El corazón del árbol solitario

En esta semana se presenta (en Oviedo, Valladolid y Madrid) el libro de José Mª Rodríguez Olaizola, El corazón del árbol solitario. Ofrecemos aquí un breve comentario-presentación.

El tándem es casi perfecto: uno de los mejores escritores hispanos de literatura espiritual del momento, el jesuita Rodríguez Olaizola, narra la apasionante historia del también jesuita Enrique Figaredo, “el obispo de las sillas de ruedas” en Camboya. Una valiosa aportación de la colección ‘Servidores y testigos’, de la editorial Sal Terrae, en el 15º aniversario de la prefectura apostólica de Battambang.

El resultado es muy bueno (ágil, informativo, personal, profundo, bien escrito, alejado de la hagiografía, estimulante, comprometido, poético…) y se leerá con provecho. Podemos destacar tres virtudes del libro:

  • la figura de Kike Figaredo está obviamente presente, pero se diluye compartiendo protagonismo con la misma realidad camboyana y sus gentes, con los colaboradores en la misión, con los voluntarios…;
  • Olaizola, que en esto es un maestro, sabe intercalar la narración con reflexiones que ayudan a interiorizar lo leído y a que el lector se sienta también involucrado e interpelado en su vida cotidiana;
  • la atinada elección de la metáfora del árbol solitario no se limita al título del libro sino que se despliega en diversas ocasiones, explícitas e implícitas.

Como todavía está fresca la Semana Santa, podemos destacar una especie de itinerario pascual en el libro: empieza en Jueves Santo mascando un amor entregado a los refugiados y víctimas de las minas antipersona; continúa el Viernes Santo acompañando en silencio mucha muerte, violencia e injusticia; y finalmente se puede auscultar la esperanza preñada de vida silenciosa el Sábado para culminar, el Domingo de Resurrección, descubriendo que “se puede bailar con las alas rotas”.

Nota: este comentario aparecerá en la revista ‘Razón y fe’ a la que agradecemos su generosidad.

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