Contra los cordones sanitarios

Pretender imponer una hegemonía estable de una parte de la ciudadanía sobre otra, es un error fatal. El mismo error que nos llevó a la guerra civil primero, a la dictadura después.

Ahora no hay mimbres para desenlaces semejantes, pero sí los hay para un desplome económico de conjunto, que supondría un desastre social mayor. Basta crear el antagonismo radical que se nos promete entre los más y los menos capitalizados, para que tengamos en efecto un campeón hegemónico de los menos capitalizados y una fuga masiva de los más capitalizados; o bien un predominio estructural de los mejor situados sobre la precariedad de los demás. A ver cómo se construye una sociedad bien integrada, si empezamos espantando a los que podrían hacer productivo y competitivo el trabajo de todos; o si empezamos condenando a la mitad de la población a vivir a salto de mata.

Del desastre de una sociedad en desintegración solo se salvarían los que mejor lo tengan para moverse, que son precisamente los dueños de los capitales y los jóvenes profesionales muy cualificados. Difícilmente cualquiera de los dos puede ser considerado dentro de “los pobres”. España, vale la pena recordarlo, no tiene petróleo. Aquí no vamos a tardar una década larga en que se note en la calle que la economía se va a pique. Diez meses se parece más al tiempo que aguanta esto si nos empeñamos en cultivar la división: lo que tarden los inversores en irse con la música a otra parte.

Este mal es perfectamente evitable a través de la negociación. Tenemos experiencia de ello: negociando conseguimos en la Transición dejar atrás la guerra y la dictadura, para enfocarnos en la integración europea, un movimiento que nos salió muy bien.

La crisis ha puesto de manifiesto tanto los límites de diseño como el deterioro interno de ese modelo; además, ha ocurrido un cambio generacional importante. Buen momento para reproducir el diálogo y buscar juntos los ajustes adecuados. El único requisito de partida es, como a la muerte de Franco, aceptar las reglas básicas de un diálogo político que busque el consenso, no la victoria. Solo los que se empeñan en hacer política con la violencia o el delito, están autoexcluidos. Pero ahora estamos viendo exclusiones adicionales, en sí mismas ilegítimas: quienes proponen “cordones sanitarios” contra el PP o contra Podemos, a menudo desde Podemos o desde el PP, llaman a una hegemonía política que solo puede acabar mal.

Compartir

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here