La cultura del encuentro

Por Julio Martínez SJ, Rector de la Universidad Pontificia Comillas

(Julio Martínez acaba de publicar en Sal Terrae un nuevo libro: La cultura del encuentro. Sobre el mismo tema, reproducimos aquí un breve extracto de su último artículo en la revista Razón y Fe, (Re)pensando Europa desde la cultura del encuentro).

“La cultura del encuentro”: puentes, no muros o trincheras

De esa expresión “cultura del encuentro” hay que concederle la “patente” al papa Francisco, al menos con el significado que aquí le quiero dar. El sustantivo “cultura” posee un sentido no elitista sino antropológico. Ese que hace cincuenta años capturó en Populorum progressio en el término “civilización”, relacionándolo con los “verdaderos valores”, las “razones de vivir”, el “alma” y aplicando lo que el Señor dice a las personas en Mt 16,26, a los pueblos: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”. Y es que “cuando el Papa habla de cultura, habla del alma de un pueblo”.

A la vera de la cultura del encuentro crecen términos como projimidad, comunión, solidaridad, amistad, diálogo, discernimiento, construcción, integración, inclusión, y otros afines; o metáforas como la de los “puentes” frente a los “muros” o las “trincheras”. Todos dentro del principio hermenéutico de la misericordia de Dios, que lo sostiene y recorre todo, y del ser imágenes de Dios e hijos suyos.

[ctt template=”3″ link=”51dG9″ via=”yes” ]A la vera de la cultura del encuentro crecen términos como projimidad, comunión, solidaridad, amistad, diálogo, discernimiento, construcción, integración, inclusión…[/ctt]

Ante lo que Francisco ha ido describiendo como “orfandad”, “naufragio”, “desintegración” o “fragmentación” de la posmodernidad, paradójicamente tecnocrática, su propuesta es “cultura del encuentro” con:

  • El realismo encarnado: escapemos de las realidades virtuales y del culto a la apariencia. Los hombres y mujeres de carne y hueso, con una pertenencia cultural e histórica, la complejidad de lo humano con sus tensiones y limitaciones han de ser el centro de nuestros cometidos. Nunca dejemos de inspirarnos en los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados para estimularnos y comprometernos a trabajar, estudiar, investigar y crear.
  • El valor de la memoria, potencia unitiva e integradora, se vuelve llamada a ir a las raíces, para no cometer los errores del pasado y, sobre todo, para apostar por los logros que nos ayudaron a superar las encrucijadas históricas. La memoria de un pueblo es parte esencial de su cultura, de ahí que no sea “mero registro de la historia” sino potencia integradora de ella y que abra a nuevos espacios de esperanza para seguir caminando.
  • El universalismo integrador a través del respeto a las diferencias: nos incorporamos en armonía, sin renunciar a lo propio y lo nuestro, en un horizonte de universalidad que nos supera. El cristianismo es concreto siendo universal, es de “universalidad concreta”, esto es, no abstracto ni desencarnado porque la Iglesia, como la naturaleza humana, siendo universales, no pueden dejar de ser locales y situadas. Y el universalismo no se puede entender desde la homogeneidad, sino que necesita entenderse desde el encuentro y la comunión. Como enseña el relato del buen samaritano, la ética salta barreras étnicas y nacionales, pero no se olvida del cuidado concreto de la persona que está en necesidad.
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[ctt template=”3″ link=”4ctYy” via=”yes” ]El universalismo cristiano no se puede entender desde la homogeneidad, sino que necesita entenderse desde el encuentro y la comunión[/ctt]

  • Y esto no puede hacerse por vía del consenso que nivela hacia abajo, sino por el camino del diálogo, de la confrontación de ideas y del ejercicio de la autoridad que mire al bien común y no a los intereses particulares. El diálogo serio, conducente, no meramente formal o distractivo es la vía más humana de comunicación. Es el intercambio que destruye prejuicios y construye, en función de la búsqueda común y el proyecto compartido. De ahí la urgencia por abrir espacios de encuentro: lugares de consulta y creativa participación en todos los ámbitos de la vida social.
  • Desde los refugios culturales a la trascendencia que funda: se necesita una antropología que no busque retornos a refugios culturales, ni obsesión con determinados temas morales, por importantes que sean, sino cultura de arraigo y unidad en el respeto a la diversidad, y apertura a la vivencia religiosa comprometida, personal y social: Lo religioso es una fuerza creativa al interior de la vida de la humanidad, de su historia, y dinamizadora de cada existencia que se abre a dicha experiencia. En nombre de una imposible neutralidad del espacio público se pide silenciar y amputar una dimensión que lejos de ser perniciosa, puede aportar mucho a la formación de los corazones y a la convivencia social.[ctt template=”3″ link=”fMa1a” via=”yes” ] Se necesita una antropología que no busque retornos a refugios, sino cultura de arraigo y unidad en el respeto a la diversidad, y apertura a la vivencia religiosa comprometida, personal y social[/ctt]

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