De los desposeídos y de los perseguidos

Por Cristina Gortázar Rotaeche

La mayor de las desigualdades dentro de la familia humana no la produce el sexo, la raza, la edad u otros factores, sino el lugar en el que nos ha correspondido nacer a este mundo. También es cierto que esa desigualdad es evitable y que caminar hacia la justicia social depende de la voluntad individual y grupal para repartir adecuadamente la riqueza existente.

Las desigualdades respecto de nuestras otras mitades (según el texto de Montaigne que citamos abajo [1]) producen reacciones de perplejidad, incluso de rebelión, especialmente cuando se muestran juntas, pegadas, dejando ver aún más evidente el horror de la bajeza humana. Y la globalización de las comunicaciones ha convertido –especialmente a través de Internet- la injusticia social en tormento cotidiano para los seres humanos de buena voluntad (¿?) de una manera continuada e inmediata sin que nadie pueda sustraerse a la noticia. La globalización nos ha colocado a todos junto a nuestras otras mitades.

De los desposeídos

Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez.  Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas(…)” Lucas,16:19.

La inmigración no es más que una respuesta adecuada (de entre varias posibles) a la noticia global sobre la injusticia social, que se acrecienta precisamente por la cercanía del norte opulento y el sur desheredado que nos presentan los medios de comunicación. Por ello, los movimientos migratorios deberían recibirse por las sociedades de destino como respuesta lógica y proporcionada a la toma de conciencia de la desigualdad y la injusticia. Son las mitades desposeídas que quieren legítimamente recuperar algo de lo que les corresponde.

Lo que es más; debería agradecerse por parte de las sociedades de recepción el hecho de que nuestras otras mitades acudan a su destino -tras su periplo- en decidido son de paz. Sin embargo, son las mitades instaladas en las sociedades más opulentas las que se incomodan y se resisten.

En Europa, las agendas de las instituciones y de los gobiernos de los Estados rebosan medidas destinadas a prevenir la inmigración irregular, a luchar contra el tráfico ilegal de personas; a potenciar los acuerdos internacionales de readmisión de inmigrantes, a restringir la política de visados; a intensificar las sanciones a las compañías de transporte cuando trasladan inmigrantes con insuficiente documentación o sin ella.

En cuanto a las políticas dedicadas a la integración de los inmigrantes ya residentes de larga duración, proliferan las medidas para asimilarlos a través de condiciones de obligado cumplimiento para acceder a los permisos de residencia y trabajo y, aún más, para obtener la nacionalidad.

Por fin, la cooperación al desarrollo de los países de origen y tránsito también ha sucumbido al afán securitario de manera que se prioriza la impermeabilización de la frontera externa europea hasta límites que ponen en cuestión la protección de los derechos humanos.

De los perseguidos

“No os calléis, despertaos, sed nuestra voz,  nos quieren destruir. Estamos viviendo un Viernes Santo permanentemente y vosotros nos podéis ayudar a llegar al Domingo de Resurrección” (Padre Douglas, sacerdote caldeo de Irak, mayo de 2015)

Ahora ya no hablamos del vecino pacífico que viene a intentar igualarse a su otra mitad, ahora hablamos de nuestras otras mitades en riesgo inminente para sus vidas o integridades físicas, que han huido despavoridas, perseguidas por su raza, por su religión, por su ideología; por su género o su orientación sexual; por la guerra y la violencia  generalizada en su país o región. Algunas de ellas han alcanzado ya un lugar seguro (¿?) y son personas a  reubicar: por ejemplo, se encuentran en Italia, en Grecia o en Malta en condiciones verdaderamente inhumanas debido al colapso de los sistemas de recepción y acogida (así lo afirma el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el caso MSS contra Bélgica y Grecia, 2011).

Por ello, la Comisión acaba de proponer que se active el sistema de mecanismo de respuesta de emergencia previsto en el artículo 78, 3 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea para reubicar solicitantes de protección internacional en la UE (perseguidos) desde estados miembros sobrecargados y colapsados a otros que podemos, debemos -y deberíamos querer- asumir responsabilidad  sobre una parte  equilibrada y equitativa de esas nuestras otras mitades. La Comisión propone un cálculo de redistribución basado en criterios tales como PIB, población, tasa de desempleo y número de solicitantes de protección internacional (perseguidos) reasentados con anterioridad. Naturalmente, la Comisión propone pero no impone (no puede) y estas medidas de responsabilidad compartida han de ser discutidas y votadas por el Consejo (los estados miembros) tras oír al respecto al Parlamento Europeo (así el artículo 78,3 del TFUE).

La Comisión Europea también propone que acojamos a través de la figura de reasentamiento (figura que hoy por hoy tiene en la UE carácter voluntario) una pequeñísima parte de los solicitantes de protección internacional que se encuentran fuera de Europa en países limítrofes a los de persecución. La iniciativa para reasentar a 20.000 personas en dos años entre los miembros de la UE- es casi simbólica si pensamos, por ejemplo, que más de un cuarto de la población en Líbano está ya compuesta por refugiados sirios.

Antes de ahora España ha dado un ejemplo cicatero en materia de reasentamiento voluntario: están terminando de llegar los 130 reasentados como cifra total comprometida por España desde que en los últimos tres años la UE viene proponiendo planes voluntarios para reasentamiento.

Y ahora demos vueltas a esto: la cuota que la Comisión propone a España para asumir entre 2015 y 2016 –la suma de “nuestras otras mitades” entre reubicados y reasentados- es de 5837: ¿Son muchos?

[1] “Tres hombres de aquellos países (…) vinieron a Ruán cuando el rey Carlos IX residía en esta ciudad. (…) como en su lengua denominaban a los hombres “la mitad” los unos de los otros; expusieron que había entre nosotros personas  llenas y hartas de toda clase de comodidades, mientras sus mitades mendigaban a sus puertas, demacradas por el hambre y la pobreza. Y les asombraba que esas mitades menesterosas tolerasen tal injusticia y no asiesen a los otros por el cuello y los quemaran en sus casas”. Michel de Montaigne, Ensayos, Capítulo XXX: “De los  caníbales”

[2]  Esta entrada sirve para enmarcar la intención universal del Apostolado de la Oración del mes de junio, “para que los inmigrantes y refugiados encuentren acogida y respeto en los países a donde llegan” y se suma a nuestra serie mensual a ello edicada.

[3] Fotografia: (c) Yannis Behrakis /Reuters

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