Comparecer para compadecer

Por José Mª Fernández-Martos, SJ (*)

Para compadecer, antes hay que comparecer ante el sufrimiento de los asaltados y olvidados, maltrechos al borde del camino. O desviarse para comparecer y hacerse cargo y, así, compadecer. Lo dice el refrán: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Para “hacerse cargo” de la situación del hermano herido hay que acogerlo, aun sintiendo repugnancia por sus desgarros. Los detalles nos desalojan de consideraciones teóricas, golpeando el corazón, partiendo de los sentidos. Jesús de Nazaret lo escenifica en la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37).

Las obras de misericordia prolongan en la Historia el obrar de Jesús. Son distintas avenidas por las que llega la bondad de Dios al desamparo humano. La Iglesia dice que hay 14 puntos de encuentro con el dolor de la Humanidad. Tanto se puede decir catorce que catorce mil, porque estas obras van modulándose y desplazándose a lo largo de la historia:

  • Desde la compasión personal hacia la intervención colectiva. La acción individual busca la pertenencia o ayuda a instituciones u ONG que tratan de paliar los males de esa área. Hoy somos más conscientes de los males y soluciones de la Casa Común. no es lo mismo dar de beber al sediento que plantearse la falta de agua en el mundo y luchar contra el cambio climático o la desertización de las tierras.
  • Desde la misericordia hacia la justicia y los derechos humanos. Puedo visitar presos sin preguntarme qué puedo hacer para que las cárceles no sean instituciones que dañan, aunque tranquilicen a la mayoría. Puedo compadecer a los sin techo esquivando preguntas sobre la justicia de algunos desahucios o las letras pequeñas de los bancos. Puedo envidiar el sueldo de banqueros o altos directivos, sin llamarlo “robo de guante blanco” que daña a la sociedad.
  • Desde esperar hasta extender mis antenas. Hoy es fácil escuchar gritos humanos con información sobre causas o propuestas de acción. Todos vemos de cerca gentes que no pueden afrontar la vida por no saber leer o por carecer de capacitación para escapar de la pobreza. Todos podemos informarnos sobre ONG que buscan pisos vacíos para acoger a emigrantes, o preguntar cuánto cuesta una beca de estudio para niños en países atrasados. Podemos informarnos para no malinterpretar a quien acude a la mendicidad o a otros recursos de supervivencia. Puedo endurecer mi corazón ante el que anduvo pasos mal dados (droga, juego, bebida) o averiguar cómo echarle una mano.
  • Desde atender al dañado hasta buscar en las raíces del mal en el mundo. Falsear mi declaración a Hacienda limpiando la conciencia con limosnas puede ser una de las raíces. Apuntarse a una ONG cuidadora de ancianas y encogerse de hombros ante los malos tratos a una vecina no casan bien. Ser buen consejero de personas desorientadas y no prestar atención a qué es lo que puedo hacer por los desplazados no concuerda. El pensar que no tengo responsabilidad en denunciar fraudes y corrupciones conocidas por mí y el luchar por la justicia y el salario justo deben ir unidos.
  • Desde una diferenciación tajante entre obras “corporales” y “espirituales” hasta una visión más integrada de los daños al cuerpo (digamos: hambre) y su impacto en el espíritu (baja autoestima, pobre desarrollo cultural, etc.). Todo daño, en el cuerpo o en el espíritu, acaba por invadir a toda la persona.
  • Desde un sentimiento de impotencia hasta una acción posible y concreta contra algún campo o área en el que puedo incidir, según mi capacitación y condición personal. Uno puede informarse y colaborar sobre cómo colaborar contra la pena de muerte, la trata de personas o el daño al medio ambiente.
  • Desde una sociedad sencilla hasta una sofisticada. En esta aparecen nuevas formas de misericordia: ayudar a hacer la declaración de Hacienda, escribir un libro para enseñar a las gentes a defenderse de los bancos, conducir con respeto por la vida propia y la ajena, agruparse para defender derechos de colectivos indefensos (niños, refugiados, mujeres violadas), luchar contra el maltrato animal o cuidar la Naturaleza y lo Común.

(*) Este texto está tomado del libro de José Mª Fernández-Martos, SJ, Misericordia acogida, misericordia entregada en la casa común, Editorial Sal Terrae, Santander 2016 (páginas 18-19 y 27-29).

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