Por Ignacio Núñez de Castro, SJ. Catedrático emérito de Bioquímica y Biología Molecular. Universidad de Málaga

“Porque eterna es su misericordia” es el estribillo que, a manera de mantra, se repite en todos los versículos del Salmo 137 (136). En él se nos narra la historia de la misericordia del Dios que actúa en la vida de su pueblo, Israel. Me impresiona que una serie importante de los versículos de este Salmo estén dedicados a proclamar la acción de Dios en la Creación, como la gran obra donde resplandece su misericordia. Allá se nos dice que “Hizo el cielo con maestría y forjó la tierra sobre las aguas, porque es eterna su misericordia”. “Hizo las grandes lumbreras: el sol que gobierna el día y la luna gobernadora de la noche, porque es eterna su misericordia”. Todas las grandes obras de Dios “están cargadas de un profundo valor salvífico” (Misericordiae Vultus, MV, 7). Teilhard de Chardin vio muy claramente esta íntima unión entre el misterio de la creación y el misterio de la redención, como expresión de la misericordia divina: “No hay Creación sin inmersión encarnadora. No hay Encarnación sin compensación redentora. En una Metafísica de la unión, los tres misterios fundamentales del cristianismo aparecen como las tres caras de un único misterio de misterios” (Comment je vois).

Doble hélice deADN

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Por ello resulta que tiene un gran sentido que la Bula del papa Francisco, (MV), convocando el jubileo extraordinario de la Misericordia (11 de Abril de 2015) haya precedido en poco tiempo a la publicación de su Encíclica Laudato si’ (LS) sobre el cuidado de la casa común, porque también, como nos dice San Pablo: “Sabemos que hasta hoy toda creación está gimiendo y sufre dolores de parto” (Rm 8, 22). San Pablo utiliza la palabra griega ktísis, creación, término técnico para indicar todo lo que ha salido de la nada, vivificado por el Espíritu. ¿Y por qué gime hoy nuestra creación, todo aquello que en el principio vio  Dios que era bueno? La respuesta obvia es aquella  que sencillamente nos dice que toda la creación, entregada al hombre (Gn 1, 28),  -al que Dios ha sometido todo bajo sus pies (Sal 8, 6)-, está contaminada por el pecado y también necesita de la acción redentora de Cristo. Ya el Papa san Juan Pablo II nos alertaba que “el dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateralmente y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia” (Dives in misericordia, 2).

Efectivamente, el dominio del hombre sobre la creación parece proclamar un «antigénesis» y ya todo “no es bueno”. Aquellos elementos constitutivos primordiales, aire, agua, tierra y fuego a los que la humanidad  se ha referido durante tanto tiempo, desde Empédocles hasta la química moderna, están transidos del pecado del hombre y necesitan también la misericordia y la redención. El aire ha perdido su limpieza y su frescura por la contaminación química y radioactiva; el agua,  a la que Francisco de Asís llamó “humilde, preciosa y casta”, ha perdido su pureza y está envenenada por metales pesados, agrotóxicos y xenobióticos; la madre tierra está siendo esquilmada y se nos queda pequeña; finalmente el fuego se escapa de las manos del hombre. El fuego es devastador a veces, pensemos en los incendios forestales; por otra parte, el combustible fósil es limitado.

El papa Francisco en el primer capítulo de la Encíclica, Laudato si’, habla claramente de todo lo que está pasando en nuestra casa y nos llama la atención: “Si la actual tendencia continúa, este siglo podrá ser testigo de cambios climáticos inauditos y de una destrucción sin precedentes de los ecosistemas, con graves consecuencias para todos nosotros” (LS, 24). “Porque todas las criaturas estamos conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos de otros” (LS, 42). Francisco nos anima a ver la creación como obra de la ternura del Padre. “Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, Él lo rodea con cariño. (…) por eso de las obras creadas se asciende «hasta su misericordia amorosa»” (LS, 77).  Dios ama a todos los seres y a todos los perdona porque son suyos (Sab 11, 25-26) y reprende a Jonás  irritado, porque perdió la sombra del ricino que no había cultivado, mientras Él se apiadaba de tantos hombres y de muchísimo ganado (Jon 4, 10-11).

Nuestro mundo es vulnerable y frágil, tan frágil como el ser humano a quien Dios le confía su custodia, mundo herido por nuestro pecado, pero “salvado en esperanza” (Rm 8, 24). Esa gran misericordia de Dios para con nosotros, debe despertar en nuestro interior los mismos sentimientos de Cristo Jesús y se deben conmover nuestras entrañas de misericordia ante un mundo gravemente herido. Una vez más el papa Francisco ha despertado nuestra sensibilidad. Personalmente, puedo decir que hace tiempo que me duelen el aire, el agua, la tierra y el fuego. ¡Ojalá! La calidez de las palabras de Francisco nos hiciera pasar del dolor de la visión del mundo roto, -la pasión ecologista- a la compasión cristiana de un universo que necesita sanación y nos comprometiera a una acción sincera y eficaz en el cuidado de la casa común.


Este artículo apareció inicialmente en el número de diciembre de 2015 de la revista “Razón y fe“, a quien agradecemos las facilidades para republicarlo aquí.