“Después de obligarme a maquillar…”

Después de traspasar media África, durante un año y medio, llegué a mi tierra prometida. Pero lo que encontré fue diferente. Durante mi viaje me violaron, me robaron lo poco que tengo, y pasé mucha hambre. Cuando llegamos a España, el patrón que nos trajo aquí, nos quitó todos los papeles (…) Yo lloraba y decía: yo quiero volver a África. Llamó a dos chicos muy fuertes. Ellos me pegaron mucho. Me forzaron. Me amenazaron con hacer daño a mi familia. Después de obligarme a maquillar, supe cuál era mi horrible destino…

Me sentía sucia, humillada, rebajada. Semana tras semana. Noche tras noche. Tenía que recibir tantos clientes como fuera posible. Te imaginas el inmenso dolor que yo tengo cuando alguien me llama: “¡Puta! ¡Puta! ¿Cuánto vales? ¡Eh, Negrita! ¿Cuánto vales?”. Escucharlo cada noche. No os imagináis lo que se siente cuando te lo dicen. Por favor, hermanos y hermanas en Dios, ayudadnos ¡Ayudadnos! Y ¡Gracias!”

He sido testigo de esta declaración. Es la de una mujer nigeriana, víctima de la trata de explotación sexual. Llevé el testimonio grabado (aunque teatralizado en el vídeo para respetar la intimidad de la persona) al reciente Encuentro Internacional de Migraciones de la CCEE en Vilnius (Lituania) donde se abordó este fenómeno.

El justo espacio que los directores de entreParéntesis nos dejan (¡son muy sabios en el tema de la comunicación en las redes!) supone que mi artículo no debe pasar de entre 600 a 900 palabras. Lo propio para leer en dos o tres minutos. Estuve tentado –por dicha razón- en hacer una breve introducción para invitaros sólo a ver el vídeo final que incorpora el testimonio que encabeza estas líneas (solo 7 minutos  largos).

Pero como no hay texto sin contexto, al vídeo – que en este caso hace de  texto – le incorporo el contexto con el que os invito a reflexionar. Es este:

Actualmente, la trata de personas es un espejo fragmentado del capitalismo global y una de las peores violaciones a los derechos humanos. Es el nuevo nombre de la esclavitud del siglo XXI. Ningún país está exento, ya sea como origen, tránsito o destino. El combate a este crimen organizado, en el ámbito planetario, es el reto más apremiante de la civilización contemporánea.

Efectivamente, el capitalismo se sirve de los desposeídos para aumentar su poder, al transformar a millones de seres humanos en mercancía. En nombre del lucro, se negocian personas. Es el principio de la acumulación ilimitada. Cuanto más se enriquecen los traficantes, más se empeñan en traficar, más cuentas quieren aumentar en Suiza, Bahamas, Londres o Wall Street.

La trata no es un fenómeno nuevo. No son nuevos los procesos de explotación y esclavitud que hacen visible esta actividad para mujeres (¡y clientes!) invisibles. Pero sí son nuevos los medios y las formas de estas actividades. Nadie afirmaría que existe hoy día un derecho de propiedad sobre las personas, pero el control y la sujeción que se ejerce contra ellas son muy cercanos a ello.

La trata de mujeres con fines de explotación sexual se ha convertido en una práctica de explotación inherente al capitalismo de manera extrema, donde se hace más claro que los sujetos son convertidos en mercancías, están deshumanizados al máximo y por lo tanto son política y cultura del descarte (en frase provocadora  y reiterada denuncia del papa Francisco) porque se les desecha cuando su ciclo de explotación disminuye o termina. Cuando ya no genera las mismas ganancias para los explotadores.

No es extraña la tentación para su fácil explotación. Desde mediados de los noventa, este drama humano va creciendo de manera vertiginosa hasta convertirse en el segundo negocio clandestino del mundo por beneficios, pues aporta entre siete y doce billones de dólares anuales, más que el tráfico de drogas, según reciente informe de la ONU.

Me pasé un poco de las 600 palabras previstas. No llegué a las 700. Solo quería poner breve contexto a este texto visual que os invito a contemplar.  Después de obligarme a maquillar … supe cuál era mi horrible destino…” 

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