Estamos celebrando los cincuenta años de la Declaración Nostra Aetate, promulgada por el papa Pablo VI en Octubre de 1965 que supuso un giro en la relación y el diálogo de los y las cristianas con otras religiones. Sin embargo, ¡cuánto nos sigue costando pasar de los principios al cambio de sensibilidad y a la praxis y superar prejuicios mutuos entre religiones! Pero también existen experiencias de aproximación y lugares comunes desde el diálogo de la vida. Uno de ellos es un espacio de oración interreligiosa en el que participamos un grupo de gente de mi barrio desde hace algunos años.

La iniciativa surgió de un compañero bangladesí que, ante una situación límite, en la lucha contra una deportación, cuando pensábamos que ya habíamos agotado todas las vías, él nos propuso orar juntos y compartir nuestros anhelos de justicia en una súplica común. Aceptamos la propuesta cinco personas, ya que el resto de los compañeros del colectivo no eran creyentes. Mi comunidad de vida ofreció el comedor de nuestra casa para hacerlo y así el lugar de la comensalidad abierta y compartida se transformó también en iglesia doméstica y mezquita a la vez.

Normalmente nuestro modo de orar es adentrarnos en uno de los 99 nombres de Allah, un texto evangélico y el compartir de la experiencia cotidiana. Pero recientemente una de nuestras últimas oraciones conflictuó un poco al grupo, pues le pedimos a nuestras compañeras y compañeros musulmanes que nos enseñaran  rezar el salat para dirigirnos al mismo Dios desde tradiciones espirituales y formas de orar diferentes. La propuesta “descolocó” a algunas personas del grupo ya que les pareció que era irnos demasiado al terreno de los musulmanes, y “renunciar a lo nuestro”. Sin embargo, superados los prejuicios la experiencia fue muy rica, porque tras la oración se desencadenó un fecundo diálogo sobre elementos comunes y elementos diferenciadores entre nuestros credos religiosos, centrándonos más en la experiencia propia que en los dogmas.

Las personas cristianas del grupo subrayamos sobre todo la fe en un Dios humanado, que se nos revela en la projimidad y que está más allá de toda ley porque su única ley es el amor. Un Dios accesible que rompe con toda dicotomía y división, porque en “Cristo ya no hay judío ni griego; esclavo ni libre; hombre ni mujer, porque todos somos uno en Él“(Gal 3,28). Un Dios al que se le rinde culto en la práctica de la misericordia y de la justicia y para el que nadie es extranjero ni extranjera (Ef 2,19).

Las personas musulmanas insistieron en que Dios es AL-RAHIM, el Compasivo, por eso la importancia en sus vidas de recurrir permanentemente a Él, como . Dios es el AL-WALI, El que guía, el que conduce hacia el bien, la bondad y la justicia, pero para ello la persona creyente ha de abandonarse a Él como un niño en brazos de su madre y poner toda su confianza en Allah, porque Dios es AL-WAKIL: El que cuida. Nos contaron que Allah es AL-BARR, El todo bondadoso, es Al -WADU, el que ama y por eso es El que no abandona, el que sostiene: AR-RAFFAT. El que les da fuerza para salir de su tierra y dejar a los suyos, atravesando el desierto, viajando escondidos y viviendo en campamentos clandestinos en muchos lugares. Dios es El que protege: AL- MUHAYMIN, el que les hace correr y no rendirse cuando sienten a la policía tras sus talones para quitarles sus “mantas”, Dios es El que perdona siempre, es AL- GHAFFAR. Por eso quienes creen en Él no han de buscar el odio sino el perdón, y por eso hemos de luchar contra nosotros mismos (yihad) cuando sentimos que la violencia y el odio son más fuertes en nosotros que el perdón. Dios es AL-ALIM, El conocedor de todo, el que no se fija en las apariencias, sino en el interior del corazón. Es El que sabe, aunque nosotros no entendamos tantas cosas en la vida. Él es AL-HADI. Él es El que guía. Es El que abre cuando parece que todo está cerrado, por eso es AL FATTAH. Él es Paz, es As-Salam, y se da a quienes ansían buscarle. El AS-SAMI, El que siempre escucha.

¡Qué distinto el discurso dominante sobre el Islam en los medios de comunicación a la experiencia que nos compartieron estos compañeros! Recordar nuestro diálogo me evoca uno de mis libros preferidos desde hace años:La esperanza invencible” de Christian de Chergé, abad del monasterio de Tibhirine, cuya experiencia y la de su comunidad en Argelia y su martirio fue llevado al cine en la película “ De dioses y hombres! A Chergé el amor a su amigos y vecinos le llevó a conocer y amar el Corán y a descubrir que es mucho más lo que nos une a los musulmanes y a los cristianos que lo que nos separa, pese a los fundamentalismos de un lado y de otro y, por eso, uno de los textos coránicos por el más reflexionado y orado en su diario es la sura 3,64:

“Gentes del libro, venid a un principio común que nos una y cree lazos entre nosotros”

¿Cómo hacer esto en nuestros barrios, frente al horror de Boko Haram, o las muertes en el Mediterráneo y en Palestina bajo la mirada cómplice de una Europa de orígenes cristianos, pero sin alma, frente al drama de los refugiados y tantos intereses que se empeñan en seguir enfrentándonos a cristianos y musulmanes? ¿Cómo hacernos presentes juntos, en la plaza pública, en el compromiso con los derechos humanos desde el tejido vecinal cotidiano, amistoso en nuestros barrios?