Desigualdad y diversidad: competencia e impuestos

Desigualdad

La desigualdad va asociada, normalmente, a la discriminación y la injusticia. La diversidad, por el contrario, se estima como un valor positivo que hay que respetar y cuidar. La vida en general, y el ser humano en particular, requiere un entorno que permita su sostenimiento y desarrollo. Cuando el entorno se degrada, en vez de favorecer el despliegue de las distintas características y capacidades de cada ser vivo, lo obstaculiza.

Una sociedad sana es la que permite e incentiva que cada uno ponga en juego sus cualidades en función de las posibilidades a su alcance. No se trata tanto de que todos tengan los mismos recursos y posibilidades, como de que cada uno tenga los recursos y posibilidades que necesita para el desarrollo de sus características y capacidades específicas. Se requiere, además, que no se pongan obstáculos al libre desenvolvimiento de esas diferentes características y capacidades.

En el plano económico el entorno que favorece el perfeccionamiento de todos y cada uno de los agentes económicos, promoviendo la diversidad, es la competencia.  La perversión del concepto de competencia, haciéndolo equivalente al ajuste de precios a corto plazo, ocasiona que se piense que lo esencial es el abaratamiento de las productos, en vez de la mejora de la calidad y la adaptación a la diversidad de necesidades y gustos de los demandantes. Se supone que así se elimina del mercado a los que no alcanzan la máxima eficiencia (“excelencia”). La competencia no provoca que cada uno sea mejor (competente), según sus características y posibilidades, sino que sólo subsistan los que alcanzan una hipotética excelencia.

Recientemente los medios de comunicación se han hecho eco de un discurso del estudiante Francisco Tomás y Valiente que señalaba que “la excelencia debe tratarse en términos de equidad”. Lo más relevante no está en “aquellos que obtienen óptimos resultados”, sino en los que consiguen superarse en “circunstancias menos ventajosas”. Las diferencias derivadas de valorar y estimular las diferentes capacidades, de reconocer la diversidad de competencias, tienen en ese sentido un significado positivo. No suponen una discriminación ni se oponen a la cooperación. Muy por el contrario, generan diferencias siempre limitadas y legitimadas socialmente; e incentivan la cooperación y ayuda mutua para encontrar mejores soluciones beneficiosas para todos.

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La falta de competencia provoca fuertes desequilibrios que tienden a ser cada vez mayores. No se estimula la mejora de todos y cada uno de los agentes. Todo se reduce a una “guerra” que elimine a los rivales que no puedan imponer a corto plazo precios inferiores. Con ello se logra alcanzar un poder de mercado que acentúa cada vez más las desigualdades. Una vez logrado el dominio del mercado por unos pocos (oligopolio) o uno sólo (monopolio), se puede mantener el control del mismo sin preocuparse de mejorar la calidad y pudiendo imponer precios más elevados. Con razón dijo Hicks, premio Nobel de economía, que “el monopolio es la vida tranquila”.

Cuando las desigualdades son, sobre todo, fruto de la falta de competencia, pretender reducirlas mediante impuestos es prácticamente inútil y puede ser incluso contraproducente. Los monopolios u oligopolios pueden fácilmente repercutir en sus clientes los mayores costes que les supone una subida de impuestos y trasladar parte de su capital a lugares con menor presión impositiva. En todo caso, lo peor de todo es que eso no aborda el problema fundamental, la falta de presión o estímulo para mejorar la calidad de los productos, para ser más competentes.

Cuando en Estados Unidos se empezaron a detectar amenazas a la competencia, tras un largo debate, se establecieron leyes de defensa de la competencia. Es el caso de la denominada Ley Sherman (Sherman Act) de 1890. Esa misma preocupación está en el origen del juego que Lizzie Maggie creó en 1904 con la intención de que actuase como  “una dura crítica de la disparidad de la riqueza”. Con el Landlord’s Game, así se llamaba el juego, aspiraba a ridiculizar y condenar la  desigualdad resultante del capitalismo desenfrenado. Es el precedente del juego que posteriormente se popularizó en todo el mundo con el nombre de “Monopoly”. El propio presidente estadounidense Woodrow Wilson en 1912 afirmó que Estados Unidos “nunca se someterá al monopolio, pues nunca va a elegir la esclavitud en lugar de la libertad”. De hecho, en 1914 se revisó y amplió la legislación defensora de la competencia con la denominada Ley Clayton (Clayton Act).

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Monopoly

A pesar de estas medidas y buenas intenciones, la concentración de capital y la desigualdad de la renta han seguido adelante. El juego de mesa de Lizzie Maggie, en vez de lograr que cambiase la percepción del común de las personas sobre el funcionamiento y sentido del modelo de crecimiento económico, ha acabado por contribuir a aceptar como naturales y deseables las prácticas económicas que pretendía denunciar provocando un rechazo social de las mismas. Quizás por eso parece que la empresa de juguetes Hasbro ha decidido lanzar un nuevo juego de Monopoly, bajo el lema de “tramposos”. Sigue las mismas reglas que el juego clásico, pero en este caso se trata de romper dichas reglas haciendo trampas. Con ello se intentan reflejar los comportamientos y prácticas que subyacen al modelo de crecimiento económico dominante.

El nuevo Monopoly

El nuevo Monopoly “tramposos” retoma la idea de Lizzie Maggie de tratar de cambiar la percepción respecto a realidades que  son aceptadas como normales, aun cuando se basan en el engaño y la manipulación. Así se recoge en un artículo de Nick Cassella, donde se pregunta: “¿Qué mejor manera de resaltar nuestra economía trastocada que haciendo permisible, y ventajoso, el engaño flagrante en un juego sobre la acumulación de la riqueza?”

Mientras se mantenga una concepción de la competencia que la confunde con el ajuste de precios y presupone la eliminación del rival, la apelación a la ética de los negocios tendrá escasos efectos. Aunque parezca paradójico, bajo la llamada a ser más competitivo se acaba imponiendo la idea de que “el monopolio es la condición de todo negocio exitoso” (Peter Thiel); y que “la concentración, la eficiencia y la privatización (bajo la apariencia de la desregulación) eran la mejor manera de servir a la población de la nación” (Barry Lynn,  Cornered: The New Monopoly Capitalism & The Economics of Destruction).

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Cuando no se produce un cambio de mentalidad personal y social, las buenas intenciones se quedan en eso y suelen durar poco. Como destacó Keynes, tarde o temprano, son las ideas y no los intereses creados las que presentan peligros, tanto para mal como para bien” (J. M. Keynes, Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero). En igual sentido señaló Hayek: “Lo que a un observador de nuestros días le parece una disputa surgida de un conflicto de intereses, en realidad se ha decidido mucho antes en una confrontación de ideas que ha tenido lugar en círculos más restringidos” (F. A. Hayek, “The Intellectuals and Socialism”, Studies in Philosophy, Politics and Economics). Como rezaba el título de uno de los libros de Rafael Sánchez Ferlosio, Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado.

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