El coste de informarse

Cada vez más personas consideran que a través de lo que les llega mediante sus cuentas de redes sociales y visitando a lo sumo la página de inicio de alguna web de noticias de vez en cuando reciben toda la información que necesitan para manejarse en la vida. Todos los esfuerzos para intentar crear productos de información de calidad en internet no consiguen revertir el ocaso de la prensa de pago porque no se trata de un problema de oferta, sino de demanda: la gente no siente que necesite más información que la que le llega por esos canales.

No es una novedad que haya mucha gente sin grandes conocimientos de actualidad o criterios para analizarla. Durante décadas muchas personas consideraban que por ver un noticiario de televisión todas las noches eran personas informadas, ignorando que la televisión, incluso cuando hace información, lo hace con el objetivo primordial de entretener, no de informar (véase La tiranía de la Comunicación, de Ignacio Ramonet). Hoy el contexto ha cambiado y la televisión cede cada vez más la centralidad del espacio público a internet y, en particular, a las redes sociales. Según una reciente encuesta de Reuters en 26 países, un 51% de la población emplea las redes sociales como fuente de noticias, y entre los jóvenes es un 30% el que las utiliza como su principal fuente de información.

Es posible que el consumo de información a través de las redes sociales conlleve ventajas con respecto al telediario nocturno: fomenta una actitud más activa e implicada por parte del receptor de la información, en comparación con quienes se tumbaban en el sofá a ver cualquier cosa que les echaran. Pero no nos engañemos: esa actividad e implicación no parten del esfuerzo productivo que informarse requiere sino de reacciones emocionales a noticias que comparten con nosotros.

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En cualquier caso, la sustitución que ha de preocuparnos no es la de la televisión por las redes sociales, sino la de la prensa por las redes. En España se han cerrado una treintena de cabeceras de prensa desde 2010. El descenso en el consumo de periódicos ―y no me refiero aquí al soporte impreso― constituye el desmoronamiento de la institución que ha nutrido durante décadas el debate público de mayor calidad. Las redes sociales son una maravilla, pero no sirven para todo: el contexto de las redes sociales no es propicio para la comprensión de la actualidad.

Al margen del sacrificio en términos de calidad de la información que se produce al pasar de información de pago a información gratuita, existe un elemento característico del consumo de prensa cuyo debilitamiento en las redes sociales me parece particularmente dañino. La mayoría de personas que leen un periódico identifican esa cabecera con una determinada ideología y son capaces de aplicar filtros al sesgo que prevén en la información recibida. En las redes sociales muchas veces careceremos incluso del conocimiento mínimo para evaluar la credibilidad de las fuentes. Las redes sociales facilitan el consumo de noticias sueltas que navegan por la red y llegan a nosotros a través de personas con las que compartimos inquietudes. Sin contexto, sin conocimientos sobre las fuentes y predispuestos por el vínculo que nos une a las personas a través de las que nos ha llegado la noticia, perdemos recursos para protegernos ante posibles manipulaciones.

Por si esto fuera poco, las noticias que leemos están presentadas de manera atractiva, utilizando efectos dramáticos o recurriendo abiertamente al escándalo para captar nuestra atención, en un mercado en el que la noticia no es más que un producto de consumo rentabilizado a través de monetizar cada clic en los titulares. Es una tormenta perfecta. Asistimos a la paradoja de vivir en la sociedad donde más información existe y donde la gente está menos informada.

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Me cuesta ser optimista. En un contexto de fuerte individualismo y utilitarismo de rango corto las personas no aprecian la necesidad de hacer el esfuerzo que requiere estar informadas, por ser un coste al que no le ven sentido o gratificación inmediata. Ese coste, sin embargo, es en parte el coste de la democracia, y no estar dispuestos a pagarlo nos hace más vulnerables a populismos de todo tipo.

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