Cultura del espectáculo y cuesta de enero

Ya estamos en enero del año de Gracia de 2018. Atrás quedó, hasta nueva orden, la musiquilla de los niños de San Ildefonso, que, como dice el castizo, no me dieron ni lo jugáo.  Ya es recuerdo la cena de Noche Buena: embutidos, langostinos, pavo, redondo… todo ello, bien degustado al tierno calor de la familia política y, sobre todo, de los cuñados.  Queda vagando entre dulces nubes de nostalgia la Misa del Gallo y los villancicos del día de Navidad.  Son ya memoria vaga las uvas y las campanadas; los saltos y las cadenas humanas, al compás de la conga de Jalisco; los confetti del cotillón de Fin de Año… Acabamos de comprobar, con sorpresa, que, aunque uno -al menos, yo, caro lector; no sé si tú también- ha dejado mucho que desear en lo tocante a ser bueno durante el año que despedimos hace ocho días, los Reyes Magos han traído mucho más de lo que cabía esperar…  Pero, pasada la sorpresa, agradecida la visita y comido el último trozo de roscón… toca volver a la vida real, al Tiempo Ordinario. Arranca, pues, de veras, un nuevo año… ¡Que muy bienvenido sea!

Ya va notando uno que el frío es más serio y que hoy -día 8 de enero- no cabe otra que la de abrigarse a modo; y de arriba abajo: boina de trece pulgadas para la cabeza, que uno ya está más bien calvo; bufanda de buena lana para el cuello; guantes amorosos, de cabritilla; botas o zapatos fuertes; un buen chaquetón forrado… O sea, lo propio de la estación.

La nieve empieza a aparecer en los telediarios. Para regocijo de esquiadores y de hosteleros de montaña; y para lamento de los pobres paisanos atrapados en Villacastín la noche del sábado 6, día de Reyes, al domingo en el que, este año, se conmemoraba la partida de Cristo nuestro Señor desde Nazaret al río Jordán y cómo es baptizado.

Acabo de escribir en el arranque del párrafo anterior que -dejadme la cursilada- el blanco meteoro empieza a asomar el hocico por las televisiones…  Mas, ¿qué digo?… ¿Cómo que empieza a aparecer en los telediarios? ¡Si casi no se habla de otra cosa…! Esta vez, para consuelo de rianxeiros, da xente da Pobra do Caramiñal, de coruñeses de bien, hartos de ser noticia por mor de un tan deleznable convecino…  En esta ocasión, para alivio de gallegos en general… y, sin duda, para tranquilidad de todos los que denostamos esta especie de subcultura dominante, esta civilización del espectáculo -don Mario Vargas Llosa, dixit-; esta circunstancia histórica y social, preñada de superficialidad, moderada -todavía en muchas esferas- por charlatanes impenitentes, cuando no por los viejunos en que –irreparabile– se hubieron de acabar transmutando bastantes de aquellos niñitos de bien que, hace poco menos de cincuenta años, se divirtieron jugando a ser revolucionarios… y que -cierto es, junto a indiscutibles intuiciones y algunas propuestas que, sin duda, habrán de quedar incorporadas para siempre al discurrir de la historia de la humanidad- tantas otras monsergas y confusiones, tanta puxarra, de mucha espina, poca carne y menos sustancia, hubieron de arrimar al ascua de una cultura, cual si fueran sardinines fresquines de la rula de Candás

¡Ay, medios, medios!… ¡Qué cosas hacéis con tal de sobrevivir! ¡Cómo aparcáis convicciones, valores, profesionalidad! ¡Qué manera más infantil y preocupante de proponer la nueva ética, regrediendo en vuestro quehacer -de manera implícita, of course– al más elemental de los niveles que Lawrence Kolhberg tipificara es su estudio del desarrollo del razonamiento moral; es decir, al nivel pre-convencional!… Lo bueno es obedecer, para evitar el castigo -estadio uno-; y ello, desde la más simple orientación instrumental y relativista del estadio dos que no es capaz de ir más allá del “me va bien así… esto es lo que más a mí me conviene”.

Para los medios de comunicación que temen la caída al vacío de un mercado sin clientes o el naufragio en el océano cibernético para el que el modelo de negocio tradicional ya no es capaz de ofrecer armas con que competir, porque está agotado y no puede dar más de sí, el clavo ardiendo del sensacionalismo y el poste en alta mar del jijí-jajá, y del entretenimiento más cutre -y si es catastrófico, como el de la nieve; o morboso, como aquel al que me estoy refiriendo, acaecido en la ría de Villagarcía, “que es puerto de mar”…, entonces, mejor: una jovencita violada, estrangulada, tirada a un pozo… por parte de un “vecino de aquí al lado…”-; digo que esas soluciones de pan para hoy y hambre para mañana, a costa de degradar un tantín más la moralidad pública, son el panem nostrum quotidianum en medios de comunicación que, hasta hace nada, no sólo pasaban por serios, críticos y rigurosos…, sino que, a las veces, eran los encargados de extender patente de bienpensancia y progresismo del fetén…

No quiero ser injusto, ni medir por el mismo rasero a todos: gracias a Dios, hay también bastantes medios de comunicación que siguen queriendo ejercer su cometido con profesionalidad y de manera seria, rigurosa y objetiva. Dicho sea esto, sin perjuicio de anotar cómo -incluso estas cabeceras, estas emisoras, estas televisiones- a veces, para no perder comba ni share, no tienen, al parecer, más alternativa que acomodarse, contemporizando y atendiendo a una demanda, que solicita la imprescindible ración diaria, el ordinario chusco de panem et circenses sin los cuales éstos parecen no poder pasar; ni aquellos seguir compitiendo en el mercado.

Al menos, digamos en su favor, que para estos lo bueno y lo malo ya no viene a quedar definido en los estrechos parámetros de los estadios primero y segundo kolhbergianos; y que, en el caso que nos ocupa, vendría a quedar formulado, sobre poco más o menos, de la manera siguiente: Bueno es lo que la gente demanda, lo que se vende bien, lo que obtiene elevada cuota de pantalla, lo que consigue retornos -cuanto más altos, mejor- en el corto plazoA sensu contrario, es malo lo que -aunque sea de excelente calidad técnica, de primoroso nivel cultural, de indiscutible valor político y social- no resulta apreciado por la masa de quienes deciden si lo compran  -lo leen, lo ven, lo escuchan…- o si, más bien, optan por algo menos sofisticado, al apagado grito de: “¡Qué coñazo!… ¡ya tengo bastante en qué pensar como para andar dándole vueltas a la cabeza!… ¡dejadme tranquilo, que quiero distraerme!… ¡no me comáis el coco ni me programéis esas cosas, que me entra el muermo!…!”

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Arranca un nuevo año … y con él, lo de siempre: esa mezcolanza de sentimientos de ignavia y perezosos; junto a expectativas estimulantes, que nos animan y empujan a saltar del avión con el paracaídas bien armado; a espabilarnos e ir abriendo senda por las trochas de enero, con la agenda en blanco, la sonrisa bien dibujada, las ilusiones renovadas y el listado de los buenos propósitos a buen recaudo en el morral de los tudús -que dicen ahora los cursis. Eso sí, con un escenario que, no por reiterado, deja de sorprendernos una vez más.

Es como si un duendecillo maligno fungiera de tramoyista y en un suspiro, en un santiamén, cambiara el decorado y nos empujara al nuevo teatro del Tiempo Ordinario… A unas escenas para la que todavía no habíamos ensayado, de las que no hemos aún memorizado el texto de los diálogos, porque todavía están por escribir… Unas escenas en las que, sin embargo, no nos queda más remedio que tomar parte, sin ni siquiera poder pensar en que un apuntador bondadoso y omnisciente nos vaya a socorrer, porque, como dijo mi paisano el conde Latores, en fecha memorable: “ni está ni se le espera”.

¿Queremos ejemplos de esta mutación?  Consideremos lo siguiente:  Las luces de colores -éstas sí que, al menos en Madrid, muchas de ellas, cursis, ramplonas, chabacanas, sin sustancia… todavía colgadas en los soportes de lado a lado de las calles- ya no se volverán a encender hasta el mes de diciembre próximo. El Corte Inglés, de la noche a la mañana, renueva las fachadas y -visto y no visto- aparece cubierto de enormes cartelones de color rojo, anunciando rebajas… Pero, ¿dónde voy?… Incluso antes de salir de casa, la escena vuelve -como las oscuras golondrinas al balcón de la novia de don Gustavo Adolfo-, esta vez en la proteica versión de la báscula de baño o de las tallas de la ropa que -¡ay!- nos lo confirman: tenemos -digámoslo por lo suave- sobrepeso; cargaremos una temporadina con un lastre que, a modo de penitencia, tuvo causa en el pecado que supusieron aquellas demasías gastronómicas y etílicas con que nos solazábamos las pasadas semanas…

No tengo que ir muy lejos. Hablo por mí mismo en Riosa y en Mires…  y cito: “¡Come un poco más d’ esti llechazu de Castiella, fíu, que tá de viciu!”…” ¡Garra otra casadiella, ho, que son feches de casa!”… “¿Quiés utru culín de sidra? ¡Ye de la de Trabanco, que tanto te gusta!”…  “¿Échote un cacharru?”… “¡Espera, que vas probar esti güisqui que me truxeron d’ Escocia…!”… und so fort!  Y, claro, luego quexámosnos… No nos ha de quedar otra… igual que siempre: dieta hipocalórica durante unas semanas, algo de ejercicio y, sobre todo, paciencia, mucha paciencia…

¡Ah!, y nada de proponerse enmienda, que esto, a Dios gracias sean dadas, no la tiene… Pasa como con aquello otro -que rima en consonante con “enmienda” y que no me da la gana de escribir; pero que tú, lector amable, de sobra conoces-, que tampoco la tiene ni la habrá de tenerla mientras la gente siga siendo gente… De modo que arrepentimiento a toro pasado, sí; algo de intento -para otra vez– de vencimiento propio y cierto orden en las querencias y los afectos, también… Pero, ya digo, propósito firme de rectificación absoluta resulta poco menos que imposible a la humana determinación… salvo concurso de la divina Gracia -a la que invoco-… o gravísimo susto médico -¡lagarto, lagarto! ¡Fusssssh!- que ni quiero para mí, ni para nadie deseo, compañero.

Todo eso lo conocemos. Es sabido. Ninguno se sorprende. Pasa siempre… Pero si hay algo verdaderamente propio de estos primeros acordes del año, arrancados a puro pulso de la partitura con que enero nos sorprende indefectiblemente -incluso más que las cantarinas notas que Johann Strauss plasmara en la de la marcha Radetzky y que los vieneses nos recuerdan con el Concierto de Año Nuevo, mientras zapeamos, somnolientos, medio resacosos y abotagados,  para ver los saltos de Garmisch-Partenkirchen-; digo que si hay algo con lo que inevitablemente tenemos que contar -¡y contamos, ya lo creo!- es con las inexcusables dificultades económicas, a resultas de los extraordinarios gastos navideños.

Botones de muestra: los langostinos, que, aunque sean congelados -¡ay, Pescanova!-, están por las nubes… que si el besugo, incluso el de criadero -¿a cómo estará el salvaje?-, que no te baja de los 20 euros el kilo… eso, tirando por lo bajo…  Suma y sigue: el cordero etiquetado con el bonito reclamo de la Tierra de Sabor; el capón de Villalba -pueblo de don Manuel Fraga, q.e.p.d., y de Su Eminencia Reverendísima don Antonio María Rouco Varela- con sus buenos cuatro kilos… Y luego, que si los turrones de Jijona; que si la sidra espumosa -siempre asturiana, ¿eh? Igual que la natural: El gaitero, Norniella, Zarrazina…-; que si los polvorones de Estepa o los mazapanes de Toledo…  Lo dicho, nene: ¡suma y sigue y veremos quién va a pagar -y cuándo-  la cuenta de la fiestona!

¡Qué sabio el pueblo soberano! ¡Qué listo el personal a la hora de buscar símiles, bien ajustados, para reflejar la circunstancia! ¡Ay, qué rampa más empinada y qué camino tan largo! ¡Menudo Angliru tenemos que coronar! ¡Ya estamos en enero! ¡Subamos la cuesta, hermanos!

Pero hete aquí que el tornillo -como en el garrote vil– aún tiene que dar unas cuantas vueltas más a la tuerca: Si éramos pocos con la cuenta tiritando, ahora tiene la abuela el desliz y no se sabe qué verdugo -¿o sí se sabe?- gira la manivela y nos aprieta un poco más el alzacuellos de metal  que nos mantiene fijados al poste y que ya está a punto de estrujarnos  la nuez… O dicho sin lirismos ni metáforas: por arte de birlibirloque, van y se inflan los precios de muchos productos y servicios. Inflación, inflación; de inflar… No /inflacción/, como dicen los ignaros que hablan por las televisiones y tertuliean por las /arradios/, sobre todo si están picados de pedantismo y acumulan cierta dosis de semi ilustración barata…

Pero no nos divirtamos, que escribía la Santa de Ávila… cuando, como es mi caso, se salía del camino llano en el discurrir.

Por eso, lo dicho: suben de manera generalizada los precios, que en eso consiste la inflación. Y lo hacen, comme il faut, de consuno, todos juntos en unión  Suben a la vez los precios de la electricidad y del gas -y ello, al margen de que el crudo haya subido, haya bajado o se haya quedado quieto, e independientemente de que el gaspadín Putin venda más barato el gas siberiano-; suben también las comisiones que nos vayan a cobrar los bancos. Se incrementa también -¡cómo no!- el precio de la telefonía, el de los seguros médicos… hasta la cuota mensual de El Santo Entierro… Es como si se hubieran puesto de acuerdo todos; o cual si alguien hubiera sabido dar con la tecla adecuada para mover los resortes del tinglado económico y hubiera sido capaz de dirigir las ciegas fuerzas del mercado

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Ciegas… ¿o no tan ciegas? Porque, ¿en qué quedamos?…  Si la oferta y la demanda funcionaran cada una por su cuenta, los precios se irían ajustando de manera propia y concreta, en función de los diversos contextos, dependiendo de los distintos sectores, al paso de las coyunturas y circunstancias particulares… Pero no: la cosa parece discurrir por cauces bien distintos a los que la teoría, de manera heurística, enseña en los manuales de Economía. Los mercados teóricos son eso: mercados teóricos. No existen, no existieron, ni existirán  nunca. Se trata de modelos, de esquemas, de aproximaciones simples  -“supongamos que si tal y cual cosa… y, además, caeteris paribus… entonces, esto y lo otro”- para tratar de entender el mecanismo básico de realidades tan extremadamente complejas como aquellas con las que tiene que lidiar la Economía Científica

¡Qué le voy a hacer ! A mí me convencía más aquella otra denominación -más bonita y ajustada, a mi entender-, con la que se conocía a la disciplina in illo tempore…  Por lo menos, antes de la epidemia del sarampión comtiano-positivista datado a finales del  siglo XIX y del que tantos aún convalecen por ciertas cátedras y por más journals pretenciosos de los que serían menester.  ¡Qué quiere que le diga!… A mí me gusta más hablar de Economía Política, aunque menos pretencioso que Economía Científica -o, tal vez, precisamente por ello-,  porque, según yo lo veo, la Economía como ciencia humana y social que es, tiene necesariamente que caminar por vías distintas a las de las ciencias naturales -Física, Biología Química… ¡vamos las ciencias duras de toda la vida, las ciencias ut sic, las verdaderas Wissenschaften!

Las Ciencias de la Naturaleza estudian fenómenos físicos y buscan averiguar -para experimentar, predecir y controlar- lo que los producen, es decir: sus causas. Por el contrario, la Economía se las tiene que ver con algo similar, pero distinto. Ahora ya no se trata de una relación causal y determinista, sino más bien de la acción humana, libre y consciente, que se mueve por fines y que no viene exclusiva ni férreamente determinada por causas, sino más bien orientada desde determinados motivos.

Las causas -por decirlo en un titular- mueven desde atrás, empujando. Los motivos nos arrastran hacia adelante, atrayendo… (Algún día habré de explayarme un tanto en estas intuiciones que en este momento -y para no divertirme otra vez, en el sentido teresiano- no hago sino enunciar a efectos de que quien lea, vea si le sugieren alguna reflexión particular).

La Economía, como ciencia humana y social, en su núcleo ontológico más esencial, se aplica al estudio de aquella actividad humana mediante la que buscamos la obtención y el uso de los medios necesarios para la satisfacción de nuestras necesidades. Y ello, en términos generales, orientado desde la, en otros tiempos, conocida como ley del mínimo medio; o sea, la manera de conseguir la máxima satisfacción con el menor esfuerzo posible.

Lo que la Economía busca es comprender cómo funcionan las cosas en los dominios de la actividad económica. Sabe de sobra que no le queda otra que ser humilde en sus pretensiones epistemológicas. La libertad humana, la libre determinación de la voluntad -la economía práctica lo sabe y la Economía como saber sistematizado cuenta con ello- está siempre presente, es imprevisible y puede sorprender al más pintado y echar a rodar cualquier previsión respecto a cualquier magnitud, ya sea macro, ya micro económica.  En Economía, como en otras parcelas de los saberes sobre la acción y la interacción humana, los hechos son impredecibles. Todo lo más que cabe, es comprenderlos, interpretarlos y explicarlos, una vez hubieron tenido lugar. El chascarrillo que se atribuye al quehacer de la ciencia económica tiene mucho de verdad al afirmar que los economistas son aquellos expertos en justificar por qué no ocurrieron las cosas de acuerdo a las previsiones que habían hecho antes, ellos mismos u otros economistas…

Y además, los mercados reales, como diría el otro, son otra guerra… están en otra página. No hay competencia perfecta, ni información absoluta a coste cero. Tampoco resulta automático el entrar o salir a voluntad, sin barrera alguna ni mayores esfuerzos… Por lo demás, hay oligopolios de facto… La simetría de poder entre los agentes hace que las condiciones disten en exceso de las que postula la academia… La globalización, las leyes, de todo tipo, que embridan  -o eso dicen pretender- las fuerzas económicas; las tensiones regionales, las jugadas que se instrumentan en el tablero de la geoestrategia mundial, los Presupuestos Generales de los Estados -donde se mezcla lo político con  lo económico, el partidismo con las exigencias de las autoridades “exteriores“-… condicionan la vida de las empresas, construyen o  destruyen condiciones de posibilidad para que se cree empleo, para que crezca -o disminuya- la productividad y la competitividad nacional… Y todo ello -al menos para la mainstream, teórico-práctica, feliciter regnantead maiorem gloriam del Producto Interior Bruto.

Esa es otra, que abre cuestiones filosóficas, de no fácil respuesta; pero que resultan inesquivables, si se sigue pretendiendo que,  agotado ya el carbón,  la energía que haya de seguir moviendo la máquina de vapor que constituye el tren de la economía mundial, se tenga de producir a partir de la madera de los vagones que nos suministra una, ya demasiado esquilmada y herida -contaminación, ¿calentamiento?, pérdida de recursos no renovables, superpoblación, hacinamiento en megalópolis…- Madre Tierra,  como la ONU la denomina desde -creo- 2009.

¿Hasta cuándo habrá que seguir pensando -y midiendo- el desarrollo económico en función de lo que mide el PIB? ¿No hay otras aproximaciones mejores? Hay quienes quieren volver a repensar a fondo  la razón profunda de ser de lo económico en el plano antropológico, apuntando hacia el horizonte del Bien Común de la humanidad en su conjunto. Se van levantando voces alternativas que buscan aprovechar grietas, que no desisten del experimentalismo, de mover lo dado hacia lo deseable… a la luz del Destino Universal de unos Bienes que nosotros no hemos creado y sobre los que no tenemos título de propiedad en exclusiva, sino más bien, encargo de custodiar con sabiduría y administrar con prudencia

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Estas consideraciones nos acabarán emplazando mucho más allá, incluso, de los planteamientos éticos. Cabría decir, a tenor del calado de las preguntas que emergen de estas inquietudes, que estaríamos a pique de entrar en el metafísico sancta sanctorum de la Ontología de la actividad económica… para aplicar un método más acorde a lo que el objeto pide… y que, de nuevo, habrá que reenfocar… Crear riqueza, sí; pero ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿a qué costa?, ¿para quién?… ¿Crecer?, en principio, también -aunque ya son muchas las voces que piden, o bien plantarse en lo que hay y repartir… o, incluso, hay propuestas razonablemente bien trabadas que sugieren decrecer-…  Si no queremos ser tan radicales, concedamos como deseable crecer… Pero, ¿de qué manera? -nótese que las células cancerígenas también lo hacen-… ¿Crecer?… ¡Vale, bien, de acuerdo!, pero ¿con qué fin?, ¿hacia qué telos?… ¿Crecer en cantidad y extensión; o más bien, en calidad y de forma intensa?… Dejemos estas intuiciones para otra ocasión -que, como dicen por la pampas, bien amerita la cosa un artículo entero- y volvamos a coger el hilo de nuestras reflexiones, para ir cerrando esta primera contribución del año 2018.

Como veíamos, los mercados reales funcionan -más o menos… pero casi siempre menos que más-, según el esquema elegante que los libros de texto ofrecen a los estudiosos y la teoría nos propone. Con todo, aquellas características, aquellas leyes y regularidades invariables -las curvas de oferta y demanda, el  punto de Cournot, las isocuantas, la Frontera de Posibilidades de Producción, la ley de los rendimientos decrecientes…  y demás familia-, sin duda, hay que conocerlas. Se tienen que estudiar, se deben internalizar como herramienta que capacitará, en su momento, para andar con cierto aplomo por las trochas del Análisis Económico. Son la escalera para subir al plano que nos permita otear el panorama desde una perspectiva adecuada… Estas aproximaciones tienen sentido para alimentar a economistas en ciernes, a los que –igual que san Pablo hiciera con sus parroquianos de Corinto-, aún no se les debiera dar dieta sólida -mucho menos, picante y especiada- sino, más bien, leche y papillas.

Es decir, los clean models de aquella heurística, sí: sirven para ir haciendo boca. Valen para estudiantes de Grado; para ejecutivos de multinacionales; para profesionales de otras áreas del saber; y, sin duda, para gente aficionada a leer la prensa económica con inteligencia y no sin criterio.

Pertrechados con aquellas herramientas, podremos empezar a captar el busilis de la dimensión económica de la vida humana en sociedad. Pero nunca debiéramos olvidar que los modelos no agotan, ni de lejos, la realidad que pretenden comprender. La reducen… Como indicábamos más arriba, forman supuestos, con mayor o menor fundamento in re -de nuevo el: “esto es como si…”-; pero que no dejan de ser meras aproximaciones que deben ser contrastadas con las observaciones posteriores. A partir de ellas, cabría intentar algún tipo de ajuste fino… pero, de nuevo, asumiendo que volveremos a sorprendernos cuando aparezcan fenómenos con los que no contábamos.

¿Quiere esto decir que no hay conocimientos ciertos, regularidades invariables, leyes en Economía? ¡En absoluto! Hay muchas cosas que está muy claras. Acabamos de enumerar algunas de las más básicas; y sabemos -¡qué duda cabe!- mucho más de lo que sabíamos hace cincuenta o cien años acerca de la dinámica económica. En este sentido, hay que reconocer que los economistas han sido capaces de ir construyendo -en paciente labor gremial- un corpus de conocimientos bastante sólidos; y han demostrado saber manejar con solvencia las herramientas matemáticas y estadísticas que, sin  duda, ayudan a una mejor intelección de los hechos económicos.

Pero de ahí a pensar que nuestras aproximaciones a la dimensión económica de la vida humana son rigurosas, exactas, verdaderas… hay un mundo. Nuestro saber, a este respecto, tiene la exactitud que pueden tener: ni más ni menos. Ahora bien, como ya sabemos desde los tiempos de Aristóteles que es propio del hombre sabio y sensato saber discriminar la precisión que cabe buscar en los distintos razonamientos, nos deberemos conformar con no pedirle al olmo del saber acerca de lo económico, las peras que aquél nunca podrá ofrecernos; y que, en cambio, sí nos cabe esperar de -pongamos por caso- las Matemáticas o la Lógica.

Por consiguiente, hagamos supuestos: todos los que queramos… pero no nos olvidemos luego de que son eso: supuestos y nada más que supuestos. Por ejemplo, si decimos que “para entender cómo funciona la gente en las relaciones económicas, supongamos que cada uno de los agentes busca su interés en exclusiva, juega a corto plazo, quiere siempre más y, si puede, engaña al vecino…”. De acuerdo, aceptemos esas condiciones… como podríamos haber escogido otras… pero recordemos siempre que se trata de hipótesis de trabajo, de meros puntos de partida, de una descarada caricatura de la realidad… No acabemos haciéndonos trampas -como en el juego del Solitario- y, en una suerte de paranoia esquizoide vengamos a tomar por cierto y real lo que no es más que una versión esquemática y simplista de una dimensión social compleja donde las haya.

Lo malo de tomar por válidos aquellos patrones no es tanto el hecho de que estemos errados en lo teórico. Es, sobre todo, el dato cierto de que, muy frecuentemente, de aquellas inexactas, incompletas, parciales, deficientes … -en  suma, malas– teorías, suelen derivarse prácticas aún peores… El profesor Goshal nos lo tiene dicho hace unos años, refiriéndose al impacto que esas teorías tienen luego en el momento de que toman decisiones empresariales quienes las asumieron de forma acrítica cuando estudiaban… Y, por elevación, habría que generalizar y decir que, un simplismo en el análisis, no se queda ahí. Crece y daña todo lo que puede, máxime si a ello se suma la prepotencia adanista del aficionadillo iluminado de turno.

Otro día escribiré respecto al consumo y su dimensión cultural. Porque eso de comprar y consumir cosas que no necesitamos -peor aún, cuando lo hacemos con dinero que no tenemos-, para , a fin de cuentas, reconocer que, con ello, no somos más felices… y que esa especie retail therapy no cura nuestra desazón ni llena un vacío que, muy seguramente, apunta más allá de lo económico.

¡Mira si tenemos tela que cortar en el año que comienza!

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