Desasimiento

Para no hundirnos en el pantano de la política pequeña cotidiana –que nos atrae muy peligrosamente, y por buenas razones sobre las que abajo se dirá algo–, meditemos brevemente hoy, a propósito de los excelentes trabajos que publica Silvia Bara, mi colega de la Universidad Comillas, sobre el sentido auténtico de un asunto bien clásico en la literatura ascética y mística, no tan fácil de captar adecuadamente.

¿Cómo se nos puede recomendar desasirnos –y de qué– a gentes que andamos a diario atenidas a infinidad de deberes de toda índole? Un profesor, un padre de familia, un cristiano que se compromete con su fe, ¿no es acaso una persona que necesita estar profundamente apegada y asida a gran cantidad de realidades? ¿No implica la responsabilidad, tanto en su sentido político cuanto en el moral, un firme asirse a lo real, aun si ello implica fracasar y hundirse junto con el objeto al que la responsabilidad nos mantiene vinculados? ¿Es quizá el consejo de desasirse una antigualla que estaba bien para los antiguos maestros místicos en Renania y en Castilla, pero que es inaplicable e incluso inaceptable fuera de aquellos claustros y en la calle de Madrid hoy?

Hay un modo de entender el desasimiento que se practicó amplia y radicalmente en la Antigüedad y que, aunque haya proporcionado modelos interesantes para esta práctica en el cristianismo, iba impulsado mucho más por el egoísmo que por la espera de Dios y el consiguiente imprescindible servicio al prójimo. Incluso se practicaba este sutil egoísmo con diferentes espíritus: los cínicos, que preferían enloquecer antes que experimentar placeres, trabajaban todo el día para volverse invulnerables, autosuficientes; querían necesitar muy pocas cosas y esas pocas, necesitarlas muy poco, porque veían –con razón– que por este medio merecerían aquello que se cuenta que Alejandro el Grande dijo a Diógenes: Si no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes. En efecto, quien se ha vuelto pobrísimo y prefiere vivir sin ambición alguna, es que ansía que nadie le envidie; y si nadie lo envidia, malamente será ofendido. Quien se descarta a sí mismo de toda empresa de ascenso social, de influencia sobre los demás, de aumento de su riqueza o su saber o sus talentos, como no puede ya caer más bajo, se sentirá a salvo de que nadie le mueva el sillón, de que haya quien desee perseguirlo o, simplemente, calumniarlo.

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Cosa parecida hacía el escéptico pirrónico: si no me vinculo absolutamente a nada, ni siquiera a mí mismo, tendré una libertad que nadie más conoce. Nada me afectará, nada me alterará, nada me importará.

¡Qué paz la del olvidado, la del invisible, la de quien vive oculto, como recomendaba el semidiós Epicuro a sus adeptos!

No debemos en realidad desasirnos ni siquiera de los frutos de nuestra acción, aunque lo pida la Bhagavad Gita. Hasta Kant reconocía que poner todo el empeño en la pureza santa de la intención no exime de ninguna manera de mirar en la dirección de lo que muy probablemente vamos a lograr con ella.

Por mucho que no estemos de acuerdo en absoluto con la doctrina moral de Hume, ¡cuánto egoísmo puede esconderse en las renuncias y los votos de una persona que entienda mal, pésimamente mal, lo que Cristo y la razón demandan! Hume atacaba con violencia las presuntas virtudes que llamaba monásticas, y la crítica no iba desencaminada. El bien supremo no nos llama de ninguna manera a la calumnia y el desprecio de las realidades, ya sean sensibles y mundanas, ya sean de orden intelectual o espiritual. La verdad es en cambio la que expresó Blondel en una nota de su diario de juventud: El desasimiento perfecto nos ase a todo sin atarnos. Solo el ídolo ata; el amor, en cambio, está preocupado, desde luego que lo está, pero solamente por el amado.

La verdad del desasimiento es vaciarse del egoísmo: quitar el yo para que solo subsista el fondo del alma, como, por ejemplo, expresa Tauler: fondo por el que corra entonces la vena llena de vida que es Dios que lo ocupa.

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Ninguna imagen sobre ello más poderosa que la de pensar, en este sentido, la dicha del cielo no como mi dicha, sino como el triunfo total del bien, del amor, de la eternidad. Yo, casi desaparecido en medio de ese océano de belleza, recibiré en él lo que Dios disponga y no el puesto preeminente que la madre de los Zebedeos quería para su familia.

1 Comentario

  1. Desde Santa María de Huerta donde Dolores Alexandre ha hecho que lo descubra a usted y el blog. Gratitud infinita para los dos

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