Estaba escuchando Radio María y, cuando oyó la noticia, no pudo contener las lágrimas.

Y eso que él da la impresión de querer ir por la vida de frío y de cerebral. Y eso que, para ello, lleva años parapetándose tras la máscara de la chanza y de la guasa, de la ironía, la mordacidad y lo sarcástico. A veces, incluso, se le va la mano y entonces –algunos, que no lo quieren mucho, dicen, ¡seguro que con razón!- raya en el cantamañanismo, en lo cínico, en lo grotesco…  Pero esta vez no: Esta vez, de nada le sirvieron marbetes, poses ficticias, disfraces ni caretas. Se le desmoronaron de golpe todos aquellos subterfugios, cuando oyó la noticia.

Cuando oyó la noticia, se sobresaltó electrizado; olió la muerte; se le atragantó la saliva; vio, como en un chispazo, el lugar: distinguía la mano homicida, crispada y teñida de sangre caliente, que soltaba el hacha y se restregaba con parsimonia –dorso/palma, dorso/palma- en una sucia faltriquera; oyó los gritos y sintió caer los dos cuerpos  -el de él y el de ella-; notó cómo una de las cabezas rodaba aparte, por el suelo polvoriento; hizo el cálculo mental  –quince rupias: veinte céntimos de euro-; cayó en la cuenta de la barbaridad –¡un paquete de galletas!-; y no pudo contener las lágrimas, impotente como estaba, cuando oyó la noticia, de saldar a propio cargo –y con creces, si el prestamista quisiere- aquella deuda que llevaba a la muerte, un luminoso día de agosto de 2016, a un par de dalits en un remoto lugar de la India.

-“¿Qué son los dalits y cuánto vale una vida, compañero?”

-“Veamos: Los dalits son los parias de toda la vida de Dios. Aquellas personas situadas en el escalafón más bajo –de hecho están fuera- de la pirámide del sistema de castas. Son los intocables… Rozarlos, siquiera levemente, contamina el alma y rompería el karma. Por eso, nacen, viven y mueren en la más mísera de las condiciones que imaginar se pueda… Y por lo que respecta al valor de una vida: ya ve usted, hermano… ¡Depende! ¡Todo depende!… En el caso que nos ocupa, es fácil de cubicar: dos vidas, a razón de quince rupias, siete cincuenta la media… O sea, poco más de cinco céntimos per capita… -y dispensada sea la manera de señalar-…”

-“Perdóneme, camarada: Hay algo que no me encaja, aunque nos salgan las cuentas… ¿No me decía usted hace un momento que los dalits eran “aquellas personas situadas en el escalafón más bajoy tal… y tal… y tal”?… Entonces, ¿en qué quedamos?: Porque si son personas…”

-“¡Ah, sí! ¡Claro! Son personas… ¡Ya…! ¿Cómo se lo explicaría para que lo entendiera?: ¡Son personas, pero de aquella manera…! ¡Ya tú sabes, genosse!…”

-“¡Explícate bien, tovarich!”.

-“La condición humana es muy triste, pequeño saltamontes. Zeus Olímpico nos lo tiene dicho y Homero lo transcribe en la Ilíada: “Nada hay más mísero que el hombre de cuanto camina y respira sobre la tierra”… Es infeliz, está siempre sujeto a sufrir desgracias y a padecer desventuras sin cuento; mortal a fin de cuentas… es además agresivo; y refinadísimo a la hora de hacer daño y de joder al prójimo… porque mientras que los animales luchan con uñas y dientes, el hombre lo hace con la voluntad y con el cerebro”.

-“Y  entonces, rebus sic stantibus, ¿qué nos cabe esperar, compadre?”

-“Que los pensantes, pongan dique teórico a esta calamidad. Que los políticos y los poderosos, se empeñen en humanizar la convivencia… y que nosotros, de momento, apoyemos a los padres jesuitas en el Proyecto India; recemos por los dos asesinados del otro día; y a la vista del panorama, imploremos a Dios Nuestro Señor, con la fórmula que me enseñaron de guaje, para que ¡venga a nos el tu Reino!