No pocas horas he pasado debatiendo con amigos sobre si el mundo está en el mejor momento de su historia. No sé ustedes que opinan, a mí me cuesta decir que sí, quizá porque tu visión del mundo la marca el lugar desde donde pisas, y en este suelo europeo la sensación es ir claramente hacia atrás.

Y desde este suelo europeo, desde mi experiencia y sensibilidad, comparto hoy un par de ideas sobre los derechos humanos que marcan de alguna manera el mundo en el que vivimos.

La primera idea viene muy de atrás, de mi tiempo con las comunidades indígenas en los andes peruanos, donde entendí algo importante. Los derechos humanos son un invento europeo, y es por eso que la libertad se concibe desde el yo (individualismo) y no desde un nosotros (comunitario), y eso en estos tiempos de competencia, mercado, consumo, inseguridades y selfies sólo hace aumentar el problema. Dicho esto, bendito invento, aunque sean mejorables.

Uno de los rostros posibles para ilustrar esta idea es Berta Cáceres, líder indígena hondureña, defensora de los derechos humanos y del medio ambiente, madre de familia, y quien hace unas semanas fue asesinada por defender lo comunitario, lo de todos. Consciente del peligro que corría, llegó a decir que “dar la vida por la defensa de los ríos, es dar la vida por el bien de la humanidad y del planeta”.

Berta es un rostro entre muchos, el informe de Global Witness dice que en 2014 fueron asesinados 116 activistas medioambientales en 17 países, un 20% más que en 2013. Más de dos personas mueren cada semana en el mundo por defender sus tierras, sus ríos o sus bosques frente a la explotación.

La segunda idea es más reciente, y es que la violencia y la vulneración de estos derechos tiene una raíz patriarcal. Según el PNUD, en el mundo, los hombres jóvenes son las principales víctimas y los principales victimarios de la violencia. La concentración de la violencia en este grupo tiene que ver con la prevalencia de patrones socioculturales y formas de socialización que han contribuido a que valores como el respeto, la dignidad y el reconocimiento de los pares estén asociados, en la práctica, con la disposición a adoptar conductas y formas de convivencia violentas.

A esto se unen factores socioeconómicos, como la exclusión, la baja movilidad social y la precariedad del empleo, que sitúan a los jóvenes varones en situaciones de riesgo (PNUD: 2014, 27). Quizá, de ahí que Berta Cáceres insistiera en que su lucha era “Contra el sistema capitalista, racista y patriarcal”.

Llegados a este punto quiero recordar el artículo 1 de la Declaración de los Derechos Humanos: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Dotados de razón y conciencia, y esperando la revolución aún por explotar de la fraternidad, y desde este tiempo de Pascua de Resurrección en el que los cristianos y cristianas estamos llamados a la esperanza, anunciamos que la muerte no tiene la última palabra. Los hijos de Berta Cáceres declaraban en un comunicado que han tomado la lucha de su madre como suya porque: “No solo asesinaron a nuestra madre, asesinaron a la madre de todo un pueblo” y hoy alzan la voz como lo hizo su madre: “Despertemos, despertemos humanidad”. No sé si el mundo anda mejor o peor, lo que sí sé es que no anda falto de profetas de la esperanza.