Cuba más allá de Fidel Castro

Pocos países despiertan mayores pasiones y controversias en el mundo como Cuba. Esta isla del Caribe con alrededor de 11 millones de habitantes, la mayoría mestizos, y 100.000 kilómetros cuadrados, representa, mejor que cualquier otro lugar, la oposición Norte-Sur y Este-Oeste. Es un país pobre (Sur) colindante con el país más rico (Norte). Es un país comunista (Este) separado por el Estrecho de Florida, apenas 150 kilómetros, de la cabeza de la civilización occidental (Oeste).

Como México representa la frontera entre el mundo latino, heredero del imperio español que fue débil económicamente, y el anglosajón, asociado al imperio británico poderoso en lo económico. La extracción de metales preciosos de la América Latina fue la que posibilitó la extensión de la economía mercantil en los siglos XVII y XVIII. Esto conformó la Europa moderna, basculada hacia el centro y oeste del continente. Podría decirse que Europa se afirma como tal al descubrir un continente para ella desconocido y al anexionárselo de algún modo.

Las bases de la cultura occidental se desarrollan de forma simultánea a este proceso. Pasos sucesivos en ese sentido son el racionalismo individualista (“Pienso luego existo” del “Discurso del Método” de Descartes, 1636), la Ilustración sublimada como razón de Estado que encarna el ideal absoluto (Kant-Hegel, siglo XVIII) y el progreso científico–técnico concebido como desarrollo lineal e ilimitado. Los aspectos positivos de la Modernidad y de las conquistas científicas y tecnológicas se tambalean cuando tras los primeros efectos de la Revolución Industrial se denuncian los excesos en la explotación del trabajo, empezando por los niños y las mujeres.

El proceso de integración europea afianza un modelo de crecimiento asentado sobre el consumismo y una acumulación de capital que se concentra cada vez en menos manos. La derogación de las leyes suntuarias, que controlaban el consumo de bienes de lujo, y la liberalización del comercio exterior incentivan ese modelo de crecimiento. Tras la prohibición del lujo y las restricciones al comercio se escondía un moralismo hipócrita y represivo, y la protección de intereses corporativos. Sin embargo, al eliminar esas prohibiciones se evaporan también una serie de valores e instituciones. De esta forma la moral pública y el poder del Estado acaban subordinados a la economía, en vez de que ésta se vea supeditada a las necesidades y deseos de la comunidad, y a las instituciones políticas. Al rechazar lo negativo y perjudicial se prescinde de lo bueno. Como dice el refrán de origen alemán, se tira al niño con el agua de la bañera.

Se identifica el desarrollo individual y colectivo con un consumo creciente. Se diluye paulatinamente cualquier resquicio de valores compartidos y espacios de uso comunitario. El aumento del consumo individual extiende los intercambios de mercado, basados en una concepción utilitarista e individualista, en detrimento de las relaciones y espacios de carácter no mercantil. Una vez que se inclina la balanza del lado del mercado y el interés egoísta y sin límites, la acción del Estado se desplaza hacia la protección de dichos intereses. Éstos se asimilan, cada vez más, a la riqueza y bienestar de la nación y sus individuos, en vez de a la salvaguarda de los valores comunitarios y el desarrollo pleno de la persona como fundamento del sentido de la vida y de la dignidad de la nación.

Cuba, tras la desvinculación de España y su subordinación a Estados Unidos, acumula una fuerte tensión interna. Como apéndice de Estados Unidos vive un crecimiento económico que genera fuertes desigualdades. Se genera un creciente abismo entre la cultura consumista, individualista y depredadora, de los estadounidenses y las clases acaudaladas cubanas, y la cultura mestiza, comunitaria y festiva, de las clases populares. Esa tensión se había visto además alimentada por la creciente bipolarización entre oriente (China-Rusia) y occidente (Europa-Estados Unidos) y entre el norte (países ricos) y el sur (países pobres, en particular latinoamericanos).

En ese crisol de intereses e ideologías enfrentadas surge la revolución cubana liderada por Fidel Castro. Cuba se convierte en un bastión del Sur frente al Norte y posteriormente, de forma casi inevitable, del Este comunista frente al Oeste capitalista. Se derroca una dictadura sostenida por el mundo occidental y se logra el acceso de las clases populares, todavía mayoritariamente campesinas y analfabetas, a la educación y a unas condiciones de salud desconocidas incluso en la mayoría del resto de Latinoamérica. Cuba es así el símbolo del triunfo del sur sobre el norte y más aún de que es posible transformar la cultura occidental, asimilada al capitalismo y el consumismo, sin dejar de ser occidentales. No sólo los pueblos pobres, latinoamericanos y africanos fundamentalmente, ven una esperanza en Cuba, sino los pueblos occidentales, donde surgen importantes movimientos de protesta que manifiestan una clara insatisfacción con la cultura dominante en sus propios países.

La reacción de Estados Unidos y subordinadamente de Europa es imponer un bloqueo económico y político a Cuba. Postura que no se adopta frente a la proliferación de otras dictaduras en otros países de América del Sur, sino que por el contrario son incluso alentadas y sostenidas por las potencias occidentales. Esto favorece el auto repliegue cubano y su deslizamiento hacia la órbita soviética. Cuba no podía sostenerse por sí misma económica ni políticamente. La integración latinoamericana no era viable en ese momento y no constituía, por tanto, una alternativa para Cuba. Sin embargo, tampoco era una alternativa sostenible la vinculación con la Unión Soviética. Ésta tan sólo sirvió para paliar temporalmente la carencia de bienes básicos de subsistencia y reforzó aún más el estatalismo en Cuba, desterrando cualquier resquicio de mercado.

El régimen cubano, que inicialmente cuenta con un amplio respaldo social, no sólo elimina el mercado sino que debilita la sociedad civil en que dice apoyarse. Recurre cada vez con más intensidad a la represión y el adoctrinamiento. Esto va creando un nuevo abismo social, especialmente entre las generaciones más jóvenes, que no encuentran caminos para su participación y desarrollo personal, y aquellas para las que la revolución supuso un salto en sus aspiraciones y formas de vida, aunque también vean cómo se van recortando sus posibilidades.

El régimen resiste a costa de la población. Se opta por facilitar el turismo y la inversión extranjera para que el Estado consiga los ingresos necesarios para poder importar algunos bienes básicos que se reparten entre la población. Eso implica también imponer el dólar como moneda de pago interna para los turistas, equiparando el valor oficial de la moneda nacional, el peso, con el del dólar. Se genera así un mercado negro donde se llega en algún momento, tras la caída del bloque soviético, a fijar el valor de un dólar en 120 pesos.

Las consecuencias son que se crea un mercado controlado por el Estado, restringido a los turistas extranjeros que poseen dólares. Esto obliga, a su vez, a crear una tercera moneda, el peso convertible, emitido en moneda fraccionaria por el Instituto de Turismo de Cuba, para poder dar las vueltas en los pagos de las compras de los turistas. Los residentes cubanos no sólo no tienen acceso a las tiendas, restaurantes y hoteles para turistas, al no disponer de dólares, sino que se les impide la entrada a esos establecimientos. La subsistencia de la población cubana depende de la asignación de bienes que les hace el Estado a través de cartillas de racionamiento, que apenas llega a cubrir las necesidades básicas.

Esto provoca que la población busque medios alternativos para satisfacer esas necesidades básicas. Unos, los que trabajan en los almacenes y circuitos comerciales del Estado, apropiándose como pueden de parte de esos bienes. Otros recurriendo a ofrecer bienes y servicios a los extranjeros, cuyas propinas o pagos en dólares fácilmente podían superar con creces sus sueldos en pesos. De ahí que el Gobierno llegase a sacar un decreto prohibiendo que los médicos y profesores trabajasen de taxistas o camareros, dos de los medios que podían proporcionar más fácilmente dólares. El Estado cubano pretendía impedir que la mano de obra cualificada se dedicase a tareas no cualificadas que les proporcionasen mayores ingresos. En todo caso, muchos trabajadores de alta cualificación, abandonaban sus trabajos o elevaban su nivel de absentismo para ofrecer bienes y servicios a los extranjeros o simplemente para conseguir bienes básicos o realizar tareas domesticas que compensaban la falta de bienes y servicios de subsistencia.

Cuando en los últimos años se produce una tímida apertura al mercado con la posibilidad de abrir paladares (restaurantes con pocas mesas normalmente de carácter familiar) o explotar pequeñas parcelas agrícolas, lo que no se modifica en absoluto es el mercado de trabajo. Las empresas extranjeras que actúan en Cuba pagan a sus trabajadores a través del Estado cubano. Así si una empresa paga a sus trabajadores doscientos dólares al mes, suponiendo que el cambio real peso-dólar es 50 a 1 (ya se ha señalado que llegó a ser 120 a 1), el Estado recibe los doscientos dólares y paga a los trabajadores cuatro dólares (doscientos pesos cubanos, equivalente según la paridad oficial a doscientos dólares), quedándose con los 196 dólares restantes. Eso sí justifica tal acción escudándose en que no hay impuestos (¡que mayor impuesto que el que supone una deducción del 98 por ciento del sueldo!) y que con esos ingresos proporciona los bienes de la cartilla de racionamiento, y educación y sanidad gratuitas, aunque cada vez más deterioradas.

No existe, por tanto, un sistema fiscal ni un mercado de trabajo propiamente dichos. La mayoría de la población sólo logra cubrir sus necesidades básicas a través de circuitos paralelos, teóricamente ilegales pero con frecuencia consentidos, siempre que los beneficiarios no pongan en cuestión el régimen. El turismo, la inversión extranjera y las remesas de los exiliados cubanos son las vías esenciales para conseguir recursos tanto para el Estado, de ahí que intente que el turista e inversor extranjero esté seguro y sea bien tratado, como para buena parte de la población cubana.

Ante lo expuesto no puede extrañar que la figura de Fidel Castro sea tan controvertida. El fue el que lideró un proceso que permitió que la mayoría de la población cubana accediese a un nivel cultural y un estado sanitario que nunca habían tenido. Él ha sido también el principal responsable de que la mayoría de las familias tengan dificultades para cubrir sus necesidades básicas sin las que otras libertades, por lo demás inexistentes, son papel mojado. Ciertamente el embargo y la hipocresía de los países occidentales han contribuido a perjudicar a la población más que al régimen, pero la principal responsabilidad corresponde a los que han controlado el poder en Cuba.

La perversión del modelo cubano está en sus propios orígenes, no en una desvirtuación forzada por posteriores circunstancias. No es posible un verdadero proceso de transformación hacia un mundo más justo sin un cambio (conversión) personal que genere espacios comunitarios de convivencia, preservando y creando bienes y valores compartidos (comunes). No es desde el poder y la idolatría del líder desde donde se puede construir otro mundo, sino desde el servicio y la fuerza que nace del espíritu plasmada en comunidades de vida e instituciones que reflejen los valores solidarios de la sociedad civil en vez de los intereses de los acumuladores de riqueza.

La desaparición de Fidel Castro más que a los propios cubanos cuestiona al resto del mundo. ¿Cuál es el futuro de Cuba? Es evidente que ningún país puede sobrevivir aislado del resto del mundo, menos aún en un mundo globalizado. Depende tanto de los propios cubanos como de las posibilidades que se les abran por los demás países. Por lo pronto levantando el embargo. España, tras el triunfo de Franco en la Guerra civil, sufrió el bloqueo de las potencias occidentales. Sin embargo, sin exigir cambios políticos, Estados Unidos proporcionó ayuda a España en 1953 y posteriormente en 1959, asociado a la tímida liberalización económica del Plan de Estabilización, recibió ayudas del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Eso permitió la etapa de mayor crecimiento económico de España en la década de 1960. Los cambios sociales y económicos que de ello se derivaron favorecieron el posterior proceso de transición política. Si Cuba hubiese recibido un trato análogo seguramente el régimen castrista habría ya desaparecido.

El futuro de Cuba en cualquier caso debía estar ligado a un relanzamiento de los procesos de integración latinoamericanos, más que a una vinculación preferente con Estados Unidos como ha sido el caso de México con el Tratado de Libre Comercio con Canadá y el propio Estados Unidos. Para los países de Centro y Sur América es esencial avanzar hacia su integración pues sólo así pueden ir consiguiendo competir en un mundo globalizado. Con una mayor integración estarán en condiciones de competir con otras áreas del mundo sin renunciar a sus propios valores e idiosincrasias. De lo contrario no sólo seguirán condenados a mantener fuertes desigualdades y elevadas tasas de pobreza, sino que se alejará la posibilidad de que el conjunto del mundo pueda tener un desarrollo más equilibrado y sostenible.

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