Desprecio de la soledad en la aldea global

Hace unos días se presentó el primer informe sobre la soledad en España, promovido por las fundaciones ONCE y AXA. Los resultados han pasado casi desapercibidos ante una opinión pública más preocupada por lo electoralmente urgente que por lo vitalmente importante. Los titulares de prensa afirmaban con rotundidad: “Más de cuatro millones de personas se sienten solas”. Incluso algunos medios recogían el decálogo que proponen los redactores del informe para “luchar contra la soledad”.

Los promotores del informe estaban orgullosos de presentar en nuestro país un informe que aborda por primera vez el fenómeno de la soledad “desde una perspectiva subjetiva”. Y aclaran la expresión con los siguientes términos: “no desde la óptica tradicional del número de personas que viven solas sino analizando las circunstancias, características, contexto social y número de personas que experimentan puntual y regularmente un sentimiento de soledad”. Ante la prensa estaban orgullosos del trabajo realizado porque exigían a la sociedad española algo así como una alfabetización para la soledad. Sus propias palabras no dejan lugar a dudas: “la soledad es un sentimiento con el que tenemos que aprender a vivir… aunque a veces nos hace infelices y se convierte en germen de muchas patologías.

Al llegar a este punto, estos investigadores a los que no les han faltado recursos y medios para realizar conclusiones tan novedosas, sostienen que debemos diferenciar entre soledad y aislamiento social. Han llegado a revolucionarias e innovadoras convicciones: primera, no todas las personas que viven solas se sienten solas. Segunda, se puede estar socialmente aislado y no sufrir soledad. Tercera, se puede estar socialmente acompañado y sufrir soledad. Me ahorro las estadísticas que utilizan porque no añaden absolutamente nada a quienes hayan pensado en algún momento el significado de la soledad voluntariamente elegida, o quienes tengan una mínima cultura filosófica.

Parirán los montes y nacerá un ridículo ratón, que diría Horacio después de ver estas conclusiones. Se invertirán millones de euros en encuestas de investigación social y nos recordarán una obviedad: cuando la soledad es voluntariamente elegida puede llegar a ser la llave de la felicidad. En la aldea global sigue siendo un fenómeno importante que no sólo exige encuestas y dinero para sesudas investigaciones demoscópicas sino sentido común, tiempo para la lectura sosegada de los textos clásicos y un poquito de sensibilidad social. No hace falta gastarse tanto dinero para recordarnos que hay una soledad elegida (el 59% de los encuestados vive solo por voluntad propia), hay una soledad forzada (el 41% vive solo porque no le queda más remedio) y hay una soledad obligada (el 7,9% se consideran aislados).

Aunque se viva en compañía, la soledad es importante para la vida. Los autores cometen un despiste epistemológico fundamental cuando entienden la soledad como padecimiento y sufrimiento. Ciertamente tenemos un problema social importante con el aislamiento involuntario de numerosas personas que por razones de edad, enfermedad, diversidad funcional o exclusión terminan viviendo solas. Y es un problema que no se soluciona únicamente con la tele-asistencia, la tele-medicina, o el tele-cariño (conexión con skype), sino con una sociedad civil más fuerte, unas familias políticamente mejor valoradas y unos hábitos del corazón más promocionados. Por supuesto, con una mejor organización de los servicios socio-sanitarios. Basta fijarse en la caótica organización de la atención a dependientes o de la inexistente red de servicios geriátricos de base para comprobar que hay enfermos, discapacitados y mayores condenados sistemáticamente al aislamiento.

Ahora bien, este fenómeno de marginación, pobreza, exclusión y descarte estructural de quienes están forzosamente solos no es extrapolable al conjunto de la ciudadanía, sobre todo para transmitir la convicción de que la felicidad es incompatible con la soledad. Aconsejaría a los redactores y lectores del informe que lean un poquito de filosofía social. No hace falta que recuperen los textos de Aristóteles, basta con que lean algunas páginas brillantes que Ortega dedica al precioso tema de la soledad. 

No les pido que analicen argumentativamente por qué el propio Ortega le puso a su hija el nombre de Soledad. Basta con que lean algunas líneas donde dignifica la soledad a la hora de tomarse en serio la vida como realidad radical. A su juicio, desde el fondo de la soledad radical emerge un ansia tan radical como la de la soledad que llamamos compañía. Incluso llega a definir la amistad y el amor como intentos de canjear soledades. Os dejo una muestra. “la vida en cuanto realidad radical es lo que somos en radical soledad. Se trata, pues, de la necesidad que el hombre tiene periódicamente de poner bien en claro las cuentas del negocio que es su vida y de que solo él es responsable, recurriendo de la óptica en que vemos y vivimos las cosas, en cuanto somos miembros de la sociedad, a la óptica en la que ellas aparecen cuando nos retiramos a nuestra soledad. En la soledad del hombre es su verdad –en la sociedad tiende a ser mera convencionalidad o falsificación. En la realidad auténtica del humano vivir va incluido el deber de la frecuente retirada al fondo solitario de sí mismo…”  (Obras Completas, vol X, ed. Taurus, p. 202).

@adomingom

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