Hay palabras o conceptos, como los derechos humanos, que parece que se desgastan con el tiempo. Tendemos a creer que son conceptos estáticos o fijos, y sin embargo, no lo son. Los derechos humanos evolucionan con las sociedades y con los tiempos, y hasta donde sé, la clasificación más aceptada de derechos humanos es la que habla de derechos de primera, segunda, tercera y cuarta generación que han ido naciendo en respuesta a distintas luchas y momentos históricos.

Los de primera y segunda generación son los más conocidos por lo que no me detengo en ellos; los de tercera generación, también conocidos como derechos de los pueblos, aparecieron durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que ahí encontramos el derecho a la paz, a la autodeterminación o al medio ambiente. Los de cuarta generación, les puede parecer sorprendentes, introducen el espacio digital y son los más recientes. Ahí están el derecho de acceso a la informática o el derecho a formarse en las nuevas tecnologías.

¿Cabría plantearse exigir en este contexto histórico unos derechos de quinta generación? Nosotros, los cristianos y cristianas, que como describe el documento recién publicado por todos los sectores apostólicos de la Compañía de Jesús en España “Crisis de solidaridad. Solidaridad ante la crisis” estamos viendo el sufrimiento de nuestra gente, en esos rostros hemos oído el grito de dolor de muchas personas, que hemos tocado la aspereza de la crisis y la ternura de la solidaridad, hemos podido oler la angustia y el miedo y en nuestras parroquias y centros sociales hemos `gustado´ y nos hemos disgustado con la amargura de quienes no tienen qué comer o no pueden llegar a final de mes.

Nosotros, los cristianos y cristianas de este tiempo de cambio de época, de crisis profunda y prolongada, económica y de valores, anclados en un mundo que se desborda y rompe por las fronteras físicas, espirituales y mentales, deberíamos pedir la existencia y reclamo de los derechos humanos de quinta generación, tales como el derecho a la esperanza, el derecho a la solidaridad o a la fraternidad, y además de pedirlos deberíamos darle contenido político.

El partido Por un Mundo más Justo basa su programa electoral en los derechos humanos y habla de la revolución de la fraternidad, ¿por qué fraternidad? Para responder cita a José Luis Sampedro quien decía: “En el llamado Mundo Occidental se impulsó ciertamente la Libertad pero a costa de una intolerable desigualdad. En el mundo comunista se implantó a gran escala la Igualdad pero a costa de la Libertad. Lo que no se ha intentado en serio por ningún sistema es el fomento de la Fraternidad o, al menos, de la Solidaridad, a pesar de que la técnica moderna ha reducido el planeta a un solo mundo, pequeño navío moviéndose por el espacio”.

Miguel Ángel Vázquez, secretario general del partido, explicaba que “hemos querido enfocar nuestra lucha desde una perspectiva de Derechos Humanos sobreponiendo estos a cualquier otra medida. La economía ha de ser una herramienta al servicio de estos y no el centro de toda nuestra vida política y social. Entendemos los Derechos Humanos como una realidad sometida a una justiciabilidad efectiva y exigible y no como una mera meta utópica.

Desde ahí, la lucha contra las pobrezas (infantil, energética, internacional…), la lucha por los derechos de las personas migrantes, la lucha por el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible o la lucha, irrenunciable, por el cierre inmediato de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) son una muestra de los puntos fundamentales en nuestra hoja de ruta”.

Este tipo de llamadas, de lecturas de la realidad suele dejarnos tranquilos, conformes cuando la hacemos entre nosotros, en nuestro pequeño mundo, o incluso en pequeños partidos, pero qué pasaría si las hiciéramos slogan y programa político en la arena política de los grandes partidos, qué pasaría si la expusiéramos en el diálogo para la construcción colectiva con otros y salir así de nuestro círculo de confort y de nuestros muros.

¿Qué pasaría? Pasaría que perderías las primarias frente a Alberto Garzón para liderar la candidatura a la presidencia del gobierno de Ahora en Común para las próximas elecciones generales de diciembre, pasaría que no nos terminaríamos de creer ni de confiar en la practicidad de nuestras creencias. Pasaría que toca cambiar el mundo sin conquistar el poder.

Imagen: Myriam Artola (muxotepotolobat)