Cuerpos en resistencia

La Asociación de Teólogas Españolas acaba de publicar un nuevo libro:

Adelaide Baracco Colombo (ed.), Caín, ¿dónde está tu hermana? Dios y la violencia contra las mujeres, Editorial Verbo Divino (Aletheia) 2017.

Extraídas de ese libro, Silvia Martínez Cano nos ofrece aquí unas páginas suyas:

Cuerpos en resistencia

Para las mujeres lo cotidiano es un encuentro con Dios. Su cuerpo, su quehacer diario, es el lugar donde encontrar las claves para la vida. Aunque esté roto, aunque esté herido o violentado, es el lugar donde encontrar a Dios. Dios es así, su lógica no es la nuestra. Se muestra en la debilidad, su fuerza parte de la esperanza y el amor frente a las situaciones de conflicto y violencia (1 Co 1, 24). También en la violencia extrema, en las situaciones donde no hay salida, donde las humillaciones ya no pueden restaurar la vida, ahí se muestra Dios.

Los cuerpos de las mujeres que resisten la violencia son lugares de encuentro con Dios. Comparten el sufrimiento de Jesús al elegir el camino del amor y las consecuencias que esto supone. Jesús es amigo que baja hasta lo más profundo del sufrimiento y nos brinda su acompañamiento para poner en marcha nuestro potencial liberador. Este potencial interrumpe los círculos de violencia y victimización[1].

Con su propio cuerpo, Jesús comprende y muestra el dolor que viven las mujeres a causa del menosprecio y la humillación de su cuerpo por parte de la cultura patriarcal, que lo marcan como pecador, lo utilizan como objeto y lo desprecian como algo sin valor. Las mujeres viven en su propia carne las penas y las tristezas, las alegrías y el placer. Son cuerpos que tienen una comunión intima con Jesús, porque se encuentran en los “no lugares”, es decir, los lugares que no interesan, que son ocultados: cárceles, burdeles, hospitales, hogares de favelas, trabajos sin contrato, familias rotas por la violencia, etc. Estos lugares se ocultan, porque son diferentes de una realidad construida idealmente, sin dolor, sin conflictos, sin problemas. No existen en nuestra globalización, quedan en los rincones más oscuros olvidados, como si no existieran. Así sucede con los cuerpos de las mujeres que son maltratados, insultados o violentados. Jesús crucificado también es un “no lugar”. Por eso, mostrar al crucificado, es mostrar a miles de mujeres que son “no lugar” hoy[2]. Ni la teología, ni las comunidades cristianas pueden dar la espalda a estos lugares ocultos, a las miles de mujeres que resisten la violencia como último acto de esperanza para su vida y para las vidas de las que los rodean.

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Pero también su propio cuerpo es germen de justicia. La vida, muerte y resurrección de Jesús nos recuerda que en los “no lugares” se fragua la justicia de Dios, porque no son lugares de aceptación y sumisión del sufrimiento, sino lugares donde al encontrarnos con Jesucristo desplegamos la esperanza que nos lleva a una alternativa cultural a través de la denuncia y la lucha por la justicia.

Las mujeres son Cristos ocultos y ocultados, porque son experiencias corporales del crucificado resucitado. Desde esta perspectiva no cabe una teología moralista, que culpabilice a las mujeres de su propio sufrimiento, ni que las obligue a aceptar su situación como “algo inevitable”. En aquellos lugares ocultados es donde con más fuerza brilla la luz de la resurrección, porque esa luz combate el mal estructural que nos acecha.

Dios está con las mujeres porque se ha ido desvelando como Dios justo que se detiene ante del desposeído de dignidad y acompaña su resistencia al mal. Sufre con ellas en sus luchas y se siente herido por sus culpas.

Dios sufre con las mujeres, con nosotras y por nosotras, como los dolores de parto. Pero no es sólo por el dolor físico de las mujeres, sino por el dolor de la indignidad, por los males que experimentamos de una u otra manera. Los dolores de parto son un preludio de lo que vendrá, porque pronto se olvidan cuando el niño está entre los brazos de la madre. Sin lucha, sin resistencia del cuerpo ante el dolor no hay creación ni creatividad, una nueva vida, un nuevo ser[3]. Por eso, en los cuerpos femeninos que sufren y resisten día a día la violencia y el dolor, está Dios. También lo envilecido y despreciado es parte de su creación por la que llora y se aflige y se resiste a no cambiar, a permanecer en el dolor. Esta es la fuerza de Dios, la fuerza liberadora que empuja a la intervención en la realidad y su transformación.

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La lógica de Dios pasa por el consuelo de las víctimas, por volcar todo su poder en acompañar a la víctima y hacerla más resistente. La amistad de Dios pasa por la solidaridad, por compartir las penas y las alegrías. Y transformar esa resistencia en creatividad, en transformación, en acción, en tiempo nuevo. Siempre a nuestro lado. Siempre sosteniéndonos[4].



Silvia Martínez Cano, en: Adelaide Baracco Colombo (ed.), Caín, ¿dónde está tu hermana? Dios y la violencia contra las mujeres, Editorial Verbo Divino (Aletheia) 2017, pp. 151-154.


[1] Reid, Reconsiderar la cruz…, 93.

[2] Stefan Silber, “Los Cristos ocultados Cristología(s) desde los excluidos”, en José María Vigil (org.), Bajar de la cruz a los pobres. Cristología de la Liberación, Comisión Teológica Internacional de la ASETT-EATWOT, 2007, 217-223, en http://www.eatwot.org/TheologicalCommission

[3] Elisabet A. Johnson, Rico en misericordia. Teología al servicio del pueblo de Dios, Sal Terrae, Santander, 183-185

[4] Jürgen Moltmann y Elisabeth Moltmann-Wendel, Pasión por Dios. Una teología a dos voces, Sal Terrae, Santander2007, 48-49.

 

1 Comentario

  1. Sinceramente, me cuesta estar de acuerdo con esta generalización, aunque desde luego hay mucho de verdad. No sé si hace falta insistir en este lenguaje, o comenzar a tratar de incluir también a varones que hacen el esfuerzo de romper con antiguos moldes. El riesgo es incurrir en ideología, de la misma manera que se critica a la gran “ideología patriarcal”.
    NO obstante,más allá de las palabras, la solidaridad con todos y todas las que sufren.

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