Cuando la legalidad impide la humanidad

Empiezo este post con el impacto que me ha producido escuchar a una amiga que ha sido testigo del desalojo violento en la ciudad de París, de los más de 3000 inmigrantes, procedentes a su vez del desmantelamiento de los campamentos de Calais. Conecto estos hechos también con una carta de que me ha llegado de Monseñor Agrelo y con fecha de 14 de octubre en la que escribe, con la indignación profética que le caracteriza, que las personas migrantes no son un peligro, sino que están en peligro y que la legalidad ha declarado la guerra a los pobres.

Así lo constato en el día a día, ya sea en la Puerta del Sol en Madrid, por ejemplo con el acoso a manteros, con el nuevo plan policial que se quiere poner en marcha en el distrito Centro, o las agresiones a lateros que estamos registrando en estos últimos meses, ya sea en el bosque de Beliones en la frontera Sur, en los campos de refugiados en Grecia y Turquía o la violación sistemática de los DDHH en los CIE, como recientemente las personas amotinadas en el de Aluche nos lo han recordado con sus gritos de dignidad, dignidad, libertad, libertad.

Admira, como sigue diciendo el obispo de Tánger, ver a las fuerzas de seguridad de los estados desplegarse para que los pobres no puedan acceder al pan y circular libremente por las calles. El mal es un monstruo, un poder sin nombre que se burla de la justicia. Ignora los derechos humanos e impide incluso la caridad, en el mejor sentido de la palabra, o sencillamente el sentimiento de humanidad ante el sufrimiento de los otros si estos otros son diferentes, porque el diferente se ha demonizado y convertido en peligro.

Para ilustrarlo un poco más narro una anécdota cotidiana que me ocurrió hace unos días, a las 8,30 de la mañana, hora punta en el metro de Madrid. Salgo del vagón apresurada, con una masa dispuesta a ver quién es la primera en tomar la escalera mecánica y de frente, nada más salir del vagón un hombre negro tirado en un banco del andén se retuerce de dolor llorando y tocándose el estómago.

Junto a él un guardia  jurado. Una mujer que sale como yo del vagón, se detiene y yo tras ella. Ella más activa que yo interviene: “Amigo, ¿te pasa algo?” El guardia jurado con frialdad absoluta y tono despreciativo nos dice: “Señoras no se metan donde no les importa. Aquí estoy yo para lo que le haga falta, así que por favor dispérsense. Esto no les incumbe”. La señora, mucho más rápida que yo responde…“Perdone, sí que me incumbe porque yo soy una persona y este señor también y existe algo que se llama humanidad”. 

Tras un rato de espera el hombre que yacía en el banco se fue calmando hasta poder decir una palabra: “Gracias, es que me han dado una muy mala noticia de mi familia, en mi país”. Al rato decidimos marcharnos ante el atraso del Samur. La señora y yo subimos las escaleras y ya al despedirnos la señora me dice: “Se creen que todo se arregla con porras. Las leyes no nos dejan ejercer la humanidad”. No sé quien era la persona, ni a qué se dedicaba, ni cómo se llamaba, pero me pareció un profeta suburbano, una buena samaritana en el caos y el no-lugar que frecuentemente es el metro de Madrid.

Vivimos tiempos oscuros, que la historia juzgará con rigor. Estamos siendo contemporáneos y contemporáneas no de una crisis migratoria o de refugiados, sino de la crisis moral de Occidente. Mientras el Mediterráneo se ha convertido en la mayor fosa común del común del mundo y se externalizan las fronteras, con absoluto desprecio hacia los derechos humanos a cambio de ingentes cantidades de dinero a gobiernos cómplices como el de Turquía, los países responsables del éxodo humano del que estamos siendo testigos se lavan las manos como si nada nada tuviera que ver con ellos. Como ha declarado Noam Chomskyis6, recientemente en Barcelona, la generación de refugiados y refugiadas es en gran medida la responsabilidad de los ricos y poderosos que ahora se quejan del goteo de víctimas miserables a quienes alojar y acoger.

Pero hace apenas media hora, interrumpiendo la escritura de este post recibo una llamada, que me recuerda nuevamente que aunque vivimos tiempos oscuros (como lo confirma el hecho de que alguien como Trump sea el nuevo presidente de Estados Unidos) también lo hacemos con estelas de luz, tiempos en los que abundan y se hacen imprescindibles las luciérnagas: personas, comunidades, colectivos, instituciones luciérnagas.

Desde la experiencia cristiana sabemos que la densidad de la noche no está reñida con la esperanza y quizás esa es la mayor fuerza que nos regalan los y las migrantes. La esperanza atraviesa concertinas y genera resiliencias y sí se puede, sostenidos por el coraje colectivo, como cuando los compañeros y compañeras resisten una deportación en un vuelo de la vergüenza o una empleada de hogar sin papeles gana a su empleadora en un juicio o un grupo de inmigrantes se organizan para saltar al grito de Bossa, desde los montes de Nador.

De los ciclos  naturales aprendemos también que el invierno o la noche aun con toda su dureza son un  tránsito, porque la aurora está en camino. Los mercados no pueden tener la última palabra sobre la historia y declarar quién es útil y quién descartable o sobrante. La tesis de que los cambios o las revoluciones ya no son posibles solo pueden ser sostenerse desde la mirada del poder, porque para las y los sin poder, lo posible es una cárcel, un espacio de dominación.

Mientras exista la injusticia y la violencia no habrá muro que pueda frenar la utopía humana, siempre habrá gentes que reclamen un futuro que sea distinto del que se está sufriendo y el evangelio de Jesús no podrá nunca estar al  margen de esas minorías indóciles, sino que el espíritu de Jesús, su aliento se revela y encarna en ellos y ellas “hasta el fin”, como nos narra la Historia de Saed y Hazen, que bien puede ser una parábola de la misericordia resiliente y hasta el fin del Dios de Jesús con los últimos y últimas.

 

 

1 Comentario

  1. Estimado amigo. Aunque la cuestión que planteas no tiene que ver con el contenido de este artículo, nos permitimos remitirte a un par de posts publicados en entreParéntesis.org sobre la situación de los cristianos perseguidos y en contextos de minoría.
    Pedro Zamora: http://entreparentesis.org/politizacion-del-martirio/
    Javier Jiménez Olmos: http://entreparentesis.org/boko-haram-consecuencias-soluciones/
    Por lo demás, te recordamos que una de nuestras blogueras habituales es una cristiana que vive en Egipto. Algo sabe de ser cristiana en minoría, en una sociedad mayoritariamente musulmana.
    También te recomendamos el editorial de nuestra revista hermana “Razón y fe”, en un número monográfico que dedicó a esta cuestión: http://www.razonyfe.org/archivo/doc_details/293-
    Así que, con todo respeto y desde nuestra muy limtadas fuerzass, hablar de silencio cómplice parece, cuando menos, excesivo.

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