El debate de la misa en La 2, visto desde internet

La polémica que ha provocado la propuesta de Podemos de eliminar la misa de la programación de las cadenas públicas en nuestro país tiene interesantes implicaciones que, en mi opinión, pueden quedar escondidas si la entendemos como una simple discusión entre dos posiciones: a favor y en contra de la continuidad de las eucaristías en TVE.

No todas las razones a favor de la continuidad de las misas en televisión son iguales, y hay algunas justificaciones que, aunque parecen ser favorables a la misa en televisión, en el fondo trabajan en su contra. Me refiero a la consideración de las misas como un servicio a creyentes enfermos o impedidos. Desde esta perspectiva «caritativa», la misa en televisión respondería en exclusiva a la necesidad de estas personas, que gracias a ese servicio encuentran un consuelo y satisfacción que no pueden hallar de otra manera. Es la justificación de una excepción en la televisión pública que, por lo demás, debería dejar al margen esta dimensión de la vida, la fe, perteneciente al ámbito personal de cada uno.

La misa en internet, al alcance de todos

Contrastar estos argumentos con el nuevo contexto comunicativo de internet puede ser un buen test para comprobar su solidez. Hoy en internet, disfrutar de la retransmisión de una eucaristía está al alcance de cualquiera. Son muchas las webs que las ofrecen: desde las producciones más profesionales de cadenas de televisión católicas — Magnificat, Nuestra Señora del Encuentro con Dios, Televida, EWTN, etc. — hasta cualquier pequeña parroquia o iglesia que instala una cámara en su templo —como la Parroquia San Miguel de Pamplona, por ejemplo —, pasando por los santuarios referenciales del catolicismo que ofrecen servicios de webcam —así lo hace, por ejemplo, la basílica de la Virgen de Guadalupe en México—.

En la era de internet, la justificación para introducir misas en la televisión pública no puede ser —o al menos no puede ser únicamente— la del servicio a los impedidos. Como tampoco puede justificarse la programación de documentales sobre la necesidad de poner al alcance del público estos contenidos. Internet está lleno de buenos documentales, para quien quiera verlos.

Peligros de la excepción «caritativa»

Se me responderá que el perfil demográfico de las personas que ven la misa en televisión responde precisamente al segmento de la población que no tiene acceso a internet ni destrezas para emplear la red. Es cierto. Pero ante ello argumentaría varias cosas:

  • Seamos conscientes de que esa justificación tiene fecha de caducidad. En quince o veinte años no habrá problemas de acceso a internet y conectarse a una misa, o a cualquier otra oferta cultural, a través de aplicaciones, o de cualquier otra mediación que se invente, será más sencillo que escoger un canal de televisión.
  • El propio empleo del argumento erosiona la legitimidad de las retransmisiones religiosas en televisión, en cuanto reconocemos que la misa no está en igualdad de posición respecto a otros contenidos culturales para formar parte de la programación pública.
  • El argumento resulta convincente para las misas, pero no tanto para otros programas de reflexión o actualidad socio-religiosas. ¿Estos no tienen cabida en una televisión pública?

Aconfesionalidad o laicismo

Y ahí reside en mi opinión el punto crucial del debate. La televisión pública, si algún sentido tiene hoy, debe reflejar la pluralidad de formas de sentido valiosas que caracterizan a la sociedad en la que se sitúa: expresiones culturales diversas, y formas de vida, creencias y aficiones de valor humano reconocido. Un estado aconfesional no tiene dificultad en entender la religión como una opción de vida valiosa. Es habitual mencionar el ejemplo de los Estados Unidos, donde una estricta separación de la Iglesia y el Estado es compatible con una presencia de lo religioso como hecho valioso en espacios y acontecimientos institucionales.

Considerar que la televisión pública no debe incluir programación religiosa, o que, si lo hace, debe hacerlo como un magnánimo favor a personas inválidas, supone una grosera confusión de nuestra aconfesionalidad con un laicismo que aspira a desterrar lo religioso del espacio público, del que la televisión pública forma parte.

En una televisión pública, los espacios concedidos a las confesiones religiosas habrán de tener en cuenta el peso y arraigo —cambiantes— de cada una de ellas. En contra de lo que Podemos argumenta, eso no constituye una ruptura de la neutralidad. Por supuesto que en algunos momentos resultará controvertido el peso que se conceda a una confesión u otra, pero tampoco la «neutralidad» a la que alude Podemos está libre de dificultades, entre otros motivos, como demuestra Will Kymlicka en su ya clásico Multicultural Citizenship, porque tal neutralidad, imposible, termina siendo, en no pocas ocasiones, un apoyo encubierto a la cultura dominante.

Un último comentario. Irene Montero ha declarado que en algunas misas se ha incitado al odio hacia homosexuales o mujeres. Si eso fuera cierto, la respuesta no debería ser la eliminación de la misa, sino la denuncia en los tribunales contra quienes han proferido esos mensajes, ya que el artículo 510 del código penal castiga la incitación al odio por esos motivos con penas de entre uno a tres años de cárcel.

FOTO: Imagen promocional de misas online en The Sunday Mass.

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4 Comentarios

  1. Gracias por los comentarios. Respecto a lo que dices Joaquín, creo que el problema no es solo la prensa conservadora, sino, en general, el tratamiento de la cuestión religiosa en los medios de comunicación en España. En los medios conservadores, es muchas veces lo que tú dices; y en todos los demás, es un tratamiento prácticamente reducido a lo institucional, muchas veces desde claves de periodismo político. Además es muy limitado y ombliguista (se habla de la Iglesia Española y, de ahí, se pasa al Papa y al Vaticano, y punto). En definitiva, hay nulo interés por el hecho religioso en sí. Creo que los medios ni se enteran de la monumental distorsión que eso genera.
    Me temo además que internet, por diferentes motivos, ha podido resolver algunos problemas, pero ha empeorado otros muchos.

  2. Pudiendo estar de acuerdo, en gran parte, pienso que esto ha de ser un debate parlamentario y no un exhibicionismo de la prensa conservadora, que es la única existente en este País, dado que en ese caso se intenta adocenar.

  3. Agradezco la reflexión que me parece lúcida y oportuna. Estoy de acuerdo: el debate “misa sí, o misa no en la tele” no deja de ser la punta (una de ellas) del iceberg que constituye la cuestión de la presencia de lo religioso en el espacio público y de la posibilidad de reconocer como legítimas –al menos- y como valiosas –ojalá- las opciones religiosas de los individuos que opten por ellas, con las implicaciones que esto supone.
    Nos queda mucho trecho aún que recorrer para desentrañar qué implica ser un Estado que se dice aconfesional o laico (desde una concepción de laicidad positiva). Creo que a recorrerlo ayuda, más que las discusiones que se centran en “las puntas”, la reflexión sobre lo que está realmente en juego y de fondo. Así que, como digo, agradezco esta reflexión.
    Ojalá la a-confesionalidad equivaliera a la consideración de las religiones como algo valioso; entre que sí y entre que no, al menos espero que se les reconozca “carta de ciudadanía”, y que, si es necesario poner cuotas de pantalla, límites o vetos a la expresión pública de las creencias religiosas, estos no sean fruto del desconocimiento, del prejuicio o del tópico de turno.

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