El coche eléctrico no nos salvará de la crisis ecológica

coche eléctrico

Jesús Sanz

Lo “eco” está de moda en el consumo. Ya sea por el deseo de muchas empresas de buscar nuevos nichos de mercado, o por existir consumidores cada día más concienciados sobre las consecuencias medioambientales de nuestro modo de vida, el caso es que cada vez encontramos más productos que destacan en su publicidad algún rasgo que destaca por algún elemento vinculado al respeto al medio ambiente. La lista de iniciativas que entran en esta lógica es amplia: envases reciclables, objetos de consumo que son reutilizables y no desechables o que reducen el plástico, cosas que han sido hechas con productos reutilizados, productos hechos con material reciclado… Y por encima de todos, el elemento al que más se recurre: la apelación a la eficiencia y a la existencia de productos y objetos que ahorran en su funcionamiento energía, agua o combustible. Esa apelación tiene un nombre: ecoeficiencia.

Por supuesto, está muy bien que se esté avanzando en la generación de todo tipo de bienes de consumo (electrodomésticos, maquinaria, automóviles, etc.) que realicen las mismas funciones de una forma más ecoeficiente y reduciendo su impacto ambiental, pero la generación y extensión de los discursos en torno a la ecoeficiencia no está exenta de riesgos y mitos. Al menos, podemos señalar dos:

  • El primero es creer que cualquier consecuencia medioambiental generada por nuestro estilo de vida y por nuestro consumo va a ser resuelta en el futuro por la tecnología, y que ante cualquier problema, la ciencia hallará una solución. Esta creencia puede llevar a actuar ignorando las consecuencias que nuestro comportamiento como consumidores tiene sobre el medio ambiente, puesto que la ciencia y la tecnología siempre nos resolverán esta situación.
  • El segundo es ignorar las consecuencias sociales, y no solo medioambientales, que tiene también nuestro modelo productivo y consumo.
Puede interesarte:  10 preguntas sobre fútbol y refugiados

Un excelente ejemplo de esta mirada a los problemas ecológicos centrada en la ecoficiencia y algunas consecuencias que están asociadas a este enfoque lo encontramos en el objeto de consumo por excelencia: el coche. No hay duda de que en los últimos años se ha avanzado en la producción de coches con un consumo cada vez más eficiente. Pero a la vez que se daba este hecho, no cesaban los problemas asociados al uso masivo del automóvil por la extensión de éste, sobre todo en forma de aumento de la contaminación, dependencia de un combustible fósil y limitado, y riesgos para la salud de los ciudadanos.

En la búsqueda de alternativas a esta situación, en muchos países –y especialmente en Europa-, en la década pasada se apostó fuertemente por los biocombustibles (combustibles de origen vegetal) por considerarlos más sostenibles que la gasolina o el diésel, hasta el punto de multiplicarse el consumo de biocombustibles entre 2003 y 2012. Pero, como señaló la FAO en diferentes informes, esta demanda de biocombustibles favoreció la volatilidad y subida de los precios agrícolas. Así sucedió, por ejemplo, en México en 2008, donde la creciente exportación de maíz a Estados Unidos para la elaboración de biocombustibles llevó a una fuerte subida del precio de un alimento básico para millones de personas.

Tras el estancamiento de los biocombustibles, recientemente estamos asistiendo a discursos que ven en el coche eléctrico buena parte de la solución a nuestros problemas de movilidad por ser silencioso y no contaminar, y a la existencia de una industria cada vez más volcada en éste. Pero, de nuevo, en nombre de una producción más ecológica, hay una parte de las consecuencias sociales que no nos cuentan. Como nos dice Enric González, el coche eléctrico necesita para funcionar unos 15 kilos de cobalto, un mineral caro que está en el mercado ahora mismo en torno a los 80.000 euros la tonelada. Más del 50% de las reservas mundiales de cobalto se concentran en el Congo, un país que sufrió recientemente una brutal guerra civil de 20 años con 5 millones de muertos. Este país está viendo cómo está aumentando la violencia en los últimos meses en cierta medida por los intereses de grandes corporaciones para controlar ese codiciado mineral, y solo en 2017 dos millones de congoleños tuvieron que huir de su país para salvar la vida. Nada de esto parece salir en los telediarios o en la publicidad cuando nos hablan del coche eléctrico.

Puede interesarte:  El Movimiento Cosmopolita es el gran movimiento del siglo XXI

Así pues, lejos de creer que la ecoeficiencia será la solución a todos nuestros problemas medioambientales, y de creer que solo con la ciencia y la tecnología resolveremos la crisis ecológica, debemos avanzar en la realización de cambios y transformaciones en nuestro modo de vida y conectar en nuestra mirada justicia ambiental y justicia social.

Y una buena prueba la tenemos en la movilidad. Volviendo al tema del coche: ¿y si en vez de creer que el coche eléctrico será la solución a nuestra movilidad, probamos a potenciar la bicicleta y el transporte público y buscamos soluciones colectivas creativas y no individuales al problema de la movilidad?

Imagen principal tomada de http://www.quo.es/salud/puede-una-persona-con-marcapasos-usar-un-coche-electrico

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.