De santas certezas

Cada vez es más difícil soportar con paciencia esta vida que no vislumbra la paz ni apenas distingue por qué caminos se pueda acceder a ella en algún lejano futuro. A medida que la edad crece, aumenta también el ansia de bien y, por tanto, va desapareciendo todo conformismo con las cosas tal y como siguen siendo siempre. Los viejos que aún realmente estamos vivos, cada día somos más impacientes, es decir, cada día tenemos que ejercer la paciencia con más vigor.

Leo en la prensa, a propósito del crimen monstruoso de Mánchester, que sus responsables poseen “la certeza santa” de que han hecho lo correcto, porque los cruzados asesinados, aunque se trataba en su mayoría de niños, en realidad no eran humanos (y estas frases quedan ilustradas con las más tristes citas del Corán condenando a “los que asocian”, a los “politeístas”). Y lo terrible es que ese uso de la palabra santo se infiltra en la cultura actual, apoyado en las delirantes justificaciones de los asesinatos que tenemos que leer con tanta frecuencia. Una certeza santa vendría a ser, así, una certeza absoluta precisamente porque es irracional y se acoge a cierta lectura de un texto que se considera sagrado. La sugerencia es entonces, evidentemente, que no llamemos de ninguna manera santas a las certezas racionales (morales y religiosas) con las que nos enfrentamos a los horrendos principios de los asesinos.

Comprendo bien la postura del escritor al que cito. Mi indignación no es ni un ápice menor que la suya. Pero yo debo sostener que lo único que precisamente es santo es todo el bagaje espiritual con el que un ser humano cualquiera rechaza la vinculación entre el crimen y Dios, entre el crimen y la verdad, entre el crimen y el bien. Siempre, desde luego, que este rechazo sea absoluto.

Cuando miramos la verdad y el bien como objetos posibles de un rato de meditación más o menos ociosa o incluso profesional (como es el caso de los profesores de Filosofía, entre los que me cuento), acuden a nosotros muchos argumentos que llevan en la dirección de que prefiramos cierta distancia, quizá cierto escepticismo, respecto del significado que esos “objetos” poseen para nuestra vida. Diríamos seguramente en tales momentos lo que Jenófanes ya escribió: que aunque alguna verdad (sobre el bien, por ejemplo) nos venga alguna vez a las mientes, lo propio de los humanos es tan solo conjeturar y, en consecuencia, nuestra manera de adherirnos a una verdad siempre tendrá un margen de distancia.

Hasta puede ocurrirnos lo que ha descrito Cioran con todo énfasis: que la capacidad de adhesión a una tesis es, en el fondo, adoración fanática, y que nada hay más repugnante y peligroso en el ser humano que este anhelo suyo de adorar. Pero la verdad y el bien -la verdad sobre el bien y el mal- se nos presentan auténticamente cuando todo en nosotros se rebela ante la maldad aberrante. Todo, empezando por nuestra en modo alguno fría razón.

No habrá jamás nada ni nadie que pueda persuadirnos de que se obedece a la voz del bien asesinando a niños. Es nuestra razón la que lo proclama. Y lo proclama absolutamente, o sea, santamente.


Imagen: images.clarin.com

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