Para quien observa el riesgo inmenso que corren quienes intentan llegar a las costas europeas, este peligroso viaje puede parecer un salto suicida. Para quien vive en medio de la violencia, la posibilidad de alcanzar Europa es una oportunidad vital, incomparablemente mejor a quedarse esperando que llegue la muerte. Quienes cruzan el Mediterráneo están escapando no sólo de guerras; la pobreza extrema es también una forma brutal de violencia. Para ellos/as, este viaje significa la vida. Vienen a este rincón del mundo sin guerras, para huir del hambre y la violencia. A Europa, un continente más rico aún en medio de la crisis, que sostiene, con dificultad, un contradictorio discurso sobre derechos humanos, que son menos derechos cuando se trata de extranjeros pobres.

Este viaje acaba, para muchos/as, en muerte. Así lo hemos visto en estos días; 700 inmigrantes perecieron cerca de la costa de Sicilia el pasado domingo. Hoy lunes, cuando escribo esto, más de 100 personas han muerto cerca de Rodas, Grecia. ACNUR dice que 1.650 personas han fallecido en lo que va de año intentando llegar a Europa. Con la llegada del buen tiempo estos intentos, y las tragedias que los acompañan, irán en aumento.

Con la conmoción de estas noticias, se hablará de cambiar las políticas migratorias, de mejorar las operaciones de rescate, incluso de aumentar los canales legales de entrada, para evitar que miles de personas pierdan la vida intentando salvarla. Y no faltará quien diga que no los podemos recibir a todos, y quiera poner concertinas en el mar.

Hablamos de parches, no de heridas. La discusión se centra en qué podemos hacer con los que llegan aquí y ahora, o los que llegarán en un tiempo más, no de lo que provoca estas estampidas humanas. De cómo podemos recibirlos mejor aquí, si acaso, pero no acerca de qué podríamos hacer para que no tengan que huir. Las posibilidades de intervención no son puramente policíacas: control de los que llegan -vallas con concertinas, CIES- o persecución de las mafias, que tienen un lucrativo negocio porque existe la desesperada demanda de entrar a Europa.

Hay  que atender las emergencias, sin olvidar que esto es una carrera de fondo, y no dejar lo importante por lo urgente. Para evitar que el Mediterráneo se convierta en una tumba de anónimos desesperados, es necesario poner sobre la mesa la lucha contra la desigualdad y la pobreza, las políticas de cooperación al desarrollo, el comercio justo, los acuerdos comerciales con países que violan sistemáticamente los derechos humanos, la venta de armas a países que expulsan a sus ciudadanos por la violencia, el hambre y la discriminación. Necesitamos políticas de refugio humanas y humanizadoras pero, más que nada, necesitamos un mundo en paz. 

Nota: Imagen del El Roto, África. El País