Una de las razones por las que la permanencia en la zona de confort no es tenida como saludable es que su seguridad acaba por generar dependencia. Nosotros mismos nos sentimos algo inquietos, si lo pensamos detenidamente, cuando nos hallamos demasiado bien instalados en un acogedor magma de convicciones, automatismos y previsibles (rutinarios) resultados. En el mundo contemporáneo, encontrarse en situación de dependencia, estar ligado a un cierto estímulo para sentirse cómodo y satisfecho, mueve al desasosiego.

Para estos tiempos líquidos, el éxito, si existe, está indisolublemente ligado al aprendizaje, a los desafíos constantes y a la problemática permanente. La meta no está en alcanzar un nivel o lograr estatus, sino en ser un experto o, mejor todavía, un pionero. Ampliar las propias habilidades es el desiderátum de todo aquel que se quiere sentir cualificado laboral, social y personalmente. Y eso significa, paradójicamente, ampliar continuamente la zona de confort personal con nuevas competencias en campos que van desde los laborales especializados hasta los del desarrollo personal y el tiempo libre. Sólo la excesiva concentración de esfuerzos en un tema merece nuestra sospecha. El frikismo, por desmesurado y obsesivo, se adentra en el trastorno compulsivo que, otra vez, aboca a la dependencia.

Rechazada cualquier forma de dependencia, tanto la de la pasividad que hace que algunos crean percibir su propia realidad sólo en términos de los límites que se han autoimpuesto, como la de la hipertrofia monotemática y fanática, el común se mueve en una zona media que acepta como verdad incontestable que para avanzar en todos los campos hay que abandonar más o menos la zona de confort porque le va a ir mejor. Entresaco estas razones, que tomo de una de tantas entradas que pueden consultarse en la red.

  • Te hará más fuerte como persona.
  • Te hará ser más creativo.
  • Te permitirá ganar autoconfianza.
  • Te ayudará a seguir con tu desarrollo personal.
  • Etc.

Qué duda cabe que a todos nos gustaría que nuestras decisiones o proyectos nos condujesen a tamaños logros. Pero algo nos dice en nuestro interior que la cosa no pinta tan clara como parece. Ciñámonos al multiverso digital, tanto por la temática de esta entrada como por su carácter social representativo, con sus aparentemente ilimitadas posibilidades. Y restrinjamos el análisis al cuerpo docente, muestra característica de los sectores con formación algo más que elemental de nuestra sociedad. Volvamos a Internet y busquemos sin mayor pretensión que la constatar afirmaciones conocidas. Leo en un viejo post del año 2013 en escuela20.com que los docentes del siglo XXI deberían tener 33 competencias digitales, nada menos, aunque seguro que la lista ha crecido. E inmediatamente, en las réplicas, personas que amplían la lista; pero también uno que afirma humildemente que con su edad (56) podría llegar al 50% de las mismas. Y me asusto: demasiadas competencias para el escaso tiempo disponible, la importancia de otras necesidades y el resto de mis intereses. Lo abrumador de la cifra, unido a la continua evolución de cada una de estas competencias, me genera inseguridad, incertidumbre y desconfianza. He entrado en la zona del miedo.

Pasar de la zona de confort a la zona de aprendizaje digital no es tarea fácil para un profano. Porque no consiste sólo en aprender nuevas recetas, controlar rutinas adicionales o ampliar nuestro bagaje intelectual, sino que supone un cambio de mentalidad y de hábitos de pensamiento y comportamiento. Este proceso requiere desaprender usos, readaptar certidumbres, practicar nuevas habilidades, cambiar hábitos de trabajo e, incluso, readaptar nuestros sentimientos. Lo que, salvo que se sea un auténtico geek, necesita de esa figura cada vez más apreciada, el coach, en este caso digital.

¿Qué elementos beneficiosos debe aportar un coach digital al grupo con el que se relaciona? ¿Qué rasgos distintivos tendría en un entorno escolar? Se me ocurren éstos:

  • Capacitación técnica para conocer las relaciones existentes entre recursos y metodologías a emplear: las posibilidades que abre, sus limitaciones, los requerimientos formativos y de tiempo de desarrollo e implementación, así como las formas de evaluación de su eficacia.
  • Transparencia procesual mediante metas claras, secuenciadas por pasos alcanzables y contrastables para ofrecer al grupo a su cargo. De forma concreta, debería dirigir la elaboración un plan de desarrollo grupal y personal.
  • Talante para el acompañamiento mediante una cuidada interacción con el grupo a su cargo. En particular, debe contar con el asesoramiento de un grupo de docentes que puedan comunicarle de forma realista y contrastada las dificultades encontradas y las necesidades existentes. Necesita, a mi juicio, un equipo en el que existan personas sin una capacitación técnica tan elevada, pero con experiencia metodológica y en evaluación.
  • Capacidad ejecutiva. El coaching digital mira al desarrollo de habilidades individuales y de equipo orientadas al trabajo diario. Para su consecución deben preverse actividades y talleres formativos, además de tareas supervisadas e instrumentos de control de avance.
  • Perspectiva organizacional para comunicar de forma adecuada a su equipo directivo no sólo las necesidades formativas y materiales inmediatas, sino qué tendencias se están abriendo paso en la formación en otros sectores. La escuela, es sabido, sigue las estelas trazadas por otros: debe saber entender hacia dónde se dirigen y que les supondrá.
  • Y, por último, al tratarse del mundo escolar, prudencia para discernir con su grupo qué recursos cuentan con una mejor relación coste-beneficio para la formación de los alumnos actuales. No todo vale lo mismo ni les resultará útil de forma generalizada por igual.

La zona del miedo es inevitablemente humana. Y su superación, posible si las metas planteadas están bien medidas y se abordan preferiblemente acompañados de otras personas con las mismas necesidades y/o intereses. Con la ayuda de un buen proceso de lo que es, en definitiva, un coaching educativo aplicado al mundo digital, es posible reducir su impacto y mejorar el avance en los procesos de aprendizaje de los docentes.

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