Es difícil referirse a la naturaleza humana. Por una parte, tiene toda la razón Jacques Maritain cuando exclama que es tan evidente que la hay, que discutir su existencia es tan solo pérdida de tiempo y manía de intelectuales a la violeta. Por otra parte, la distancia entre un santo y un criminal -sencillamente, entre alguna de las personas que conocemos y que son de hecho para nosotros imágenes del bien perfecto y alguna otra que también conocemos y cuyas actividades nos resultan ejemplos de retorcimiento y egoísmo- es lo que representa más adecuadamente lo cualitativamente infinito… Piénsese en Stalin y en Simone Weil

Los buenos dirán que ellos podrían haber sido perversos, con solo que las circunstancias de su vida hubieran sido otras; pero esto es una exageración extraordinaria, comprensible en alguien tan radicalmente valiente, realista y bueno como Aleksandr Solzhenitsyn.

Las personas como él tienden a afirmar que todo aquello de que es, ha sido y será capaz la libertad de alguien, es lo que marca los límites del ser humano, o sea, de todo ser humano. Pero en ello radica la exageración a la que me refiero. Quien habla así, lo hace sin querer desde un punto de vista muy abstracto; en su imaginación se representa posibilidades terribles, porque está alerta para evitar dañar a otros o a sí mismo, y lo que es mera representación lo toma por tentación, como si pudiese realmente caer en optar por tales locuras. No es así, debido a un rasgo de la naturaleza humana que subrayó con gran acierto Aristóteles: el hecho de que nuestras acciones fundan en nosotros hábitos, y aquel que posee un hábito bueno, o sea, una virtud, por lo regular cada vez es él mismo más y más bueno y actúa en el sentido de su virtud a cada nueva oportunidad con más prontitud (por lo tanto, sin parar mientes en la maldad posible; sin tomarla realmente en consideración como tentación auténtica, ni siquiera en el caso de que se la imagine).

Pero a todo ello hay que añadir un factor más, de importancia difícil de subrayar lo suficiente. Y es que existe el deseo natural de gozar de lo bueno: el amor del bien. Este amor es una de las varias partes o voces que pertenecen a nuestro maestro interior; es, de hecho, la más inmediata y antigua: la que habla ya cuando somos más jóvenes y nuevos, y no deja nunca de hablarnos -aunque con el crecimiento de la edad enderece el maestro interior los pasos de nuestra vida hacia el bien de modos insospechados por el niño-.

Zapatos-rojosEstos rudimentos de la antropología filosófica y de la ética se me vienen a la pluma a propósito del repudio de tantos crímenes cotidianos de los que nos llega la noticia. Sobre ellos es preciso exclamar lleno de razones que tales actos, tales empeños y deseos, no surgen en realidad del fondo natural del ser humano, sino que, muy literalmente, son ‘contra naturam’. Han nacido del torcimiento y retorcimiento de la libertad; de la tergiversación progresiva de lo que es gozar de lo bueno. Representan la negación más terrible respecto de lo que de verdad es el destino natural de una persona, la definición ideal de nosotros mismos.

Con nada es más repugnante este retorcimiento que, precisamente, con el amor. Da a veces la sórdida impresión -que por si sola vuelve irrespirable el mundo- de que se ha olvidado por completo que el sentido más propio -no solo el más alto y complicado- del amor es la búsqueda del bien de la persona amada, el gozo inmenso de verla bendecida con toda clase de bienes y a salvo de los daños que hayamos podido nosotros mismos evitarle. Cuando se habla de amor, demasiadas veces se refiere la gente al cumplimiento de su egoísmo: a una pasión que convierte a otra persona en un objeto que no se respeta sino que se usa para el propio placer, sin idea alguna de que este placer es, incluso en cuanto gozo, nada, nada en absoluto, comparado con la dicha que se halla en trabajar para el bien del otro. Y si alguien experimenta el auténtico amor que otro le dedica, en respuesta a su amor o anticipándosele, entonces esta persona está pisando los umbrales de la eternidad.

Tal es exactamente el núcleo de la vida del cristiano. Me pregunto si se puede llegar a vivirla en plenitud por algún camino que no sea la experiencia natural de ser amado por alguien ya aquí y ahora. Quien acoge el amor de otro, ya está él mismo amando a imagen de ese don infinito que se le hace; ya está él mismo colaborando a la redención de la realidad y revelando que el fondo del ser de toda ella es el bien perfecto.