La “cuestión social” en la actualidad

El término “cuestión social” se hizo popular en el último tercio del siglo XIX. El personaje del sereno, que aparece en la zarzuela la Verbena de La Paloma, después de referirse a “los consumos” y al ahorro de farolas del Ayuntamiento, exclama: “Y luego habla el gobierno de la cuestión social”. El término designa el conjunto de retos sociales derivados de la transición del “Antiguo Régimen” al “Régimen Moderno”. Al desvanecerse la Monarquía absoluta y el régimen feudal, se había creado un vacío que generaba tensiones y conflictos, que ponían en peligro la estabilidad social.

Las posibilidades de supervivencia, garantizadas de un modo u otro por los dueños de la tierra (nobleza y clero fundamentalmente) y la pervivencia de bienes comunales, desaparecen en buena medida con el proceso desamortizador. Las instituciones, polarizadas en torno al poder de la Corona y de la Iglesia, se tambalean ante los cambios democráticos y los avances científicos. Todo ello afecta a la convivencia social, donde tradiciones familiares y costumbres sociales, que hasta entonces se consideraban casi inmutables, son cuestionadas.

Trastocada la sociedad civil, y buena parte de sus bienes comunales; así como las instituciones políticas, es necesario cimentar unas nuevas bases sociales. Hay que facilitar la extensión de los intercambios mercantiles y contrarrestar presiones proteccionistas. Crear nuevas instituciones político-administrativas que sustituyan el entramado en torno a la Corona por un sistema democrático, estableciendo una monarquía parlamentaria y una legislación que sustituya a las antiguas leyes. Y lo que resulta todavía más complejo, pero inevitable, afrontar cambios en las relaciones familiares y los ámbitos de socialización personal que, hasta entonces, estaban estrechamente vinculados a tradiciones religiosas y costumbres sociales propias del poder social que tenía la Iglesia y la nobleza.

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Ese proceso, con distintas características, se desata en toda Europa, y provoca una creciente conflictividad social. Desde entonces ha transcurrido alrededor de un siglo. En ese devenir se han consolidado los Estados nacionales, se han asentado los sistemas democráticos y se ha alcanzado un nivel de bienestar y estabilidad social desconocido en Europa desde hace siglos. La “cuestión social” parece en ese sentido superada. El descontento y los conflictos que ahora se manifiestan no parece, de momento, que puedan alterar esos logros y generar una inestabilidad y vacío social análogo al que se produjo en la citada transición del “antiguo” al “nuevo” régimen.

No conviene olvidar, en todo caso, que en este último siglo largo, ha habido en Europa dos guerras de alcance mundial; una proliferación de dictaduras, que alcanzó a prácticamente todos los países europeos en el periodo de entreguerras; guerras civiles como la española y las más recientes en la zona de los Balcanes; la colonización de África y algunos otros lugares, transmutada ahora en rechazo a los que viene de esas zonas; y una desmembración de los lazos familiares y sociales tradicionales, que ha generado importantes desgarros y traumas personales.

Los problemas actuales tienen un carácter diferente a los que se designaban bajo el rótulo de la “cuestión social”. El régimen feudal y de monarquía absoluta quedó ya superado. El interrogante es si la respuesta que se dio a la “cuestión social” tuvo deficiencias que reaparecen en alguno de los problemas a los que nos enfrentamos actualmente. Personajes que vivieron esa transición del “antiguo” al “nuevo régimen”, señalaron la importancia de que los mercados fuesen competitivos, regulándolos adecuadamente y evitando un intervencionismo estatal que distorsionase su funcionamiento. Igualmente era fundamental que el Estado garantizase los intereses colectivos, con un marco jurídico que fuese justo y eficaz. Y por encima de todo, que se fortaleciese una sociedad civil capaz de afirmar valores y espacios comunitarios.

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Era necesario, por tanto, acabar con la confusión que se daba en el antiguo régimen entre sociedad civil y Estado, y deslindar el papel del Estado del que correspondía a los mercados en expansión. Había que superar el respeto ciego a la autoridad y la tradición que debilitaba a la sociedad al crear individuos pasivos. Se requería un renacimiento espiritual para evitar que la libertad se tradujese en una lucha excluyente.
Las respuestas que se dan acaban, sin embargo, conduciendo a la polarización entre Estado y mercado, en detrimento de la sociedad civil. Se debilita el sentido social. Se impone una concepción individualista, que provoca una reacción de signo colectivista. Se espera que el Estado satisfaga todo lo que no se logre alcanzar de forma espontánea.
Esta idea de que el Gobierno puede y debe resolver cualquier asunto que vaya más allá de la lucha por la supervivencia, pervive y se acentúa en nuestras sociedades. La sociedad civil se debilita en la misma medida que se incrementa el poder del Estado. Al mismo tiempo se extiende la mercantilización de la vida social y la concentración en los mercados.

Estamos asistiendo a un crecimiento de las quejas y el descontento social, que requiere soluciones al Estado y rechaza el mercado. También surgen iniciativas sociales que tratan de recuperar espacios comunes y valores compartidos (sociedad civil). No hay, sin embargo, proporcionalidad ni conexión entre las iniciativas sociales, las demandas que se hacen al Estado y la actuación en los mercados.

Las exigencias al Estado y la impugnación del funcionamiento de los mercados, no responden en numerosos casos al grado de responsabilidad social que se requiere para que esas demandas sean efectivas. Se corre el riesgo de que el resultado que se logre sea el contrario al deseado. Que en vez de un avance social se refuerce el autoritarismo estatal y el poder de las grandes corporaciones. Y ya hemos visto a lo largo de la historia las consecuencias que suele traer el constatar el incumplimiento de unas expectativas que no tienen suficiente base y apoyo.

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Evitar deslizarnos por esa pendiente requiere una creciente responsabilidad personal que fortalezca la Sociedad Civil. Que el Estado asuma sus obligaciones pero no sustituya ni manipule la Sociedad Civil. Y que los mercados sean más eficientes, reduciendo su concentración al introducir mayor competencia.

Cada una de esas esferas sociales tiene un papel que cumplir. Tratar de eliminar alguna o que cualquiera de ellas asuma tareas que no le son propias, son errores que tienen graves consecuencias. La clave principal reside en el enriquecimiento espiritual y moral, que se desarrolla, fundamentalmente, en el entorno social en el que cotidianamente nos movemos (Sociedad Civil). Pero si simultáneamente no perfeccionamos las estructuras jurídico-administrativas (Estado) y el funcionamiento de la economía (Mercado), nos estaremos quedando en un peligroso voluntarismo moralista, completamente estéril.

1 Comentario

  1. Con todo lo compleja que es la cuestión, creo que mientras la subjetividad se construya fundamentalmente en torno al fomento de la autonomía del individuo, en detrimento (o más bien negación) de los aspectos de interrelación, necesidad de arraigo y directamente dependencia de los demás en muchas etapas y situaciones vitales, dificilmente encontraremos energía y fuerza constructivas para una sociedad civil que debe conjugar posiciones e intereses muy diversos. Todo un reto para el lenguaje del amor que con tanta “ligereza” usamos a veces.

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