De perfiles y leyendas en la Red

¿Pongo una foto? ¿Muestro una imagen real? ¿Añado mi nombre o me invento un pseudónimo? ¿Acudo al Photoshop? Un requisito solicitado al abrir una cuenta en las redes sociales es la creación de un perfil. Una foto y alguna que otra leyenda acompañarán nuestra vida en la red. Las opciones que tomemos mostrarán nuestra imagen pública. La primera puerta que hemos de atravesar al llegar al mundo de las redes sociales es la de construir nuestra identidad digital. Y precisamente, sobre el alcance del perfil quiero proponer hoy un pensamiento inicial.

Llama la atención, en primer lugar, la propia palabra perfil. El diccionario de la RAE en su primera acepción pone sobre aviso: “Postura en que no se deja ver sino una sola de las dos mitades laterales del cuerpo”. Un perfil por su propia naturaleza es incompleto y solo permite enseñar una parte de nosotros mismos. En las redes, será interesante caer en la cuenta de que no te muestras al completo. Quienes te ven, habrán de recordar que lo visible no eres todo tú . Un perfil, al igual que sucede en la propia autoconciencia, nunca agota el misterio que uno es. Más bien, mirado en profundidad, apunta más a lo que no se percibe que a lo que sí deja ver. Los perfiles en las redes dejan al descubierto un abismo de ser insospechado.

En segundo lugar, sería de gran ayuda realizar una fenomenología del perfil. Esta favorecería la comprensión de las posibles tendencias sociales en lo que cada uno dice y muestra de sí. Sería valiosa para atisbar los significados que otorgamos a los perfiles. Hay fotos para seducir, imágenes para despistar, iconografías para reforzar la propia identidad, representaciones travestidas, etc. ¿Qué dicen del ser humano? En el fondo, todos nuestros intentos de definirnos online arraigan en el arcaico deseo de representarnos, la mayoría de las veces, de forma ideal. Desde la antigüedad, queremos vernos desde fuera, al otro lado del vértice de nuestra conciencia. Utilizamos los perfiles –sean pinturas rupestres, esculturas griegas o desgarros expresionistas- como forma de objetivarnos. De este modo hacemos más soportable el misterio que cada uno de nosotros somos. Pero esos contornos solo dejarán entrever, como la luz a través de un cristal traslucido, una pequeñita parte de nuestra inefable, contingente, limitada, sublime y vulgar existencia.

En tercer lugar, en el mostrarse y decirse siempre existe la tentación de crearse un personaje o de pensar que podemos, en último término, expresar quiénes somos. Un mito propio de nuestra cultura consiste en pretender otorgarnos a nosotros mismos nuestra identidad. Pensemos en cuántos eslóganes apuntan en esta dirección: “es alguien que se ha hecho a sí mismo”, “trabaja por conseguir tu éxito”, “impossible is nothing” o “porque yo lo valgo”. No es momento ahora de entrar en el viejo debate libertad versus determinismo. Más bien, esta tendencia lleva a  creer que somos lo que construimos con nuestras manos. La autodefinición se halla en el fondo de una cierta lógica del perfil. Pero, ¿es real?

Casi de manera inmediata se presenta la pregunta de qué hay de verdadero en lo que mostramos en el espacio digital. Quizá la lógica de las redes promueve sutilmente un juego de espejos en el que cada uno piensa que puede ofrecer algo de esa identidad que se da a sí mismo. Hay quienes crean perfiles que más que expresar quiénes son, señalan a lo que quieren ser.

A este propósito, me vienen a la memoria algunas ideas del monje Thomas Merton, cuyo centenario de nacimiento celebramos. Tratando de entender los mecanismos de nuestra cultura, el contemplativo-profeta llevó a cabo una reflexión sobre el falso y el verdadero yo[1]. El falso yo es el que vive atribuyéndose en la vida la prerrogativa de definir quién es –con todo su séquito de autoconstrucción y búsqueda del éxito-. El verdadero yo es aquel que recibimos, que se nos entrega. Solo podemos llegar a intuirlo a través del cultivo de una conciencia simple y contemplativa. La lógica del perfil refuerza más uno de los dos sentidos. ¿Cuál?

En definitiva, los perfiles digitales son, ni más ni menos, una interesante pista para constatar por dónde vamos caminando en el viaje espiritual. Rellenar un perfil en la red es todo menos neutro. Constituye un indicio que indica desde dónde vivimos y queremos vivir.

 @comunicarLe

 

[1] FINLEY, J., El Palacio del Vacío de Thomas Merton. Encontrar a Dios: despertar al verdadero yo, Sal Terrae, Santander 2014.

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