Desprogramando la obsolescencia

Xavier Pifarré.

He comentado ya en una anterior entrada en este blog que el decrecimiento en nuestro mundo occidental es el único camino para alcanzar la sostenibilidad de nuestra Casa Común. Necesitamos tomar conciencia de cuántas cosas son prescindibles en nuestra vida. Tenemos que ser capaces de vivir con menos. Este es el primer paso. Y el fundamental.

Ahora bien, una vez seleccionado con qué nos quedamos, qué objetos, cosas y bienes de consumo nos son razonablemente útiles en nuestras vidas y cuyo coste-beneficio es aceptable (para nuestro bolsillo y para la sostenibilidad del planeta), entonces entramos en una segunda fase: vamos a cuidar esas cosas; vamos a hacer que nos duren.

Todos hemos oído hablar de la obsolescencia; es algo natural y asumible. El paso del tiempo envejece y deteriora las cosas; a nosotros y a nosotras, también. Lo que nos cuadra menos es saber que esa obsolescencia se adelanta de manera voluntaria y programada. Personalmente es una idea contra la que me rebelo. Me da eso que llamamos “coraje”.

Advierto ahora que, de forma casi inconsciente, he ido desarrollando un sexto sentido para detectar esos puntos débiles de mis cosas, esos “resquicios” en sus diseños por donde van a estropearse y gracias a los cuales se va a adelantar unos meses su llegada al vertedero. He descubierto que la correa de mi reloj se acaba partiendo si la doblo siempre por el mismo sitio cuando me lo pongo y me lo quito; el grifo de mi cocina no es tan inoxidable como me contaron, y están comenzando a asomar puntos de óxido en su superficie si no lo mantengo seco; la batidora dejará de funcionar si no evito el codo que el cable hace siempre en la base del enchufe; o las tablas del somier de mi sofá-cama se parten con excesiva facilidad si no soy cuidadoso al sentarme en él. Me doy cuenta ahora de que, sin apenas pensar en ello, soy capaz de identificar esos problemas y ponerles remedio, prolongando de este modo la vida útil de mis cosas. Mantenerlas limpias y ordenadas es otro factor que, estoy seguro, prolonga su vida útil, del mismo modo que lo hace su manipulación cuidadosa, evitando caídas y roturas innecesarias.

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Por supuesto que, a esta tarea preventiva, hay que sumarle luego la actitud reparadora. Una vez el daño o avería se ha producido, vamos a intentar reparar y recuperar ese objeto para su uso. En este sentido tenemos que luchar a menudo contra el “no le vale la pena, uno nuevo le sale más barato”. De nuevo, una incoherencia a la que nos hemos habituado, pero que me cuesta asumir.

Hay que recuperar con urgencia la cultura de la reparación. Cada vez cuesta más encontrar talleres donde nos arreglen nuestros electrodomésticos o nos remienden nuestras prendas y calzado. Hacen falta iniciativas como la de Suecia, cuyo Gobierno incentiva las reparaciones con ventajas fiscales como medida para reducir el hiperconsumismo.

El cuidado de las cosas forma parte del respeto por nuestra Casa Común. No son seres vivos, pero merecen que las cuidemos porque, de su buen uso, sí depende la sostenibilidad y la subsistencia de nuestro Planeta. El respeto por nuestras pertenencias, por tantas y tantas cosas que nos permiten vivir cada día, es el respeto por aquellos y aquellas que los han elaborado, es el respeto por la naturaleza que nos ha proporcionado las materias primas y es el respeto por todas aquellas gentes que sufren, y sufrirán, el acúmulo de nuestros desechos y residuos.

Nuestras cosas también merecen un poco de nuestro cariño.

Imagen principal tomada de https://itsocial.fr/metiers/marketing/tendances-marketing/les-champions-de-lobsolescence-programmee-psychologique/
Imagen secundaria tomada de https://www.tecnonauta.com/notas/2059-obsolescencia-psicologica-programan-tu-mente?slider=1

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