De cuando en cuando saltan a primera página portadas sobre la prostitución de mujeres o noticias de trata con fines de explotación sexual. En los últimos días, un periodico laico (El Pais) y una revista religiosa (Vida Nueva) han coincidido con noticias relevantes en primera página relacionadas con monjas y la explotación sexual. Son componentes bien morbosos (¡¡¡religión, mujer, sexoooo!!!) que si no hubiesen sido tratados desde el rigor y la seriedad, hubieran sido carne de cañón para un público ávido de este tipo de noticias con las que seguir alimentando los más bajos instintos humanos.

“Un grupo de monjas”- cuenta El País– “hace ruta todas las semanas por clubs de alterne, carreteras, cortijos y pisos de Almería donde se ejerce la prostitución. Son adoratrices y oblatas que hace años que no se ponen el hábito y viajan en una furgoneta en la que, a veces, se producen milagros. En la parte trasera de ese vehículo, habilitada como un pequeño salón en el que las religiosas reparten café y preservativos, se han transformado vidas enteras; las de decenas de mujeres obligadas a vender su cuerpo por redes mafiosas o por pura desesperación. La ruta termina en una casa de acogida“.

Vida Nueva a su vez nos narraba la intervención publica de sor Rita Mboshu Kongo, religiosa congoleña para poner al descubierto una realidad muchas veces ocultada: los abusos que sufren algunas monjas africanas por parte de eclesiásticos y el maltrato al que les someten sus propias superioras.

Mujeres liberadoras y mujeres esclavizadas. Todas ellas con la identidad religiosa y carismática como componente fundamental de su existencia. El Pais elogiando monjas y Vida Nueva denunciando eclesiásticos. La religiosidad como impulsora de la justicia. O el marchamo religioso como disculpa para el crimen.

Me vino a la memoria el recuerdo de un intento eclesial de hace tiempo, cuyos impulsores, impactados por el volumen y el mercadeo inmenso y trágico de provocación para el ejercicio de la prostitucion sexual, se acercaron de manera un tanto ingenua a un provecto director de una probada empresa propietaria de varios medios de comunicación social. Era dueño de un gran periódico. Y se le pidió, que dada su pública identidad cristiana prescindiera de los anuncios pagados sobre contactos que incitaban a entrar en el comercio carnal manipulador y esclavista con las victimas de la trata sexual. La llamada esclavitud del siglo XX.

El provecto director se avergonzó de aquella costumbre y prometió retirarlos. Pero apenas se enteró del dinero que perdería con ello, se encogió de hombros… y la vida siguió su curso… tal que ayer. Apuntándose al carro de la venta de mujeres para usar y tirar. Al fin y cabo, se justificaba, “ la libertad personal era el criterio  supremo” para contactar (y de paso, aprovecharse) con esas mujeres “invisibles”.

Cristina Ramos una amiga mía francesa, de las Adoratrices, muy enterada del tema, que ha trabajado mucho y muy bien en París con muchas mujeres españolas emigrantes víctimas de la trata con fines de explotación sexual, me decía que solemos pensar que la mayoría de las personas que se prostituyen son libres y si no, que lo que tienen que hacer es denunciar. Pero desmantelar redes de explotación supone un trabajo de titanes para la policía; y para las víctimas, un profundo discernimiento donde el miedo, el proyecto vital a conseguir, el sustento, etc. son elementos imprescindibles para poder o no denunciar. Porque a menudo el temor a las represalias sobre su familia, a quien dejaron en sus pobres países, parece más fuerte que su propio sufrimiento o muerte. Tanto en sus orígenes, en tantos países del “sur”, como en sus destinos (transportadas por el engaño y la mentira), la violencia y el sometimiento son las únicas herramientas que dictan sus destinos. No precisamente el ejercicio de la libertad.

No podemos olvidar nunca que quienes toman los mayores riesgos son las mujeres que han sufrido la explotación, y que solo ellas pueden tomar la decisión de denunciar, a sabiendas muchas veces que los medios de protección para sus familias en su país de origen, son casi inexistentes. A  todos nosotros que podemos ser testigos y cómplices nos toca aprender a denunciar, a no “consumir” servicios fruto de la explotación humana y a sensibilizarnos para optar por la visibilizacion de tantas víctimas olvidadas. Y no sólo cuando aparecen  en primera página.