Una de las cuestiones cruciales de la cultura de nuestro tiempo es el posicionamiento digital. Sin darnos cuenta nos hemos visto inmersos en nuevas formas de comunicación compartida y entrelazada, que muchos se han planteado como estrategia ideológica. Esto lleva a difundir de forma sistemática contenidos en una misma dirección, en atención a la credibilidad otorgada por cada persona a sus fuentes concretas. Pero carentes de reflexión y prudencia, lo único que se produce es una alineación y atrincheramiento ideológico, potenciado indefinidamente por los muros que separan a unos y otros dentro del continente digital.

Al igual que en cualquier faceta de la vida, también ocupamos un lugar, digitalmente hablando, definido por nuestras opiniones, creencias, relaciones, intereses, aficiones. Lo confecciona cada cual conforme comenta de forma pública, defiende su opinión, comparte tal o cual contenido, escribe, habla, lee, usa, revisa, se suscribe… Todo está encaminado a ocupar un posicionamiento digital. No tenerlo presente es olvidar demasiado.

De nada sirve entonces disponer de herramientas de comunicación tan potentes, porque se degradan en meros aparatos de difusión, y la lucha no se sitúa en alcanzar la verdad, criticar y cribar contenidos, sino en la cantidad de personas a las que alcanza la publicación. De modo que, como tantas veces vemos, un bulo se convierte en contenido viral imposible de borrar de la red, que llega cada vez a más personas. Es el imperio de “lo más”, no de “lo mejor”.

Este posicionamiento digital define la identidad, ya no sólo digital, de las personas que comparten en la red. Se ven reflejadas en su posicionamiento y perspectiva primera, y quedan atrapadas comúnmente en ella, haciendo gala de un enorme relativismo, egoísmo e individualismo postmodernos. Incapaces de reconocer el exceso de semejante postura -del todo irracional por otro lado- el aparato ideológico deriva en dos estrategias fundamentales: la apología, contra el enemigo, con sus nuevos géneros literarios digitales como pueda ser el meme ridiculizante y el eslogan facilón que hace sonreír a quien lo recibe; y la radicalidad que justifica las propias posiciones, en lugar de corregir los desvíos de este tipo de excesos, impidiendo incluso el diálogo dentro del mismo grupo, simplemente queriendo destacar por ser “el más” de la comunidad ideológica.

El perspectivismo orteguiano más malo -aquel que ni siquiera lucha contra sí mismo y se endiosa- se ha endurecido con la llegada de las redes sociales en las que unos y otros se siguen mutuamente por afinidades enclaustrantes, encurvándose y mirándose unos a otros. No hay interés -y esta opinión parece más que demostrada- por el otro, como reflejo de la falta de interés por el auténtico cuidado de sí mismo, de las propias ideas, de las propias opiniones, del propio pensamiento. Crecer aquí es ganar seguidores (cantidad de comunicación), en lugar de mejorar las propias palabras.

Sin lugar a dudas, el continente digital está tan habitado como fracturado. Sus fronteras se extienden poco más allá de uno mismo. De este peligro (del que nos salvaría un poco de revisión y examen personal al modo socrático, acompañado por el necesario diálogo y discusión entre amigos) nadie se ve exento una vez iniciado su camino digital. Sean tweets, sean imágenes, sean vídeos. Porque la razón no está en la forma aparente, sino en la intención que subyace. Lo público queda denostado, pierde vigor, se sume en “lo social”. Si lo público se define por aquello que afecta e implica a todos, en lo social todo se difumina y se rebaja a causa de la supremacía del propio interés, de lo meramente mío.

La maldad (espero no ser exagerado en el uso de esta palabra) no está en lo que otros puedan decir de mí, o en lo que pueda suceder cuando otras personas acceden a mis contenidos, que también, sino en el daño que cualquier persona sin cuidado se hace a sí misma, en lo que permite que la comunicación y contenidos que recibe hagan de él. Quizá de esto todos tenemos alguna experiencia al ser, ya no sólo engañados o confundidos, sino empeorados.