De clamores, perforaciones y entrañas

Hace unos días en una cena con amigos y amigas compartiendo sobre nuestras  motivaciones de vida y la fuentes de nuestra energía me preguntaron que era para mí rezar y como lo hacía. A ellos y ellas les dedico este post: ¿Cómo orar desde el espesor de la realidad, desde el corazón de las  luchas migrantes y las luchas de las mujeres para que nuestras utopías se hagan históricas?¿Cómo ora una mujer contemplativa en la acción, contemplativa en la relación?. Me remito a ello con tres imágenes: La oración como clamor, la oración como perforación y la oración como entrañarse. 

La oración como clamor

Orar, como dice Ignacio de Loyola, es buscar y hallar a Dios en todas las cosas, detectar su presencia como anuncio o como denuncia, como caricia o como grito y secundarla. La oración es siempre un clamor: la oración es un anhelo, es gemido del Espíritu, expresión de los deseos más hondos de la humanidad y del propio corazón (Rom 8, 26). “Señor, escucha mi oración, llegue a ti mi clamor” (salmo 102). El clamor del pueblo explotado y oprimido en Egipto  con duros trabajos (Ex 3, 23-24; Dt.26,7), y leyes injustas que en nombre de la dignidad de la vida son desobedecidas desde prácticas, diríamos hoy, de  insumisión  o desobediencia civil, como hacen las parteras Sifra y Pua (Ex 1,15-21) o el clamor del pueblo en el exilio o la migración forzosa como  tantos  refugiados y  migrantes hoy, a los que Dios a través de sus  profetas les asegura que hay esperanza para su futuro y eso les hace resistir e inventar formas de supervivencia contra toda desesperanza (Jr 31,16-17).

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En definitiva el clamor de los y las descartables, el de  tantas personas y colectivos hoy excluidos del derecho al pan, al trabajo, la tierra, al techo, ,el clamor de la tierra y el clamor de los pobres como un mismo clamor (LS. 49). Un clamor que afecta al mismo Dios (Si 35,15-22) y que es  tan fuerte que tiene el poder de atravesar los cielos, traspasar las nubes y no cesar hasta ser escuchado rompiendo toda imparcialidad ya que Dios es  parcial con los pobres.Pero el clamor lo es también de júbilo y acción de gracias, como cuando logramos parar un desahucio  o ganamos una negociación colectiva, o una empleada de hogar denuncia a su empleador y gana sus derechos aun cuando no tenga papeles, o como cuando un mantero es declarado inocente en su juicio contra Carolina Herrera, acusado  de “robo” contra  la propiedad intelectual,  o como cuando el proyecto de economía social en el que estamos embarcados, vemos que podremos seguir avanzando un año más y contratando a un nuevo compañero o compañera  en condiciones dignas. O como cuando una mujer gana un juicio por violencia de género o se  consiguen las medidas de alejamiento.

La oración es también el clamor del agradecimiento. Así lo descubrimos en Jesús,  cuando ora a su Abba la alegría incontenible de experimentar que los sencillos y humildes captan el misterio de la generosidad y la gratuidad de Dios y las semillas de alternatividad presentes ya en nuestro mundo, mientras que los ricos y satisfechos,  blindados en sus intereses privados, no se enteran de nada que no sea rendimiento económico y una amenaza a su bienestar y seguridad (Lc. 10,21).

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La oración es clamor y por tanto es plegaria, pero no petición cómoda ni evasiva. La oración concebida como clamor nos salva del intimismo narcisista y del individualismo. Nos reubica como criaturas finitas pero también a imagen y semejanza de Dios y anhelantes de comunión y de justicia. Nos hace sentirnos cuerpo con toda la humanidad y la creación que gime dolores de parto (Rom 8,22-39), el alumbramiento de otro mundo posible, y nos urge a ser sus parteras y parteros en nuestros  contextos. La oración por tanto no es nunca un clamor estéril, ni siquiera un desahogo psíquico sino un anhelo esperanzado basado en la confianza de que el Dios todo misericordia y cuidado desde los últimos no abandona nunca (Is. 41,4; 17-18).

La oración como perforación y entrañarse

Orar, como dice Madeleine Delbrell, es perforar la realidad para descubrirla habitada por el misterio de dignidad que la alienta en su hondura, aunque esté mezclada con la miseria humana, como el trigo con la cizaña (Mt 13, 24-52). Por eso orar es buscar en la densidad de los acontecimientos y del propio corazón sus respiraderos, hacer experiencia de Dios, del Amor, estemos donde estemos, convencidos que para el encuentro con Dios el mundo y la cotidianidad son cita obligada y que allí donde tenemos nuestro lugar de vida tenemos también nuestro lugar de encuentro con Él.

Por eso disponernos a orar es disponernos a perforar la realidad, a hacer hoyo en ella, a tener la actitud de los zahorís, es decir, en ir haciéndonos expertos y expertas en descubrir los manantiales ocultos en lugares o experiencias vitales aparentemente desiertas, Orar es ahondar y cuidar el propio corazón, porque en el en están las fuentes de la vida (Prov 4,23).        

Pero orar es también entrañarse. Las entrañas son el lugar de la hondura humana, son  símbolo de fecundidad y generatividad, el lugar de la misericordia. Misericordia significa corazón en la miseria. Decir que la oración es entrañarse significa que en ella nos abrimos a la misericordia de Dios para ser misericordia en acción, misericordia en relación, en los contextos de periferia y exclusión.Significa también reconocer vitalmente que la fuente de nuestro amor y de nuestro anhelo de justicia, de reconciliación, de utopía, es el útero de la misericordia de Dios, donde todo y todos y todas podemos nacer de nuevo (Is 66,9-11; Is 65,17; Is 42,14) como le sucedió a Nicodemo (Jn 3,1-9) y desde donde brota la fuente de todo amor, de toda regeneración, de toda compasión, toda posibilidad de cambio y transformación profunda en nuestra vida y en la vida del mundo. Por eso no hay activismo ni militancia cristiana duradera si no nos “entrañamos”.

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¿Y tú, cómo te entrañas

 

 

 

 

 

 

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