De criadas y sueños de una noche de verano

Uno  de mis textos bíblicos preferido es  la escalera de  Jacob (Gn 28, 10-15). En  Betel, a través  de un sueño Jacob escucha lo que Dios quiere de Él y su promesa de fecundidad y justicia. Pese a ello, poco después de esta experiencia el hijo de Isaac y Rebeca lucha con Dios hasta que es vencido por Él y se rinde para siempre a su confianza y Promesa de liberación (Gn 32, 22-33).

Se me hace familiar este personaje porque su precariedad y grandeza no me resulta ajena, pero también por un hecho posiblemente imperceptible a muchas miradas pero que a mí me resulta al menos provocador, pese al marco patriarcal en el que está ubicado. El hecho en cuestión es el reconocimiento de sus criadas, sus trabajadoras de hogar, diríamos hoy salvando las enormes distancias históricas y culturales. Y es que Jacob las valora hasta el punto de reconocerlas como uno de sus mejores ofrecimientos para su hermano.

En la Biblia como en la historia de la humanidad hasta nuestros días el trabajo de las empleadas de hogar y de cuidados ha sido históricamente invisibilizado, sobre-explotado y considerado ausente de derechos. Quizás por eso el Di-s de la Liberación siempre ha estado de su parte como le sucedió a Agar (Gn 21, 16-21) y se empeña en seguir hablándonos en sueños como me sucedió a mi hace unos días, tal como si de una nueva Jacob, pero en femenino se tratase.

El caso es que, no sé si por los calores nocturnos o por la intensidad de las reivindicaciones  de las empleadas de hogar en este  último mes contra la enmienda   6777  a los presupuestos del estado, que aplazan hasta el 2214 sus plenos  derechos como  trabajadoras, yo también he tenido un sueño con Di-s.

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En él no había escalera como en el de Jacob, sino que Dios se me revelaba con piel morena y rostro de mujer. Tampoco tenía en sus manos un báculo o la bola del mundo, como en otras imágenes al uso, sino que llevaba puesto un delantal y repetía como a modo de mantra: yo estoy entre vosotras como quien sirve, como la Cuidadora de la vida y por eso la causa de las trabajadoras de hogar es también mi causa. Yo soy el Dios de las últimas. Yo me pongo en su lugar para que no haya últimas.

Luego hizo silencio y empezó señalarme hogares donde sería imposible la vida sin el  trabajo de las empleadas de hogar y de cuidados. Me las mostró  también en los locutorios cuidando trans-nacionalmente de sus familias… y también en sus asociaciones  hablando de sus problemas y sus sueños: tener sus papeles, reagrupar a su  familia, traer a su madre enferma, que se acabe el trabajo de interna, tener derecho al paro, disponer de tiempo para estudiar, tener tiempo libre, ser tratadas con respeto, acabar con esta ley de extranjería, poner fin a la violencia y la guerra  en su países de origen y que las mujeres puedan salir tranquilas a la calle sin miedo a ser asesinadas…

Mientras me señalaba todo esto reconocí con sorpresa el rostro de muchas de las mujeres con las que desde hace más de 10 años estamos organizadas y coreamos juntas en las calles y en los actos reivindicativos: porque sin nosotras no se mueve el mundo, Querían brazos y llegamos personas, Se acabó, se acabó la esclavitud… y vi que Dios sonreía y gritaba de alegría con nosotras al señalar con su dedo una escena del último juicio que ganamos de una compañera dominicana exigiendo sus derechos.

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Pero también vi cómo una lágrima le corrió por su mejilla al nombrar a Jeannette Beltrán , una empleada de hogar nicaragüense abandonada a la muerte  en un hospital de Toledo,  en el año 2014 , a la que se le negó la asistencia sanitaria por no tener papeles y del que toma su nombre el Observatorio de derechos de trabajadoras de hogar y de cuidados  que dos colectivos de los que formo parte —Territorio Doméstico y Senda de Cuidados– hemos puesto en marcha hace unos meses.

También le vi indignado señalando las agencias de colocación privadas y a algunas  instituciones religiosas mediando a la baja sus condiciones laborales y salarios, u ofreciendo como favor o caridad lo que a las trabajadoras les corresponde como derechos, les pertenece por justicia.   

Me desperté sobresaltada y no sin cierto alivio me hice consciente que todo había sido un sueño. Que yo no era Jacob y que tampoco quería luchar con Él, sino seguir haciéndolo con mis compañeras trabajadoras de hogar por una economía que ponga en el centro el cuidado de la vida y no el mercado, y que no cargue sobre las espaldas de las trabajadoras las responsabilidades que al estado le competen.

Seguir luchando por la equiparación completa de sus derechos laborales, incluida a prestación por desempleo que hoy se les niega, el reconocimiento de las enfermedades profesionales  asociadas al sector, el fin del despido por desestimiento y la Ratificación del convenio 189 de la OIT con las aplicaciones concretas y cambio de normativas y medidas que esto supone, para que no quede en una mera aprobación simbólica.

El caso es que el pasado mes de Junio, cuando las trabajadoras nos concentramos frente al Congreso de los Diputados en Madrid y en otros lugares de la geografía española, cuando una de la compañeras cogió el megáfono reclamando nuestras reivindicaciones, me hizo un guiño cómplice muy parecido al que me hizo el Di-s de piel morena y con el delantal puesto en aquel sueño de una noche de verano

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¿Tendré que consultarlo con mi psicoanalista?

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