Desta es una niña Eritrea que tiene 11 años y desde su paso por Sudán, su voz se rompió.

Ahora vive en El Cairo con su familia, con quienes tuvo que salir de su país por la insostenibilidad de la situación económica y social, huyendo de la violencia, y en busca de un lugar donde poder vivir en paz.

Como tantísimas personas procedentes de Eritrea, salieron de su país y fueron a Sudán, escala en su ruta hacia El Cairo, antesala ésta a su vez del siguiente salto a Europa.

En Sudán, pasaron unos meses en un campo de refugiados. Allí, una banda entró una noche en las tiendas donde se encontraba con su familia y tuvieron que salir huyendo por la violencia y la agresión sufrida. En dicho suceso, Desta sufrió agresión sexual.

Desde allí salieron huyendo hacia Egipto, confiados a unas mafias que organizan el transporte desde distintos puntos de Sudán hasta El Cairo.

Desde entonces, Desta perdió su voz y han sido pocas las veces que ha conseguido sacar algunas palabras sueltas -y casi como un suspiro-, de su delgado cuerpo.

A las puertas de la adolescencia, Desta ha comenzado a cubrirse la cabeza y a veces a esconder la cara detrás de un blanco pañuelo eritreo. Esta es una tradición de su tierra –cristianos eritreos- y sobre todo, un recurso más para ella para esconderse de la vergüenza de una experiencia así, aún no sanada y difícil incluso de ser aceptada entre su propia familia.

Su propio padre a veces niega el evento. Aunque desde las primeras entrevistas contaron los sucesos con bastante claridad y es conocido entre gente cercana que estaba allí; la vergüenza y el dolor tan grande que les supone, a veces, inconscientemente les hace querer negar lo que ocurrió a su pequeña.

En el camino hacia El Cairo, la madre de Desta también sufrió una violación a manos de la propia mafia que les llevaba en la furgoneta.

También sus hermanos varones y su padre son víctimas de un calvario que aún no ha terminado y no tiene un destino claro. Sin embargo, Desta y su madre llevan enfrentadas y siguen enfrentando aquí en El Cairo situaciones que han violado su dignidad con mayor profundidad.

Las mujeres y las niñas son quienes más sufren en los procesos migratorios y de refugio. No cuentan con la protección de sus gobiernos y en muchos casos, incluso las estructuras familiares tradicionales suponen una carga a su situación de vulnerabilidad.

Se enfrentan a los mismos peligros del camino hacia el exilio que sus compañeros varones y además al acoso y abuso sexual, no solo en el transito sino incluso cuando han alcanzado lugares aparentemente seguros y con cierta estabilidad como es el caso de El Cairo, donde a menudo llegan y siguen sufriendo esta pesadilla.

Las mujeres y las niñas, además de lidiar con estas amenazas personales, sufren enorme estigmatización social por los propios incidentes que han sufrido y además de todo esto, en la mayoría de los casos tienen que encargarse de las tareas domésticas y el bienestar de sus familias.

Por ello, al acompañar a estas personas, las organizaciones sociales y religiosas tenemos la necesidad de incorporar una mirada (y herramientas y recursos) que nos ayude a detectar estas diferentes situaciones por las que pasan hombres y mujeres en sus procesos de tránsito. Sólo incorporando la perspectiva de género podemos detectar de manera rigurosa las diferencias en sus necesidades y de ese modo, podremos dar respuestas eficaces, es decir la respuesta que necesitan unos (varones) y otras (mujeres).