Cosmología, cosmogénesis, reverencia

José Eizaguirre

La Evolución de las especies de Darwin supuso una revolución, en cuanto conocimiento científico del origen y evolución del ser humano. Hoy vivimos otra revolución, la del conocimiento científico del origen y evolución del cosmos, lo que viene a llamarse “cosmología”.

Es una revolución porque pone en cuestión los paradigmas de pensamiento que subyacen en nuestra cultura, especialmente la grecolatina y judeocristiana. La tradición bíblica, que ha impregnado el pensamiento occidental, recoge un relato de la creación en el que se percibe a ésta como algo terminado: “Así quedaron concluidos el cielo, la tierra y todo el universo. Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho” (Gn 2, 1-2). He aquí el escenario terminado –el “jardín” original– en el que el Creador coloca a los seres humanos.

Es normal que los hombres de hace milenios contemplaran la realidad pensando que “siempre ha sido así”. Con los conocimientos que tenían no podían ir más allá. Pero hoy la ciencia nos revela que el universo no está terminado. Más aún, que el cosmos, más que un “espacio” es un proceso, una sucesión de acontecimientos enlazados que continúa su curso. Más que una escultura terminada, obra de un divino Escultor, es un canto o una danza, obra de un Dios cantor.

El jesuita Pierre Teilhard de Chardin hablaba hace cien años de la “cosmogénesis“, el proceso de evolución del universo. Y una de las preguntas más fascinantes que nos produce este conocimiento es saber si este proceso tiene “sentido” o no, si el universo se encamina hacia algún “punto omega” culminante o bien esta génesis se va desarrollando azarosamente, es decir, por puro azar, hacia estados impredecibles. Para los creyentes, además, la pregunta se enriquece con el cuestionamiento de un Dios-Espíritu que estaría interviniendo en su creación, guiando al cosmos a su plenitud.

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Para responder a la difícil pregunta de hacia qué estados se encamina el universo, lo más fácil es preguntarnos cómo ha llegado hasta aquí, qué principios lo han guiado, qué constantes descubrimos en la “cosmogénesis” hasta ahora. Es una pregunta científica, desde luego, pero también lo es de sentido para nosotros, porque puesto que los seres humanos formamos parte del universo, no cabe encontrar sentido para nuestras vidas al margen del sentido del universo. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Para qué estamos en el mundo? ¿Hacia dónde nos dirigimos? Son preguntas, en último término, tan filosóficas y espirituales como científicas.

Hace años la teoría del azar tenía cierta relevancia en la comunidad científica. Según esta teoría, el mundo sería resultado de la afortunada combinación de muchas circunstancias que habrían hecho posible la vida sobre la Tierra: un planeta adecuado orbitando en torno a una estrella adecuada, en un universo con unas condiciones adecuadas. El surgimiento de la vida sería fruto de esa singular combinación de circunstancias favorables.

Hoy esta teoría está siendo cuestionada. Cuanto más conocemos el origen del universo, más nos fascinamos ante lo que los científicos llaman el “ajuste fino”. Todo está tan increíblemente ajustado que parece difícil atribuirlo exclusivamente al azar. Por ejemplo, la intensidad del primitivo Big Bang fue la justa para hacer posible el desarrollo del universo. Si hubiera sido un poco mayor, la energía se hubiera disipado sin haber formado galaxias y estrellas; si hubiera sido un poco menor, al cabo de un tiempo todo se hubiera vuelto a concentrar colapsando la evolución del cosmos. Y lo mismo podemos decir de las fuerzas nucleares, electromagnéticas y gravitatorias que dan cohesión a la energía y la materia: el “ajuste” de cada una es tan sutil que una pequeña variación en sus constantes haría imposible el universo tal como lo conocemos.

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La probabilidad de que todo esto haya surgido por azar es infinitesimalmente remota. Una parábola que suele emplearse a este respecto es la de un grupo de monos pulsando teclas aleatoriamente frente a teclados de ordenador, pongamos, a una velocidad de una pulsación por segundo. La probabilidad de que el texto resultante tenga algún sentido es ciertamente minúscula, pero si esperamos mucho tiempo, tal vez sea más fácil que alguno de los monos, por pura casualidad, llegue a escribir una página de El Quijote. Si el tiempo es infinito, se puede argumentar que más pronto o mas tarde eso sucederá. La cuestión es: ¿cuánto tiempo habría que esperar para que eso suceda? Y la respuesta es tan inconmensurable que la conclusión es que habría que esperar mucho más tiempo del que podemos concebir.

Del mismo modo, ¿cuánto tiempo habría que esperar para que, por puro azar, el universo generara las condiciones para el surgimiento de la vida y de la conciencia? Y la respuesta es: muchísimo más del que ha trancurrido desde que el universo comenzó su expansión hace 13.800 millones de años. Parece que en la respuesta tienen que intervenir otros factores además del puro azar.

¿De qué otros factores estamos hablando? Una respuesta plausible es que el universo tiene “tendencias”. La energía tiene tendencia a organizarse y formar materia. La materia tiene tendencia a organizarse cada vez en formas más complejas, hasta el punto de originar eso que llamamos vida. La vida tiene tendencia a autoorganizarse y complejizarse, multiplicando sus formas de presencia y diversificándose en una asombrosa biodiversidad, hasta el punto de producir seres vivos autoconscientes y capaces de darse altruistamente, manifestando eso que llamamos amor… Y esto es lo que conocemos hasta ahora. ¡Al universo le quedan todavía miles de millones de años por delante! Sería ingenuo pensar que hemos llegado al culmen de la evolución (y más aún, que el ser humano es ese culmen) ¿Hacia dónde continuará esta maravillosa cosmogénesis?

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Lo asombroso es que parece que todo esto tiene un propósito, una intención, unos fines: el universo manifiesta así una tendencia a autoorganizarse en sorprendente equilibrio, haciéndose cada vez más complejo, consciente, amoroso y espiritual.

¿No es maravilloso todo esto? Esta “nueva cosmología” nos abre a una dimensión inesperada. ¿No es sorprendente, fascinante, misterioso? Asombro, sentido de pequeñez, reverencia y alabanza brotan espontáneamente…

Pero aunque esta relativamente reciente reflexión científica nos abra a una nueva comprensión del universo y de nuestro lugar en él, no hace falta tener estos conocimientos para caer arrodillados ante el misterio de la realidad que nos rodea y el propósito de todo esto. De alguna manera, la ciencia hoy estaría confirmando un sentimiento ancestral del ser humano y una actitud reverencial presente desde el principio de su existencia sobre la Tierra. Ojalá recuperemos hoy esa actitud original que nunca debimos perder:

Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo […] Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida
(Carta de la Tierra, citada por el papa Francisco en Laudato Si’ 207).

Imagen principal descargada de https://pixabay.com/es/universo-galaxy-espacio-atmósfera-2250310/
Imagen secundaria tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Pierre_Teilhard_de_Chardin

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