El pasado 9 de enero, el gobernador de Yaracuy, estado venezolano, prohibió por decreto pernoctar frente a los supermercados. Tan fea costumbre, que en efecto desdice del ornato urbano y no es segura en un contexto de fuerte violencia urbana, viene siendo desarrollada por los consumidores de Venezuela en el intento de comprar lo que sea antes de que se acabe.

La economía real venezolana puede compararse a un avión con dos motores: uno público basado en la propiedad gubernamental sobre el petróleo, hidrocarburos, minerales e hidroelectricidad; y otro privado que estriba en la producción habitual de la mayoría de los bienes y servicios. En los países comunes, la economía pública depende casi enteramente de la privada, porque se alimenta de los impuestos sobre esta. Pero no en Venezuela, país muy rico en recursos naturales propiedad del Estado.

Los gobiernos venezolanos habían intentado usar el motor petrolero para, de diversas maneras según su ideología, desarrollar una economía privada competitiva internacionalmente. El éxito que obtuvieron es perfectamente descriptible pero, bueno, algo consiguieron. Por el contrario, el hacer económico del socialismo del siglo XXI vino a consistir en apalear al sector privado, pasando cada vez más funciones económicas del motor privado al público. En otro lugar hemos descrito algunos problemas de ese programa. Con él en efecto se han sustituido bienes producidos en Venezuela por importaciones, creando sumideros de recursos públicos (gente que vive del Estado) allí donde había fuentes (gente que producía y pagaba impuestos).

Eso ha dejado al sector privado en Venezuela reducido básicamente a servicios que se prestan los venezolanos unos a otros, más vendedores y revendedores de productos importados, sin capacidad ninguna de exportación formal. Hay bastante exportación informal a Colombia, de todos los bienes que el Estado venezolano subsidia para consumo interno (empezando por la gasolina, básicamente gratuita). Pero en realidad no se exporta el bien sino el subsidio. Al precio de coste venezolano la mayoría de esos productos no podrían venderse en Colombia; se venden más baratos que los productos colombianos porque el Estado venezolano los subsidia. Estas “exportaciones” son así otro sumidero de recursos para el país, no una fuente como en el resto del mundo.

Lógicamente, si la economía real acaba apoyándose en la producción pública de minerales y semejantes, resultará extremadamente sensible a los precios internacionales. Basta ver lo que ha pasado en el último año con el precio del petróleo, para entender por qué está el presidente buscando alguna salida para dar de comer a los habitantes (cualquiera menos la única que funcionaría: volver el suministro de alimentos seriamente al sector privado, y dejar al Estado la sola función de asegurar que ese sector sea competitivo y no oligopólico, tanto en producción como en distribución). También se explica por qué faltan muchos alimentos básicos en las tiendas de Venezuela, por qué hay colas para comprar comida y por qué está prohibido (con mucha vigilancia pero poco éxito) tomar fotos tanto en los supermercados como de las colas afuera de ellos.

Evidentemente, un gobierno socialista del siglo que sea si no consigue dar de comer a su población no puede considerarse exitoso, menos aún si tampoco consigue reducir el número de asesinatos por cien mil habitantes (36 veces mayor que la cifra española). Son de temer por ello novedades sociales en Venezuela, tal vez también políticas. Si el lector está interesado en análisis independiente de partidos, los encontrará en la revista SIC del Centro Gumilla de los jesuitas en Caracas, que además ha reseñado amablemente la salida de entreParéntesis.

Foto 1: redzuela.com

Foto 2: @cuchita61 en elnorte.com.ve