Hace unos días leí un estupendo artículo que ofrece herramientas excelentes para medir el impacto digital. En la misma línea se puede leer también otro post publicado este verano. Es un asunto recurrente que se perfecciona a grandes pasos con herramientas que, de amplia difusión, se van probando de forma masiva en la red. Muchas de ellas gratuitas o de bajo coste. Algunas las he probado y resulta curioso conocer cómo funcionan -casi como un juego de puntuaciones- y qué te piden para seguir “ganando”.

1.    La primera conclusión que cabe extraer de este asunto es que en la era digital todo se medirá, de un modo u otro. La cuestión es quién tiene capacidad para interpretar estos datos, cómo los usa, en qué se fija y, por lo tanto, qué se potencia. Remarco este asunto: aquello que la red empiece a considerar lo mejor será aquello que más se potencie. Por ejemplo, si se considera que es óptimo que otras personas interactúen contigo y que tú no interactúes con ellas (es decir, convertirse en altavoz sin diálogo) será lo que desde los “expertos de la red” se recomiende para tener “éxito”. Crearemos entonces “focos” de opinión que escuchar, lo que supone también el freno de la interacción general de la red.

2.    Además, esto se unirá con la llamada “reputación”. A más puntuación en Klout, a mayor comunidad de seguidores, a mayor “impacto” de las propias campañas, entonces “mejor reputación”. Entonces, por puntualizar un aspecto, se ha transformado el “mejor” (el bien, la calidad) en el “más” (la masa, la cantidad). Los muchos, en principio, son los que tienen la voz y todo parece democrático, pero olvidan las campañas de fondo para captar, para crear “clientelismos” (técnicamente engagement, que viene siendo traducido de forma demasiado bella para lo que hay detrás, como “compromiso”). Dicho de otro modo, la pregunta que se hacen los “expertos digitales” es cómo “enganchar”.

3.    De aquí a otra palabra top de la era digital: branding, la creación de la propia marca en el gran escaparate que suponen las redes sociales. Las herramientas se ponen al servicio de propiciar una “imagen de éxito”, que “acierte con las necesidades y demandas de los demás”, o directamente sepan crearlas generando un ambiente en el que se normalicen. Esto debería llevarnos, y muchos lo hacen, a la eterna reflexión de la diferencia entre apariencia y realidad. ¿No estaremos creando un mundo artificial en el que se vacíen de contenido personal y humano las relaciones que se crean? ¿No será el branding la expresión digital de una vida estéticamente vivida, todavía un paso por detrás de la ética u otras? ¿No servirá, dicho esto, de cárcel que encierre lo que somos en pocas palabras y expresiones tímidas de opiniones sin compromiso?

Personalmente, elijo hablar de “identidad digital” para referirme a algo más que todo esto que he comentado. La cuestión de la “reputación online” se centra excesivamente en la vieja dinámica del “qué dirán”, para intentar controlar al máximo a los demás respecto de su opinión sobre nosotros. Para ello habrá que actuar con la hipocresía del tan criticado político que dice a cada cual lo que quiera escuchar, disfrutando de estupendas herramientas que miden el grado de asentimiento del auditorio.

Si educamos en lo contrario, en la “identidad digital”, la clave, o el acento, es saber qué digo de mí mismo cada vez que publico una frase, comparto una imagen, veo un vídeo. Nuestra acción digital es una forma de compromiso (ahora sí, engagement) que primero se debe a sí mismo. Nuestra acción digital posee también un enorme peso político, luego tampoco vale cualquier cosa. Nuestra acción digital es una forma de creación, no aparente ni banal, sino real y directa, pues creamos cultura, apoyamos o asentimos de un lado o de otro.

Preocuparse de lo que los demás digan sigue siendo una forma pobre de existencia, expuesta a la manipulación y que rebaja abiertamente la seriedad de la vida, nada más que heteronomía vital, reglas del sistema asumidas sin reflexión. Preocuparse por la identidad, volver a la pregunta de Delfos, es otra cuestión. Y toda persona, tarde o temprano, termina por hacérsela a sí mismo, con la excesiva seriedad que esto comporta.