Defendamos la equidad, la justicia y la dignidad humana

Por Juan Antonio Mateos Pérez

Con el lema con que titulamos esta reflexión, se ha celebrado este 10 de diciembre el Día Internacional de los Derechos Humanos, pensando en el próximo año que en el que se cumplirán 70 años de la Declaración de Derechos en la Asamblea General.

¿Cómo arrancarnos de nuestras rutinas, de un mundo lleno de artefactos y de imágenes que nos velan la realidad desde una virtualidad casi cinematográfica? Sentado en mi escritorio repaso las imágenes de las diferentes guerras abiertas, vidas truncadas, campos de refugiados, matanzas de civiles, niños sin hogar, etc. Y nosotros alumbrando la cotidianidad de nuestras ciudades con mil luces de vanidades que nos adormecen todavía más. Desde la perplejidad, vemos cada día los saltos sobre las cuchillas de la valla que rodea Melilla, cientos de muertos en el Mediterráneo, centros de internamiento que no cumplen con los mínimos de dignidad, por no hablar de los apaleamientos a los dos lados de la frontera.

[ctt template=”3″ link=”429ra” via=”yes” ]¿Cómo arrancarnos de nuestras rutinas, de un mundo lleno de artefactos y de imágenes que nos velan la realidad desde una virtualidad casi cinematográfica?[/ctt]

Un siglo veinte (o veintiuno) cambalache, donde las filas castrenses han servido como instrumento para defender la revolución, la guerra santa o los derechos de Occidente o una supuesta revolución igualitaria, a golpe de fusil. Y qué decir de los escrúpulos teóricos y prácticos para llegar a un acuerdo sobre alguna forma determinada de justicia basada en la universalidad de los derechos.

La defensa de los derechos humanos será siempre algo pendiente para todos, una cuenta inacabada. Vemos cada día que los derechos más básicos no se cumplen, que se atenta contra la dignidad humana; parece cierta aquella afirmación de Hannah Arendt, el “derecho a tener derechos”. A los seres humanos se les reconoce el derecho a tener derechos si son ciudadanos de ciertos Estados, los más privilegiados del mundo. Solo una minoría parece tener derechos y ese derecho se le sigue negando a gran parte de la humanidad. Parece como si los derechos fuera una cosa solamente de los ricos y privilegiados del mundo.

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Vivimos en un mundo administrado, nos recordaba Adorno. No se puede servir a dos señores, o los derechos o el mercado. Los derechos humanos son un desafío a la seguridad del sistema y a la estabilidad del mercado. Cómo no denunciar la hipocresía, cuando las naciones que dominan el juego transaccional, imponen ajustamientos estructurales a los países más empobrecidos. Denunciar que muchas de esas medidas de ajuste, que llaman al desarrollo, son reducciones drásticas en educación primaria, cuidado primario de la salud, abolición de los subsidios alimenticios, liquidación de la fuerza laboral, reducción drástica de salarios…, podríamos seguir.

Azuzados en el trabajo, la rutinaria cotidianidad, las vacaciones cercanas, el ocio, las comilonas antes, después y durante las fiestas como metarrelato alternativo, ¿dónde está el relato de un final feliz basado en la soberanía, libertad, igualdad y fraternidad? Parece que la ética se ha convertido en pura estética, divertida y fotogénica, al compás de la insoportable levedad del ser. ¿Cómo pensar y actuar desde la pérdida de fundamento, desde el todo vale, desde el fin de la historia? ¿Sólo queda lo placentero? ¿celebrar la locura, la intensidad y el deseo, como nos apunta Lyotard?. Todo es fiesta y demás mascaradas. ¿No tenemos suelo firme donde pisar, aunque sea débil?, ¿sólo un rizoma o un vagabundeo incierto?, ¿qué discursos o qué mínimos deberemos desarrollar?

[ctt template=”3″ link=”vBV9m” via=”yes” ]¿Cómo pensar y actuar desde la pérdida de fundamento, desde el todo vale, desde el fin de la historia?[/ctt]

¿Quién es mi prójimo? No le interesaba descubrir su identidad, sólo le bastaba saber que era un hombre; es la realidad que narra la Parábola del buen Samaritano. Solamente haciéndome cercano, podré escuchar su clamor, sus gritos y descubrir sus sufrimientos. ¿Un desconocido en el camino? Hay una llamada a la dignidad humana, desde su condición de víctima. Por otro, debemos establecer una tensión entre el yo que tiende a la autoafirmación y el otro que me solicita. Desde esa tensión, el derecho que me reclama desde su condición de víctima es el derecho a ser persona y a vivir como tal. Desde aquí, se puedan romper todas las barreras, ideológicas, étnicas, psíquicas, espacio-temporales, etc. La base de cualquier derecho está en la intersubjetividad, de una “ética compasiva” (Reyes Mate). La compasión es un movimiento intersubjetivo que parte del caído y que fecunda al que se acerca a él; en ese momento se alcanza la dignidad de hombres. Hay pues un movimiento que viene del otro al yo.

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Aunque la compasión es un sentimiento particular, el otro no es un mero objeto doliente, sino alguien digno de compasión, desde aquí el yo se abre a la universalidad. El que sufre debe ser visto como un sujeto humano con exigencias de dignidad, y la solidaridad como el medio para eliminar barreras. Así la actuación política deberá tener en cuenta estas dimensiones, la dignidad y la solidaridad. El que se solidariza debe tener en cuenta que su propia dignidad depende del otro, que tiene una deuda con la víctima. El reconocimiento deberá ser mutuo pero no equivalente, la intersubjetividad es asimétrica y deberá priorizar a los más necesitados.

 


Imagen: Uganda Journalists’ Resource Centre

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