaciones para preocuparse y ocuparse del cuidado de la tierra, la radical ecodependencia, la vulnerabilidad de los cuerpos, la encarnación de un Dios que se hace hombre.

También se destacaron distintos elementos de la tradición religiosa que enlazan con los movimientos ecologistas: las dimensiones profética, sapiencial, sacramental (entendida como presencia sagrada que se percibe en medio de la vida), ascética y mística. Del mismo modo, se resaltó la importancia de la ética del cuidado y cómo en la historia de la tradición cristiana, ha estado incorporada a través de la vida comunitaria. 

Seguramente el desarrollo del diálogo pudiera haber adquirido mayores tintes de confrontación si la postura de las personas dialogantes no hubiera sido tan receptiva y respetuosa hacia lo bueno que tiene la otra parte. La actitud de buscar tender puentes en lugar de levantar barreras fue de agradecer.

Me volví a casa con un buen sabor de boca gracias a la excelente actitud que se mantuvo, al profundo nivel de reflexión que se transmitió y a la pasión de fondo que sostiene unas vidas entregadas.

Ojalá que la fórmula uno, dos, tres, cinco nos anime a los asistentes a dar ese mismo número de pasos en la construcción de un mundo más ecológico desde el cristianismo o a profundizar en la trascendencia que nos mueve a soñar con transformar el mundo.