Como niño perdido o equilibrista en la vida.

El fin de semana pasado, mientras esquivaba tumultos en la Feria de Libro de Madrid, me encontré a un niñito de rulos rubios que bien pude confundir con el Principito. Nuestro amiguito estaba encogido, encorvado, con sus manos se tapaba los ojos y contenía un triste llanto que al final lo desbordó. Estaba por acercarme cuando una señora, más espabilada que yo, le preguntó que si estaba perdido. El Principito, con aquel dolor que no lo dejaba emitir sonido, asintió con la cabeza. La señora lo tomó de la mano y con determinación lo llevó al sonido local. Pronto comenzaron a difundir mensajes de que había un niño perdido.

Después de reponerme de dicha escena, di la vuelta y providencialmente me encontré con el libro Confesión, de Lev Tolstói (editorial Acantilado). Digamos que este escritor ruso también sufrió como niño extraviado en el bosque, aunque el motivo de sus angustias provenía de cuestiones existenciales del tipo: ¿Qué resultará de lo que hoy haga? ¿De lo que haga mañana? ¿Por qué vivo? ¿Qué sentido tiene mi vida? Tales preguntas lo trajeron al borde del suicidio y en la búsqueda de respuestas experimentaba sentimientos de soledad o de que un tsunami se aproximaba.

Tolstói retoma aquella vieja fábula oriental que cuenta la historia de un viajero que, de repente, se ve perseguido por una furiosa bestia. Para librarse de ella, salta y queda agarrado de un arbusto, pero -¡Oh, sorpresa!- abajo hay un dragón que desea devorarlo. Además, unos ratones roen las raíces del arbusto que lo sostiene. La muerte es inevitable… en eso, unas gotas de miel brillan tentadoras de las hojas del arbusto.

Con cruda claridad entiende que hoy estamos vivos, pero nuestro presente está suspendido entre el pasado y el futuro. Y ahí estamos, trepados como equilibristas en cuerda floja y sin red, a la espera de un final que termina en abismo. Dice Tolstói: “Así me aferro a las ramas de la vida, sabiendo que el dragón de la muerte me espera inevitablemente”. Por lo mismo, cabría preguntarnos: ¿Y cómo vivir? ¿Ignoramos al dragón y fingimos que no pasa nada? ¿O nos concentramos en disfrutar las gotas de miel? ¿O ante el absurdo existencial mejor aceleramos el final y ¡pum! que esto se acabe? ¿O seguimos viviendo, resistiendo y esperando?

Al niño extraviado podríamos tranquilizarlo diciéndole que pronto vendrá mamá, pero no a Tolstói, quien rechaza consuelos y presenta reparos. En sus confesiones habla de la confianza que le ocasionó la razón y la sospecha con que miraba las creencias de la gente. No quiero continuar comentando el libro, pues recomiendo lo adquieran y se dejen tocar por sus cuestionamientos. Quiero terminar comentando lo siguiente:

La religión, que muchas veces nos viene por herencia familiar, en ocasiones se nos pone a prueba. Es sano dudar y replantear. Es importante decirnos con qué me quedo y qué es irrenunciable de las creencias que profeso. Creo que la fe ayuda a encontrar sentido y esperanza, sobre todo cuando nos sentimos extraviados en un bosque oscuro, o peor aún, cuando nos sentimos solos y perdidos, incluso estando rodeados de gente, como nuestro amigo el Principito. Es aquí, cuando las adversidades de la vida nos ponen a escalar una difícil montaña y debemos remontar el marcador, que la fe se presenta como faro en la oscuridad. Aquí cada quien tiene que encontrar su respuesta y su cómo.

En lo personal, creo que podríamos decirle a nuestro amiguito perdido en la Feria del Libro que, pase lo que pase, tenga confianza y que por muy rota que parezca la vida -o el mundo-, vale la pena intentar repararla. Asimismo, le diría que esas preguntas que producen vértigo, quizá las siembra Aquél que nos da el hambre y deseo de que lo andemos buscando en la vida y en la eternidad. 

Por cierto, recomiendo mucho ir al Retiro a la Feria del Libro y perderse.

@elmayo

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