Claves para convertirse y transformar el sistema

Necesitamos convertirnos y transformar el sistema, porque así no podemos seguir… Profetas que, como Jonás a los de Nínive, nos lo vengan advirtiendo desde hace tiempo, tampoco nos faltan. De hecho, lo ve todo el que mire con objetividad el estado del mundo. Ahora bien, dado que, como decimos, de seguir así la cosa, el sistema no se va a sostener, ni siquiera en el plazo medio, no tenemos más remedio que repensarlo, modificarlo, cambiarlo…

Todo el mundo lo dice: la Organización de las Naciones Unidas, con su Agenda 2030 y los Objetivos del Desarrollo Sostenible; el Foro Económico Mundial, con el Informe anual sobre Riesgos y Tendencias… ; el correspondiente Informe sobre el Estado del Mundo que publica la el Instituto Worldwatchhasta el propio papa Francisco, tanto en la famosa encíclica Laudato Si’, cuanto en las homilías y discursos pronunciados la semana pasada del 15 al 21 de enero en el viaje apostólico que Su Santidad realizó a Chile, Perú.

El mensaje, pues, es recurrente y reiterado: así, no podemos seguir.  Si no cambiamos de paso, nos toparemos, a no tardar con un panorama nada halagüeño . Y ello, aunque sean muchos más de cuarenta los días que nos queden para reaccionar -“Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada” (Jon 3, 4). Si no movemos pieza, veremos, entre otras cosas, crecer y exacerbarse el abismo de la desigualdad -tanto entre países y regiones, cuanto en el propio interior de las sociedades y entre las propias personas, en función de los roles atribuibles a cada sexo-; y asistiremos, pasmados y perplejos, a la explotación irracional de un planeta finito, ya excesivamente contaminado y caliente. Nos asustaremos al comprobar la pérdida de biodiversidad; el agotamiento de recursos no renovables. Quedaremos sobrecogidos ante la preocupante circunstancia del envejecimiento de la población y la explosión de la bomba demográfica que se avecina de aquí a mediados de siglo. Capítulo aparte supondrá, también, el peligro de la concentración del poder –económico, político, tecnológico- en unas pocas manos de unos Big Brothers con acceso inmediato a Big Data y a su Analytics. Por lo demás, con los machos-alfa que mandan por esos lares, ¿está del todo conjurado el fantasma de una posible guerra nuclear que nos quite de en medio a todos, a tirios y a asturianos..

Para entrar en este tajo con ánimo y liberalidad es necesario, antes que mais nada -como dicen por la parte de Aveiro-, cierta dosis de optimismo, su tantico de autoestima, una buena dosis de autoconfianza y una tríada de providencias complementarias que a continuación referiremos: una primera de carácter moral; otra, de sesgo estratégico; y una última, de cariz epistemológico.

Ante todo, es imprescindible adoptar una opción vital de marcado talante ético, y que va en la línea de mantener a toda costa la voluntad perseverante, decidida y firme de no desesperar nunca, por complejo que resulte el escenario. La tarea, sin duda, puede resultar titánica; será, quizás, ardua y dificultosa -como lo es toda empresa que merezca la pena-, pero no puede ser imposible…  Y no sólo porque sigue siendo verdad que ad impossibilia nemo tenetur… sino también porque si no nos encaramos ante los retos con ese ánimo, correríamos el riesgo de estar dando de antemano el partido por perdido. Dicen los ingleses que where there is a will, there is a way; por estos pagos traducimos la cosa con el refranillo que nos advierte de que querer es poder. Y si, encima, el que tal cosa asevera -sobre todo, como es mi caso, si dice cristiano-, tiene que ser consciente de que la Esperanza -aparte de ser una de las tres grandes virtudes teologales, junto con la Fe y la Caridad-, debe seguir siendo, también, lo último que se pierda.

Ahora bien, este talante optimista que acabamos de señalar como presupuesto básico para llevar a término acciones que hayan de redundar en una mejora del mundo en el que vivimos, debe prolongarse en  una manera de instrumentar las estrategias, que huya, a la vez, de dos extremos inoperantes. De un lado, habrá que desatender aquellos cantos de sirenas que, tal vez, acertando en los diagnósticos -e incluso pudiendo compartirlos cabalmente-, consideran, sin embargo que van a poder arreglarlo todo, de golpe, como por ensalmo, sin mutar lo suficiente en lo personal y limitándose a demoler el viejo tinglado, desde la más delirante fantasía de omnipotencia… y muchas veces, apelando a recetas que ya demostraron en el pasado ser, no sólo ineficaces, sino también, muchas veces, contraproducentes.

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De otra parte, hay que alejarse de los que se limitan a llorar, a echar balones fuera, a decir que nada se puede hacer… mientras buscan, acomodados, que sea otro quien les vaya sacando las castañas del fuego… Este sentimiento de impotencia, muchas veces, no pasa de ser más que una pose, un artificio: ¡vamos lo que los chavales ahora motejan como postureo!… En efecto: esta suerte de indolencia, esta apatía, queda palmaria cuando la gente abdica de las responsabilidades y no quiere ver la conexión entre sus actos -o sus omisiones- y las consecuencias, los resultados de dicho proceder, que, en el mejor de los casis, dejan las cosas tan mal como estaban… cuando no la empeoran de manera significativa. Aquí sí que procede llevar a efecto un análisis desapasionado y asumir personalmente la responsabilidad propia, que “el momento es apremiante… y la representación de este mundo se termina”, como san Pablo advertía a los de Corinto (1 Co 7,29-31).

Mi filosofía de vida en lo que se refiere a la teoría de la decisión y a la implementación de estrategias, me parece razonable. Naturalmente, no voy a entrar a desarrollarla por menudo en este momento, pero sí creo conveniente aportar la esencia de lo que pienso sobre el particular, enunciando tres lemas a los que, como mantras prácticos, vengo ateniendo mis actuaciones desde hace mucho.

Primero, uno que apela al pragmatismo que huye como del diablo del juego maximalista e impaciente del todo o nada… y opta de manera firme por plantarse en el algo. La máxima de mi actuación a este respecto, queda reflejada a cabalidad en el refrán castellano que nos reafirma en la evidencia de que entre el correr y el parar, está el andar.

En segundo término -y dado que va a ser inevitable el obstáculo, el pro-blema… en el estricto sentido que el término tiene en griego y que hace referencia a algo que, como lanzado desde lejos, cae delante de quien avanza y obstaculiza el paso-, hay que tener cintura para remover el estorbo, si se pudiere; o cuando menos, para tratar de sortear el obstáculo y darle un quiebro para que el trance se sustancie no más que en un traspiés… asumiendo -y aquí viene el axioma dos de mi táctica-, la verdad inexcusable del aforismo según el cual, quien tropieza y no se cae, adelanta dos pasos.

El tercer apotegma -al que creo haber hecho ya referencia alguna vez en un artículo anterior-,  era el que me repetía un alumno que tuve hace casi veinte años . Se llamaba don Pedro, era General de Brigada del ejército español en la reserva, quería escribir su tesis doctoral, investigando sobre la financiación de los Tercios de Flandes. No creo que haya podido llevar adelante el proyecto. Con todo, recuerdo perfectamente su dictum: ante cualquier decisión con alternativas complejas, hay que optar por prepararse para enfrentar aquella que ofrezca visos de mayor probabilidad, cubriéndose siempre de la más peligrosa.

Como se ve, hay mucha dosis de razón en ese saber práctico, de valor reconocido, forjado en múltiples hazañas bélicas o a golpe de innumerables ejercicios tácticos, de maniobras y simulaciones -ya de ofensa y ataque, ya de defensa e incluso de repliegue ordenado frente al enemigo…  Mucho, pues, cabe esperar de el enfoque que acabamos de delinear, para ayudarnos a situar las fuerzas en el teatro de operaciones que suponen los inaplazables desafíos que nos circundan y amenazan.

Ahora bien, para acabar de perfilar las condiciones de posibilidad del éxito a que nos referíamos más arriba, hemos de decir una ulterior palabra sobre la que ubicábamos en las lindes de la epistemología, por su indiscutible relación con los prejuicios, los mapas mentales y los paradigmas desde los que interpretamos las realidades históricas. Quiero referirme, de una parte, a la improcedencia de tener necesariamente que comprarles el relato entero a los que –nostálgicos de unos supuestos buenos tiempos pasados– no hacen más que lamentarse, al cansino entonar de nuevas jeremiadas, y acongojarnoslo otro, también- con los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, los adelantos del Juicio Final y las anticipaciones del Valle de Josafat, todo a la vez. Y en segundo término, debemos identificar y señalar -para prevenirnos de su falaz discurso- a aquellos que se adscriben y militan en la estela del banderín de enganche que supone el discurso del progresismo ingenuo. Moran éstos, exactamente, en el país de los antípodas, en el lugar preciso oppositum per diametrum, de aquellos nostálgicos a los que acabamos de aludir. Vienen ,a fin de cuentas, a dar por hecho y descontado que, al final, todo se arregla por sí solo; todo sale bien; todos ganamos, incluso sin mover un dedo…  porque la dinámica de los sistemas acabará, ella sola, por llevarnos al mejor de los mundos posibles. Todo avanza, y todo avanza automáticamente para bien.

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¡Bendita ingenuidad, santa inocencia! ¡Ya pudiera ser verdad este pensamiento Alicia -don Gustavo Bueno, refiriéndose al inefable ZP de infausta recordación, dixit! Pero ¡quia!: por mi parte tengo grandes reservas respecto a que así sean o hayan las cosas de ser en el futuro. Incluso, aun en el hipotético y nada probable supuesto de que así fueren a devenir los acontecimientos… creo yo que tampoco nos debiéramos permitir -¿el lujo? de- la inacción. ¡Qué aburrida iba a ser la existencia  sin la necesidad de tener que seguir construyendo el mundo, administrando, cuidando y curando a la madre Tierra…! ¡Qué sinsentido supondría para la humanidad en su conjunto verse relevada de la tarea que pide continuar humanizando la vida sobre el planeta!

Aunque admiro de manera ferviente a Jorge Manrique -el hijo de aquel don Rodrigo, maestre que fuera de la Orden de Santiago; y que pervive en la memoria de todos, merced a las coplas gloriosas que su hijo escribiera a la muerte de su padre-, discrepo con él en tres versos no más: el diez, el once y el doce de los que componen la primera copla. Concretamente, aquellos que rezan:

“… cómo a nuestro parescer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor”.

Hace años que lucho contra esta manera de ver las cosas y no acabo de encontrar el antídoto. Menos mal que, como sí creo tener identificada ya la causa, a lo mejor, algún día podré dar con algún paliativo, medio eficaz. Porque la fuente de esta especie de nostalgia de aquellos viejos buenos tiempos no es otra que la mala memoria.

Si miramos las cosas con desapasionamiento y objetividad -e incluso dando por hecho y concediendo  el dato innegable del aumento de la distancia creciente entre los más ricos y los más pobres, que se salda con el agrandamiento de la brecha de la desigualdad– no podremos negar que en los últimos cincuenta o sesenta años se han conseguido avances espectaculares en todos los ámbitos de la vida… Querer negarlo vendría a consistir en una variante del quimérico sueño de quienes se empecinan en tapar al sol con un dedo.

Ahora bien -¡qué duda cabe!- todavía queda mucho paño que cortar, mucha faena que acometer, y no sólo en el empeño por poner coto al despeñadero de la … muchos -probables y peligrosos- combates que luchar; si de veras aspiramos a vencer en la guerra de un posible choque de civilizaciones, con consecuencias lamentables e injustas para todas ellas. Pensemos también en el incremento de la inseguridad que se deriva del fanatismo terrorista al que, indiscutiblemente, resulta muy sencillo estimular. Tengamos en cuenta también la parte oscura que se puede derivar de un mal uso de las tecnologías –de la información, de las nanotecnologías, de las biotecnologías…- , donde entra todo lo referente a la cíberseguridad y el posthumanismo…  Y, por no hacer el cuento más largo, qué haremos  con respecto al drama de los inmigrantes o a la tragedia de los refugiados

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La agenda es seria a todas luces. Por consiguiente, no nos queda otra que la de actuar ya…, que el tiempo apremia. Hay, por consiguiente, que echar la pata p’alante, como los lidiadores de tronío; y, como los buenos toreros, tenemos que dar comienzo al trasteo…  Cada uno habrá de ver cómo se con-vierte, de qué manera modifica su vida y qué es lo que está al alcance de su mano, que es lo que se ubica en el radio de su acción, qué cosas caen en los límites de su círculo de influencia… y, una vez identificado el objetivo, hay que poner manos a la obra sin tardar. Las previsiones y cautelas que van dichas en este artículo pudieran servir de pertrecho para llevar a efecto un buen trabajo

Por lo que a mí respecta, creo tener claro el itinerario: Igual que Jonás tuvo sus dudas y tentaciones de desesperar, pero al final hizo caso a la palabra divina, yo, para que no me trague Leviatán, opto de hoy en adelante por hablar y escribir siempre que me sea posible -tanto en las clase, cuanto en los escritos de toda índole y los foros académicos y los que me ofrezcan los distintos medios de comunicación- sobre la necesidad de luchar por un mundo sostenible, más justo y humano, más vivible para todos… incluidos, como dije en otro lugar, los biznietos de los nietos de mis hijos -Bárbara, Manuel y Pedro- y de nuestros alumnos más jóvenes.

Como profesor universitario que dedica su tiempo a reflexionar sobre la dimensión ética de la Economía; a darle vueltas a las características y prácticas que deben acompañar a una empresa situada  a la altura de los tiempos; y a encarecer la necesidad de asentar una gestión responsable y sostenible en el marco de los parámetros éticos y el buen gobierno de las organizaciones… la cosa parece clara y vuelve a emerger -como ritornello de lo último que proponía en el artículo inmediatamente anterior a éste publicado el 8 de enero pasado de 2018- la necesidad de volver a tomar en peso algunos de los aspectos más básicos de la Economía –sus objetivos, y en concreto lo que hace referencia al sentido y modo de instrumentar un crecimiento adecuado en el contexto y el panorama de riesgos actuales–  y examinar de manera crítica las pre concepciones y supuestos -la antropología implícita; la inserción en sistemas dinámicos y más complejos que los que se asumen desde la imagen que deriva de una concepción lineal de la economía; la distribución equitativa de lo producido desde una suerte de reparto axiológico y meta económico;  la reconsideración de los factores productivos –capital, trabajo, tierra, innovación, direccióny la necesaria regeneración de los recursos sobre los que hasta el día se han venido articulando políticas económicas de uno y otro tipo.

Esta revisión crítica de la Economía habrá que llevarla a efecto en un doble nivel, a una doble escala. De un lado, desde la consideración que la economía haya de ofrecernos, entendida como aquel imperativo cultural de la vida en sociedad que busca satisfacer de manera eficiente las necesidades humanas. Y de otro, como saber articulado en una disciplina académica que pretende ayudar a gestionar la escasez, de manera sistemática y científica.

Habremos de volver sobre ello a no tardar, porque el campo de estudio que se abre ante nosotros resulta apasionante desde el punto de vista teórico y impostergable desde una perspectiva práctica. En juego están las claves que nos ayuden a encontrar estilos de vida, patrones culturales, modelos de relación con los otros y con la naturaleza que tengan visos de mejor sostenibilidad y de mayor justicia.

3 Comentarios

  1. Qué posts tan super trabajados, Jose Luis (y perdona el tuteo). Qué gran compromiso el que has hecho y que buen artículo. Enhorabuena.

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