Una tarde, hace ya unos años, fui corriendo con mi hijo adolescente a comprar las entradas del cine para volver, luego más tarde, con toda la familia. Llegamos temprano, así que tocó esperar porque las taquillas estaban cerradas. Casi al momento, y de manera sorprendentemente natural, entablamos conversación con un harapiento mendigo. La verdad es que aquel hombre tenía chispa: hablaba muy buen castellano, pero su acento francés le daba cierta gracia. Además, su conversación era interesante: traslucía cultura y mundo.

¡Qué bien me sentí con aquella conversación! ¡Qué orgulloso de mí mismo! ¡Me sentía justificado ante Dios y la vida por semejante ejercicio de humildad! ¡Había roto las barreras de los prejuicios y de los temores! Justo en ese estado de autocomplacencia, abrieron las taquillas, así que eché mano a la cartera para comprar las entradas, pero no la encontré. Como un resorte que se dispara, salté hacia el harapiento mendigo-ladrón, que en ese momento mendigaba en otro lugar de la cola, y le exigí que me devolviera la cartera.

Me miró a los ojos con una mirada tan directa como transparente, y espetó:

-«Soy harapiento y maloliente, pero honesto. Me gusta viajar mendigando por el mundo, pero jamás he robado».

Y volvió a su tarea mendicante. Supe sin sombra de duda que había dicho la verdad. Por eso, busqué y rebusqué la cartera en mis bolsillos. Por desgracia, la encontré, y mi sentido de auto-justificación cayó por los suelos, y me dejó desnudo, desnudo como nunca antes me había sentido:

Aquel mendigo estaba revestido de harapos y de un profundo sentido de la dignidad y de la justicia. Y frente a él, mis ropas no guardaban sino vergüenza y desnudez.

Y esto ocurrió ante mi hijo adolescente. Mi rubor fue mayúsculo.

En tiempo de Cuaresma, y acercándonos al misterio de la Pascua de Cristo, es bueno que los creyentes revisemos nuestra vida y nos ruboricemos ante nosotros mismos y ante el Señor, pero también ante los demás, por todo aquello que contradice que somos el «nuevo hombre» en Cristo del que nos habla el apóstol Pablo (por ejemplo en su Carta a los Colosenses 3,9ss), o que somos la «nueva humanidad», como reza una versión bíblica más inclusiva y también más ceñida al sentido paulino.

Pero también sería bueno que de modo público y regular, quizás también durante la Cuaresma y ante la Pascua, la Iglesia institucional hiciera revisión de cuanto ha hecho y dicho ofendiendo, incluso con genuina piedad, a esa «nueva humanidad» a la que sirve. Y hecha la revisión, sería bueno también completar ese proceso con una confesión pública de cuanto se ha hecho mal, así como de las ofensas cometidas contra otros. ¡Y no valen solo generalidades! El día que las iglesias institucionales normalicemos (como creyente soy parte de la ‘iglesia institucional’) ese ejercicio público de revisión de vida institucional, habremos dado un paso fundamental en el camino de la «nueva humanidad» en Cristo, y por eso mismo habremos hecho una contribución decisiva a la sociedad ante la que somos testimonio de dicha «nueva humanidad». Máxime cuando esta sociedad está demandando a gritos una genuina transparencia de toda entidad que se arrogue una vocación de servicio a la misma.

NOTA sobre la imagen:

Portada de uno de los pocos libros que abordan el tema de la confesión de pecado institucional:

Jeremy M. Bergen, Ecclesial Repentance. Bloombsbury Publishing: Londres et al., 2011