¿De quién es Internet?

La respuesta que nos gustaría a muchos es que Internet no es de nadie o mejor dicho, que en realidad es de todos y tenemos que cuidarla para que nos dure así muchos años. Adaptando un clásico: “Internet somos todos”.

En Internet debe primar la libertad de elección.
En Internet debe primar la libertad de elección.

Internet hasta ahora era una maravillosa Torre de Babel imperfecta, que a diferencia de la original, no busca concentrar sino repartir el conocimiento. Y que sigue funcionando más o menos decentemente gracias al esfuerzo de muchas personas y organizaciones para estandarizar y documentar la forma de crear y regenerar esta potente infraestructura neutral de interconexión de redes. Internet como ente no puede tener dueño. O no sería Internet.

Pero en los últimos años se está poniendo en entredicho la neutralidad de la infraestructura, lo que afectaría al libre acceso al contenido.

[ctt template=”3″ link=”E2VYZ” via=”yes” ]Se está poniendo en entredicho la neutralidad de Internet, lo que afectaría al libre acceso al contenido[/ctt]

Pero si no es de nadie, ¿cómo se puede controlar Internet para que deje de ser neutral?

Lo verdaderamente maravilloso de Internet es su filosofía y la de la infraestructura que hay por debajo, más allá del contenido: a base de pequeñas redes que se van interconectando entre sí por pasarelas de cada vez mayor envergadura, hemos creado un verdadero espacio de comunicación común, tanto para hombres como para máquinas.

Un espacio global, basado en unos pocos lenguajes universales (me refiero a los protocolos de comunicación, no a los idiomas), que funciona de forma descentralizada e ingobernable globalmente, y que permite llevar la información de un lado al otro del planeta.

Una de esas raras ocasiones en las que una parte de la humanidad se pone de acuerdo para hacer algo que valga para mejorar la calidad de vida del resto. Luego ya viene el factor humano para dotarla de imperfecciones. Para que Internet sea Internet, sólo puede haber una y no puede tener un dueño.

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En lo que afecta a un usuario de a pie, puede controlarse parcialmente el contenido, a nivel de zonas locales (pero que pueden ser del tamaño de un país tan grande como China), o puede “esconderse” de alguna forma para no acceder a él o para que sólo usuarios con cierto nivel de conocimientos lleguen a él. Técnicamente, incluso puede priorizarse unos contenidos frente a otros en estas zonas locales más o menos grandes.

Pero sobre todo, puede controlarse el acceso a la infraestructura que te conecta al resto. La gran ventaja que da el ser una red de redes, también genera una debilidad al usuario: no es fácil conectarnos por nosotros mismos, dependemos normalmente de alquilarle el acceso a un operador.

¿Y qué se puede ganar con este control? Algo más que dinero: poderes

Cada una de esas pequeñas redes, ordenadores, cables, máquinas, y hasta la luz que las mantiene encendidas, tiene un dueño que paga por ellas y que las ofrece para formar parte de la red de redes. A cambio normalmente de algún beneficio por sus servicios. Parece lógico.

Desde los inicios de la humanidad, ésta ha buscado formas de comunicarse a distancia. Y esas formas siempre suponen un coste de recursos: ya sea la comida que alimentase a los mensajeros a pie, la instalación de los cables del telégrafo o la electricidad que alimenta el router wifi. Y desde siempre ha habido empresas del tipo que fuese que afrontaban esos costes a cambio de ciertos beneficios. Esta situación requiere de reglas cuando estos servicios se convierten en servicios de interés universal para evitar su monopolio o el priorizar ciertos servicios de forma interesada.

No hablamos de precios sino de reglas. ¿Quién vigilará a los vigilantes? ¿Quién ha de escribir las reglas del juego?

En el problema de la neutralidad de la red no está en juicio el coste del uso de la conexión, sino el hecho de no cambiar las reglas del juego a mitad de la partida: limitar el acceso libre a la información, la libertad de elección en la forma, las fuentes y los medios para acceder e incluso en qué aplicaciones utilizar, sólo para quien asuma pagar un sobrecoste.

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Es un tablero con tácticas muy complejas. Debiera ser la tecnología y quienes estandarizan su uso y quienes generan contenido, los garantes de una regulación homogénea para cualquier usuario/a.

Pero eso es dejar fuera de un posible pastel a los poderes clásicos: los estados y las grandes operadoras tradicionales, los cuales no quieren perder su posición predominante, y menos cuando compiten con las nuevas grandes compañías como Amazon, Google, Facebook,etc… , que además operan a nivel global y no limitadas por las barreras regionales de los estados, y contra otros grupos de actividad formados por los propios usuarios.

[ctt template=”3″ link=”5J3eT” via=”yes” ]El poder está en juego con la neutralidad de Internet: los estados y las grandes operadoras no quieren perder su posición predominante[/ctt]

¿Y en qué me afecta a mí lo que regulen en los EEUU que la uso a miles de kilómetros de distancia?

Y me dirán aún más: es lo mismo que ocurre con otros bienes esenciales, como puede ser la energía, los transportes, la educación, la salud, etc. ¿por qué preocuparse tanto por algo como Internet? Puede que sea lo mismo, efectivamente. Las reglas del juego en estos ámbitos están cambiando.

A los poderes clásicos no les gusta el nuevo tablero ni tener que competir por algo que creen suyo

Es lo mismo, pero no es igual. No es igual desde el punto de vista de la ubicación y de la proyección de sus efectos: la mala gestión de estos servicios genera problemas críticos en la sociedad evidentemente, pero lo hace de forma local y sin afectar al resto del globo.

En Internet esto no es así: el aleteo de esta mariposa en la regulación estadounidense va a desencadenar tormentas en todo el globo. E Internet ya está intrincado en todo lo demás: en la educación, en la salud, en la energía… Van a tirar la primera piedra y ahora habrán de responder el resto de redes interconectadas: o dejarse llevar por la avalancha o enfrentarse a ella.

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[ctt template=”3″ link=”L1r4i” via=”yes” ]Van a tirar la primera piedra y ahora habrán de responder el resto de redes interconectadas: o dejarse llevar por la avalancha o enfrentarse a ella[/ctt]

De hecho las operadoras del resto del mundo ya lo están probando de forma “oculta” al usuario de a pie. Por ejemplo: la oferta que las grandes operadoras hacen de que “puedes usar Whatsapp sin consumir datos de tu tarifa plana”, es ya una prueba de qué tal funcionaría una red no neutral.

Y lo triste es que los usuarios estamos avalando que su estrategia funcione a la perfección. Quién no preferirá poder usar “sus” redes sociales (o las que la operadora haya decidido por ese alguien) sin gastar datos, antes que garantizar la libre elección de usar una u otra red social.

Una pena, con lo bien que iba la cosa.

¿Queda alguna esperanza para Internet?

Por supuesto que sí. La ingobernabilidad de la red de redes es el mayor aliado contra estas iniciativas de romper el “desorden”. En los últimos años han surgido infinidad de iniciativas de protesta en contra de este tipo de regulaciones contrarias al espíritu de la red neutral, a las que cualquier internauta puede adherirse.

A estas iniciativas no sólo están adheridos/as internautas individuales, sino que las apoyan los nuevos grandes entes del sector. Empresas como Facebook, Google, que ven en la falta de neutralidad una ataque a la universalidad de los servicios y contenidos que ellos mismos ofrecen.

Se avecinan tiempos de cambio y toca elegir bando en esta lucha por la red del futuro.

 

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